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jueves , 19 octubre 2017
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Los mesones: reflejo de la pobreza y de la exclusión habitacional en El Salvador

Ramón D. Rivas*

(Parte 3)

Hay que mencionar que había gente que llegaba a los mesones procedente de sus lugares de origen —el campo o los pueblos— solamente con el petate, viagra un matate y con el tiempo lograba comprar una cama “tijera de lona”. Las relaciones sexuales, sovaldi en esas tijeras, eran precisamente las que delataban la intensidad del placer y la puesta en práctica del deseo consumado en el acto que como ya mencionábamos atrás ponía en alerta a todo el vecindario.  Y es que quienes vivían allí, y viven todavía, eran campesinos, policías, obreros, pequeños comerciantes, jornaleros, relojeros, zapateros, fresqueras, vendedoras de frutas, dulceras, parejas de recién acompañadas, homosexuales y hasta delincuentes. Se trataba de gente pobre, gente marginada en su mayoría con deseos de superación. El vivir en un mesón significaba, en la estructura social del salvadoreño, marginalidad, desprecio, gente de bajo nivel cultural, gente con cierto nivel de educación, grupos familiares con bajos ingresos familiares y con muchos hijos. En los mesones también vivía toda aquella gente que con mucho sacrificio construyó su patrimonio, en base a una refresquería, una  pupusería, chilatería, sastrería, zapatería y hasta con la venta de su cuerpo. La vida en el mesón era alegre, pero limitada en su estilo; y aunque la gente no tenía nada de comer sí había solidaridad; lo poco se compartía, se ayudaba en el cuidado de los niños, en los oficios, a veces en la enseñanza de aprender a contar y las primeras letras e inclusive hasta de aprender algún oficio como, por ejemplo, sastrería, carpintería, zapatería. En los mesones no había privacidad, todo se sabía al momento de ir a traer el agua al chorro y  de lavar la ropa en la pila.  Una informante me decía, “Vivíamos en el mesón Monte Negro, en la calle Modelo. En ese mesón no había agua, había que traerla en un cántaro de barro de la casa de enfrente. Es que agarrábamos el agua  y la llevábamos en la cabeza para el bañito del mesón. El bañito no tenía puerta, si un costal de yute que servía para tapar. Las mujeres se bañaban en fustán y las niñas en calzón, los hombres en calzoncillo, de esos largos de manta (era 1949). El agua la acarreábamos de una casa de a la par que tenía pozo y que a la vez era una tiendita. La cosa es que, si querías ser de las primera en bañarte, te tenías que levantar a las cinco de la mañana”. Otro  informantes, pero ya en la década de los años sesenta y en otro mesón, me decía que “todas las mujeres se ponían a lavar a la misma hora, y era ahí precisamente en donde afloraba la vida del mesón”. En el mesón los cipotes, al no más llegar de la escuela, se quitaban los zapatos, pues estos eran los únicos que tenían y había que cuidarlos; era prohibido jugar pelota con ellos, so pena de recibir unos cuantos cinchazos por parte de la mamá. Alguien que tenía un empleo, como por ejemplo, ubicado en alguna tienda, en alguna industria, empleado municipal o de gobierno o también de una empresa grande, como los motoristas, gozaban de ciertos privilegios y también sabían compartir momentos; por ejemplo, el ver los programas de lucha libra, novelas, caricaturas, y eventualmente deportes en la televisión. Otros hasta los radios compartían. En los mesones también ha existido mucha solidaridad, sobre todo en momentos difíciles como cuando alguien estaba enfermo, la mayoría llegaba a visitarle y le llevaban no solo las buenas intenciones consistentes en buen ánimo sino también llevándole su tacita de leche, sus huevitos, frijolitos, su pupusita y hasta medicina a fin de hacer sentir de que el enfermo tenía un respaldo solidario para poder recuperar su salud. Los enfermos se curaban a la buena de Dios ya que el servicio hospitalario era muy limitado con poco o casi sin recursos  o simplemente no había como transportar al enfermo. En los mesones también había pleitos a la orden del día —como ya mencioné—, debidos principalmente al hacinamiento. “Los cipotes se trapeaban (ultrajaban) a la orden del día, y el reclamo de los padres a veces terminaba en un pleito, iniciando con una putiada hasta llegar a trompadas y a veces hasta el uso de las armas, sobre todo machetes y cuchillos.” Pero también sucedían casos como el hecho de que siempre había alguien  que se salía de lo normal y esto por influencia del alcohol  como es el caso de un fulano en el mesón San Rafael que llegaba borracho tirando monedas “a la garduña” y todos los cipotes se abalanzaban en la búsqueda de las monedas generando un desorden que en el mayor de los casos terminaba en pleito de cipotes pues hasta patadas se daban a lo que sus padres a gritos trataban de poner orden para luego ser ellos terminaban la trifulca recetando un par de correazos en el lomo de los cipotes. Continuará…

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