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martes , 24 octubre 2017
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Solo la verdad cierra heridas

Omar Serrano
Vicerrector de proyección social de la UCA

Aunque la verdad es un término que los seres humanos usamos cotidianamente, pharmacy no es tan sencillo comprenderla. De hecho, shop la verdad ha sido uno de los problemas filosóficos por excelencia. Jesús de Nazareth nos enseñó que solo la verdad nos puede hacer libres. Para Gandhi la verdad es fuente de belleza. Martin Luther King afirmaba que la verdad individual aumenta en la medida que escuchamos la verdad de los otros. Monseñor Romero dijo que la verdad siempre será perseguida.  En esta diversidad de perspectivas –todas acertadas en sus contextos- lo incuestionable es que la verdad es algo fundamental en la vida en la línea de la afirmación de Ortega y Gasset: “la fe en la verdad es un hecho radical de la vida humana”.

Aunque seguramente todos estemos de acuerdo en que hay que cultivarla, cialis sale frecuentemente no es el centro del quehacer individual y social. A veces se piensa que la verdad hace daño y es mejor esconderla. Esta concepción no se percata de que no hay posibilidad –ni individual ni social- de pensar un futuro si no hay un compromiso en hacer del pasado un terreno fértil para el aprendizaje. Afirmar que recordar el pasado abre heridas es desconocer que estas no se cierran por decreto sino con el conocimiento de la verdad como primera condición para la justicia y la dignificación de las víctimas.

En El Salvador, se asumió que el olvido forzado de las heridas de la guerra sería base para la reconstrucción. ¡Error mayúsculo! El borrón y cuenta nueva impuesto no trajo la reconciliación sino la impunidad.

Y no se trata de recordar lo que sucedió por masoquismo. La memoria del pasado solo es efectiva si nos permite iluminar el presente. No reconocer que la guerra que vivimos dejó profundas heridas en el cuerpo social es negar también las graves consecuencias sociales, políticas, morales y económicas que todavía perduran y se agravan. La reconstrucción de la memoria histórica es fundamental para desentrañar lo que significó y encarnó la guerra, para volver la vista atrás críticamente.

La verdad cobra especial relevancia cuando a las víctimas se les invisibiliza y silencia. Y eso fue lo que pasó en el país. Solidarizarnos con las víctimas del pasado así como estar atentos a los clamores de los dolidos y humillados del presente es el primer paso para enrumbar al país hacia la reconciliación. Hay tres principios para la dignificación de las víctimas de graves violaciones a los derechos humanos: La verdad, la justicia y la reparación. Si se le hubiera hecho caso a la Comisión de la Verdad hoy estaríamos en una situación muy distinta. Pero no se quiso tocar las causas de los grandes problemas. Las palabras de Monseñor Romero, en cuyo honor acabamos de celebrar el Día internacional de la Verdad, vaticinaban hace más de tres décadas, lo que ahora estamos viviendo: “los nombres de los asesinados irán cambiando, pero siempre habrá asesinados. Las violencias seguirán cambiando de nombre, pero habrá siempre violencia mientras no se cambie la raíz de donde están brotando, como de una fuente fecunda, todas estas cosas tan horrorosas de nuestro ambiente”. Otra suerte viviríamos hoy si esas palabras hubieran sido escuchadas en su momento. Nunca es tarde. La verdad – la alétheia griega- la realidad que no se oculta debe resplandecer cuanto antes. Seguir ocultándola equivaldrá a seguir hipotecando el futuro del país.

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