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Monseñor Romero y la participación ciudadana

Por: Luis Rafael Moreira Flores

 28 de marzo – El Padre Juan Vicente Chopin sacudió los criterios de la “complacencia intelectual”. Durante su intervención en la Cátedra Permanente de Estudios de la Realidad Nacional e Internacional, Chopin no solo evocó la figura de San Óscar Arnulfo Romero, sino que la utilizó para explicar el presente salvadoreño.

Su tesis central, provocadora y contundente, marcó el inicio de una disertación que superó las mil palabras de análisis crítico: «Lo contrario de coraje no es cobardía, es tecnología». Basándose en El lecho de Procusto de Nassim Nicholas Taleb, Chopin advirtió que el pragmatismo tecnológico está «cortando» o «estirando» la realidad del sujeto para que encaje en marcos de control, advirtiendo con sobriedad que, de no mediar una resistencia ética, nuestra realidad «no va a cambiar para bien; más bien va a empeorar».

  1. La manipulación y el adormecimiento de las masas

Chopin estableció un puente dialéctico entre el pensamiento de Monseñor Romero y el filósofo contemporáneo Byung-Chul Han. Romero, en su tiempo, ya denunciaba a una población reducida a una «manada» de dos millones de personas apabulladas por el miedo y las represalias de unos pocos.

«Es necesario que el salvadoreño sacuda su marasmo y su apatía», citó Chopin, recordando las homilías de 1977. En este punto, la Iglesia tiene un rol ineludible: si calla ante la injusticia económica, política o social, se convierte en cómplice de un conformismo pecaminoso. Chopin vinculó esta idea con la «incapacidad de relevancia social» de la que habla Byung-Chul Han, donde el ciudadano es reducido a un ganado manipulable de votantes que solo asegura el poder de las élites, perdiendo su carácter de hombre libre.

  1. El totalitarismo tecnológico

Uno de los puntos más agudos de la ponencia fue la crítica al «espejismo del progreso». Para Chopin, El Salvador vive un totalitarismo tecnológico prestado. «Estamos en un país donde no creamos tecnología; es más fácil poner luces LED para hacer creer que estamos en la vanguardia», señaló.

 

Recurriendo a la mitología de Protágoras sobre Prometeo (el previsor) y Epimeteo (el improvisador), Chopin calificó a quienes actúan sin previsión como un «virus» social. Advirtió sobre la deshumanización: «El hombre que no tiene tiempo es una máquina. Vos decís ‘tengo un celular’, pero no, el celular te tiene a vos». La tecnología, lejos de liberar, se convierte en un mecanismo de control que adormece la conciencia y la capacidad de reacción ante lo injusto.

  1. La participación ciudadana como imperativo divino

Para Romero —y así lo recalcó Chopin—, la participación ciudadana no es un accesorio político, sino una dimensión de la fe. Romero siempre estuvo adelantado a su tiempo, promoviendo la liberación a través del pensamiento crítico.

Chopin lanzó un cuestionamiento ético a la religiosidad de fachada: «¿De qué sirve un desayuno cristiano si tienes presos sin justicia?». El verdadero «cristiano de verdad» se encuentra en la hermenéutica de Agustín de Hipona y en la reserva moral que conecta directamente con el dolor de la gente. Según el documento de la ponencia, la participación ciudadana no es una concesión del poder, sino un derecho que «nadie ni nada puede restringir». La credibilidad de la Iglesia reside en pastores que huelen a oveja, no en estructuras impolutas y distantes.

  1. La dimensión política de la fe y las «Madres Buscadoras»

Chopin fue enfático: «Romero no es una casualidad, es la acción del Espíritu Santo». Aunque el mártir no escribió sobre feminismo, sus palabras hoy cobran vida en las madres buscadoras y las trabajadoras que sufren el rigor de un sistema judicial ciego.

El ponente trazó un paralelo histórico escalofriante al mencionar que los autores materiales e intelectuales que juzgaron a Jesús en su tiempo guardan una semejanza ética con quienes hoy manipulan la justicia. Recordó a María Julia Hernández como un ejemplo del poder en la acción que emanaba de la obra de Romero, una fe que no se separa de la realidad política, sino que la ilumina para transformarla.

  1. Acompañamiento en el sufrimiento y liberación

Citando la homilía del 30 de octubre de 1977, Chopin recordó que al pastor no le importa la política por la política misma, sino que «el pastor tiene que estar donde está el sufrimiento». Para la Iglesia de Romero, no hay categorías políticas, solo hay dolor que debe expresarse.

Chopin criticó a aquellos líderes que se creen «impolutos» y se alejan del proceso de liberación del pueblo. El acompañamiento debe ser total, hundiéndose en el corazón de Dios para comprender los planes de la historia, una historia que hoy parece estar escrita por quienes detentan un poder absoluto y tecnocrático.

  1. Una sociedad según el corazón de Dios y el «Cisne Negro»

En el tramo final de su discurso, Chopin introdujo conceptos de la filosofía de la ciencia. Explicó que entre paradigmas existe un periodo de «ciencia normal», pero cuando alguien descubre una anomalía, nace un nuevo paradigma.

Aquí introdujo la teoría del Cisne Negro de Taleb: eventos impredecibles que rompen el control del poder. En la realidad salvadoreña, mencionó fenómenos como el de CrediCash, que se han convertido en un «cangrejo». «Creen que tienen el control absoluto, pero el Cisne Negro siempre aparece donde algo les sale mal», advirtió.

El llamado a la Hermenéutica y la Resistencia

Juan Vicente Chopin cerró su ponencia con un llamado urgente a la lectura y a la investigación. Insistió en que lo que le hace falta al país es la Hermenéutica: la capacidad de interpretar los signos de los tiempos con racionalidad y fe.

«Busquemos la racionalidad de Romero», instó a los participantes de la Cátedra. Como tarea final, dejó el nombre de Dietrich Bonhoeffer, el teólogo alemán que enfrentó al nazismo, sugiriendo que su vida y obra son espejos necesarios para quienes buscan vivir una fe auténtica en tiempos de totalitarismos, sean estos políticos o tecnológicos.

Para Chopin, la participación no es idolatría al poder, sino el acto más puro de coraje: renunciar a la comodidad de la tecnología que nos adormece para abrazar la cruz de la realidad social, construyendo una patria que no sea de criminales, sino una patria «según el corazón de Dios».

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