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SUICIDIO: ¿PORQUÉ SE SUCEDE?

Luis Arnoldo Colato Hernández
Educador

La mañana del lunes 2 de octubre los capitalinos nos vimos sorprendidos por una imagen por demás impactante: una persona colgaba de la pasarela en los contornos de la universidad nacional.

La escena recordó a los colgados en los poblados fronterizos del lado sur de los EEUU, donde el narco mutilo y desmembró a muchas personas que luego exhibió ante la población para amedrentarla.

Este suicidio sin embargo entraña otra intencionalidad: el suicida en cuestión tenía la clara intensión de hacer de su muerte un hecho dramático que llamara la atención de la población.

Tenía la intencionalidad de llamar la atención sobre su situación.

Si no lo suicidaron, si no lo obligaron, hizo de su muerte un acto político.

Un acto político tiene por propósito establecer una posición, un argumento, hace de una acción ordinaria un hecho que por sí solo establece el sistema de creencias que lo motiva.

Ahora bien; ¿Qué mueve a una persona a suicidarse?

La desesperación.

Durante el conflicto armado sucedió un hecho que trascendió por sí mismo en razón de quién era el suicida: en aquellos días, nuestra mejor esgrimista se suicidó en el traspatio de su casa.

Era una hermosa joven talentosa, que trajo a nuestro país muchos reconocimientos en la disciplina que practico, y que además era una destacada estudiante universitaria, que sin embargo no logró obtener a pesar de esto, empleo.

La desesperación la condujo al suicidio.

Aun ahora quienes le conocimos lamentamos aquello, sobre todo porque todo se habría resuelto con un simple empleo.

Y es que las personas en general anhelan ser útiles, desempeñándose en la labor que dominan, y pudiendo por ello contribuir consigo mismas, los suyos y su entorno, alcanzando las metas materiales que se han propuesto.

Por otro lado, las relaciones interpersonales son capitales para la mayoría, no existe la figura que denominamos ermitaño, urgimos de la presencia de otros en la ecuación que denominamos vida, por lo que simplemente cuando por la razón que sea esa conexión se rompe, también se rompe nuestro interior, volviéndose nuestra vida una que carece de sentido.

El aliento en tal sentido es capital, fundamental para así superar las dificultades.

Empero, la nuestra es una sociedad que se ha vuelto insensible al sufrimiento ajeno.

Esta es una conducta consecuente con las dinámicas inter sociales que el modelo económico nos impone, negándonos a la empatía e imponiéndonos en cambio la arrogancia derivada de la competitividad y el individualismo.

Atrás quedó la sensibilidad por los demás, pues hasta el sistema educativo se ha infectado por el interés, descartando en los programas educativos el cooperativismo, la empatía y el servicio desinteresado.

Todo en correspondencia con la productividad y el interés capital.

Así, esa muerte es además de una tragedia, si fue realmente un suicidio, una que sin duda pudo evitarse con simplemente escuchar, con estar ahí, no rechazando el deber de asistir a un igual, a un semejante cuando este nos necesitó.

 

Porque cada suicidio es también el crudo fracaso de nuestra humanidad.

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