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Tiempo de diálogo

José M. Tojeira

El triunfo electoral de Nayib Bukele, ha marcado en la historia electoral de El Salvador un antes y un después. Lo dicen todos y es cierto. Hasta ese momento las redes sociales, aparecían como una especie de diversión de unos cuantos con muy poca incidencia en la política. En las últimas elecciones las redes fueron fundamentales en la captación del voto. Los partidos tradicionales continuaban con la visita casa por casa, el saludo de los diputados o de sus banderas en las calles y los mitines en los pueblos. Nayib necesitó muy poco de esas actividades tan tradicionales. Sus mensajes en twitter alcanzaban a mucha más gente, que la que podían reunir juntos los dos partidos hasta entonces considerados mayoritarios. Después del triunfo a punta de tuiteó, continuaron algunos choques con los miembros de los partidos tradicionales, mezclados con los deseos de algunos diputados de llegar a acuerdos. En algunas personas surgió entonces una  preocupación legítima: ¿Dialogará Nayib con quienes tienen el poder en la Asamblea? Si no lo hace ¿qué problemas pueden sobrevenir?

Desde hace tiempo muchas personas han insistido en la necesidad de continuar dialogando en El Salvador, sobre la problemática de nuestro país. No puede pedirse que no tenga problemas graves un país como el nuestro, profundamente endeudado, con problemas de corrupción, violencia, con un crecimiento económico lento acompañado de unas estructuras económicas y sociales que propician que el fruto del crecimiento se concentre más en quienes ya tienen mucho, por no decir demasiado.

Dialogar sobre el país, buscar soluciones consensuadas que contribuyan a una mayor justicia social y a una mayor inversión pública en la gente, resulta no solo necesario sino también urgente. Y esto no se consigue sin diálogo, sin estudio y sin crítica.

Las redes son fundamentales para ganar elecciones, pero ¿sirven para gobernar? La experticia como tuitero puede ser superada fácilmente por otro o por otros. El desgaste del poder no se corrige a puro tuiteó. Y tampoco es el ideal que gane siempre las elecciones el que sea más hábil para manejar las redes, porque las redes generalmente están controladas por un lenguaje simple, generalmente estructurado en visiones opuestas y cerradas, con una relación muy individualista entre emisor y receptor. Aunque algunos grupos de chat han conseguido mantener debates serios, la mayoría de los debates en las redes se mueven más en el campo del espectáculo, de las emociones, de la frase hiriente y de la confrontación. Esto puede pesar positivamente en unas elecciones, pero no mejora esencialmente la calidad de la política. Y la política es necesaria para el funcionamiento adecuado de una democracia. Pero por supuesto, no cualquier política.

Porque a la política salvadoreña le ha sobrado tendencia autoritaria, le ha faltado diálogo con un pueblo plagado de necesidades. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, decía hace pocos años que el casi el 32 % de la población salvadoreña vivía en pobreza y casi el 48 % estaba en un sector salido de la pobreza pero vulnerable. En otras palabras, que prácticamente el 80 % de la población salvadoreña o tiene problemas graves, como lo es la pobreza, o tiene problemas y angustia ante ello, como suele suceder con los sectores vulnerables. Mantener un sistema económico social que en campos como el educativo, la salud, la vivienda, las pensiones, el servicio de agua o los impuestos perjudica o crea problemas a una buena parte de ese 80 % de la población, no es dialogar con la gente.

La política sin diálogo cansa. Esa es la experiencia de las últimas elecciones con el fracaso de los partidos tradicionales, ante una persona sin partido político pero experta en manejar las redes y aunar en torno a él el descontento social. El presidente electo, Nayib Bukele, necesitará muy pronto, para gobernar, entablar diálogos con todos los sectores del pueblo salvadoreño. También con los partidos políticos. Un diálogo orientado al bien común, que sin duda debe ser también el bien de las mayorías. Si los partidos existentes no aceptaran dialogar quedarán pronto reducidos a la mínima expresión.

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