Por David Alfaro
09/02/2026
Sus palabras se inscriben en la tradición más profunda del cristianismo histórico: la fe como conciencia moral frente al poder.
El cristianismo primitivo no nació obedeciendo imperios, sino resistiendo su absolutismo. Los primeros creyentes fueron perseguidos por negarse a reconocer al César como autoridad suprema. Desde entonces quedó establecido un principio: cuando la autoridad contradice la justicia y la dignidad humana, la conciencia cristiana no debe someterse, sino discernir.
Esa línea se conecta con la tradición profética bíblica. Los profetas no guardaban silencio ante reyes injustos; denunciaban explotación, violencia y corrupción. Callar, para ellos, era participar del pecado social.
En América Latina, esa herencia tomó forma en la Opción Preferencial por los Pobres, asumida por la Iglesia tras Medellín y Puebla, dos Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, es decir, reuniones continentales de obispos católicos para interpretar el Evangelio a la luz de la realidad social de América Latina. No era ideología, sino ética evangélica: Dios se revela en el sufrimiento del oprimido, por lo que la fe no puede ser neutral ante estructuras de persecución e injusticia.
En El Salvador, ese principio tuvo su rostro más alto en Monseñor Romero. Su transformación pastoral lo llevó a comprender que, en contextos de represión, la neutralidad favorece al opresor. Por eso afirmó que la Iglesia no podía callar ante la injusticia. Su asesinato confirmó el peso político que tiene la palabra profética cuando denuncia abusos del poder.
Y esa frase de Mario Vega retoma esa misma lógica: no acusa complicidad activa, sino complicidad por omisión. Es decir, cuando el miedo, la conveniencia o el cálculo institucional hacen que la Iglesia calle, ese silencio termina legitimando al poder.
En contextos de alta concentración de autoridad como el que vive hoy El Salvador, la advertencia cobra actualidad: la fe puede ser instrumentalizada para bendecir al poder o puede ejercer su rol profético de vigilancia moral.
En síntesis, el planteamiento no es partidario, sino evangélico: cuando el poder exige obediencia sin crítica, hablar no es rebeldía política, sino coherencia cristiana.
Porque, en esa tradición histórica, el silencio no siempre es prudencia; muchas veces es complicidad.
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