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martes , 24 abril 2018
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Marx: nuestro fantasma de la ópera (1)

René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

El escrito “Entre Marx y la mujer desnuda” que publiqué hace un par de años inicia así: “Los humanos, como universal cultural, medimos el tiempo con la cinta métrica de las fechas cabalísticas, porque eso hace soportable e interesante el paso de las horas y porque es un recurso para fomentar la memoria histórica, en tanto son los lunares del cuerpo de la historia vivida. En 2017 se cumplirán, como si dijéramos meses, 150 años de la primera publicación de El Capital (Das Kapital, Kritik der politischen Ökonomie) del cual comentó: “Nadie ha escrito tanto sobre el dinero teniendo tan poco dinero. El Capital no me va a pagar ni los tabacos que me fumé escribiéndolo”. Obviamente, el monitoreo a todo lo que tiene que ver con Marx (digamos dos siglos de su natalicio) no solo es una preocupación de los revolucionarios y teóricos de izquierda, sino que es una preocupación general con antagónicos signos ideológicos.

Y es que el plato favorito de los académicos reaccionarios es hablar de Marx como si lo conocieran –tragando grueso en el intento- para ganar prestigio al refutarlo (porque se creen más inteligentes que él) o para seducir a sus jóvenes apologistas y obtener algún rédito político inicuo, aunque para los reaccionarios ese hablar tenga la intención de llegar –haciendo un uso magistral de la mayéutica socrática sazonada con el arte neoliberal del chambre en línea- a descalificarlo como teórico y a minimizar o tergiversar sus ideas políticas revolucionarias, sacándolas de contexto o metiéndolas donde Marx jamás quiso hacerlo, para demostrar que no hay mundo mejor que el capitalismo (al estilo de Comte con su “orden y progreso”), o para demostrar, con situaciones imposibles, que la utopía socialista es imposible. Sobre las intencionalidades retrógradas, Marx y Engels afirmaron en el Manifiesto del Partido Comunista: “Los burgueses considerarían ideales las condiciones de vida de la sociedad sin las luchas y los peligros que encierran. Su ideal es la sociedad existente, depurada de los elementos que la corroen y revolucionan: la burguesía sin el proletariado. Es natural que la burguesía se represente el mundo en que gobierna como el mejor de los mundos posibles”.

Ante eso, creo que es oportuno analizar el imaginario político de Marx desde el tiempo-espacio que le dio vida, y desde el que se reproduce hoy, porque ha sido empañado por débiles revisionismos que han emigrado del literal vínculo que la modernidad oficializa entre ese imaginario y la llamada “caída del muro de Berlín” (que aplaudieron a solas para vanagloriar en silencio al capital) la que, según ellos, le puso fin a la historia, a Marx y a cualquier revolución social que instaure una nueva Era, la cual sólo es posible, por el momento, en ensayos sociopolíticos (como Cuba) y en la literatura. La situación se presenta tan complicada como la que vivió Marx después de la Comuna de Paris, y así como él se preguntó en el Manifiesto: “¿Dará Italia al mundo otro Dante capaz de cantar el nacimiento de la nueva era, de la era proletaria? Nosotros podemos preguntar: ¿Dará la humanidad otro Marx capaz de inspirar la nueva ópera de la sociedad socialista?

Quienes con todas las limitantes imaginables (neuronales y de acceso a libros) nos formamos con Marx, como referente teórico-práctico, sabemos que ser marxista (o estudiar la vigencia de Marx) no es un problema teórico, porque ser marxista es una condición política, ideológica e intelectual (lo intelectual no tiene nada que ver con lo teórico); es una forma de vivir, pensar y transformar el mundo de las personas y las cosas, y en ello radican, precisamente, los ataques furiosos que Marx sufre. En otras palabras, se cuestiona teóricamente a Marx porque no se quiere y no agrada la transformación social que su teoría propicia, ni se comparten las premisas de las que parte; Marx molesta no por lo que plantea en sí, sino porque lo que plantea enciende conciencias y transforma el mundo, situación que no pasa con otros teóricos. En la Ideología Alemana Marx plantea: “Las premisas de que partimos no tienen nada arbitrario, no son ninguna clase de dogmas, sino premisas reales de las que sólo es posible abstraerse en la imaginación. Son los individuos reales, su acción y sus condiciones materiales de vida, tanto aquellas con que se han encontrado como las engendradas por su propia acción”.

En ese sentido, ser marxista es alcanzar la combinatoria dialéctica de: ser y hacer; leer y escribir, comprender y transformar, en tanto el marxismo es la teoría social tan militante como científica. Por tanto, estudiar a Marx no se reduce al hecho de comprobar si éste o aquel concepto concuerda a la perfección con la realidad (de ninguna teoría social se puede esperar eso y ningún teórico ha sido tan cuestionado para desvirtuarlo, ni el propio Platón cuyas ideas tienen más de dos mil quinientos años) porque, al final, ser marxista es una forma de interpretar la realidad, es una lógica de pensamiento cuya vigencia no está en los conceptos por sí mismos, sino en el método dialéctico a partir del cual se llega a ellos y se les readecua en consonancia con la realidad como fuente originaria de la construcción y destrucción de la teoría.

Por tal razón, es conveniente estudiar su imaginario político como un constructo ideológico y cultural y como una totalidad teórica en la que un concepto sólo se comprende en función y relación con otros. Con esa premisa se puede abordar la aplicación concreta del imaginario político de Marx y las variantes –más o menos creativas; más o menos ortodoxas- que ha adoptado, sobre todo en los procesos revolucionarios latinoamericanos. En ese sentido, el estudio del imaginario de Marx no se propone hacerse concepto a concepto, o libro a libro, sino como una totalidad teórico-política que no puede prescindir de las ideas fundacionales escritas en su juventud, tales como: Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, en 1841; Manuscritos Económico-Filosóficos, en 1844; La Ideología Alemana, en 1845; Tesis sobre Feuerbach, en 1845; Trabajo asalariado y capital, en 1847. En esas obras, cuando no se toman como receta de cocina, se encuentran las bases teóricas del marxismo y su lógica de pensamiento con la que, guiados por la realidad, se puede ir readecuando el constructo teórico-político que, en muchos casos, contiene ideas en desarrollo: democracia, humanismo, dictadura, violencia, plusvalía, masas, por citar los que son más atacados o satanizados.

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