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La sociología del número político (1)

René Martínez Pineda
Sociólogo

No siempre el contar, cuenta, todo depende de la perspectiva crítica y de las razones perentorias sobre ello. Una cosa es contar para hacer cálculos electorales sobre las cosas, y las personas como cosas, y otra, muy distinta, es contar conciencias para que las personas cuenten, tanto en la política como en la economía; una cosa es convertir la ciudad en un número, y otra, muy distinta, es que el número se convierta en persona y en ciudad. Contar diez personas en una protesta y luego contar diez mil es relevante en términos absolutos –aunque no lo sea en términos relativos- porque permite observar la tasa de crecimiento cuando todavía se puede incidir en ella. Lo anterior le da pertinencia a la sociología del número político –como concepto matemático que expresa una cantidad política con relación a la unidad de cómputo, que puede ser el Estado o el gobierno- que permite la cuantificación del respaldo popular para impulsar la cualificación gradual de la realidad.

Contar, para que las personas cuenten, es algo elemental en todos los procesos de refundación o transformación relativamente seguros y maduros para que los resultados sean coherentemente sólidos y estén asentados en una teoría que debe ser un constructo emergente. Ahora bien, para esta nueva vertiente teórica, el número político es una racionalidad material y sociológica de lo posible y lo adecuado, en tanto que la cuantificación es el modo de reflexión práctica sobre la necesidad y pertinencia histórica de la movilización colectiva hacia el futuro.

En ese sentido, la sociología del número político se encarga de observar, medir y luego convertir en número lo dándose –sin cosificar a las personas ni convertirlas en un número sin identidad cultural, aunque suene paradójico-, o sea convertir en número viviente la realidad social en el contexto y el texto de la acción política en torno a las políticas públicas, la refundación de la identidad cultural, las readecuaciones jurídicas y la gobernabilidad, todas éstas cuestiones vistas como actos necesarios que deben ser comprendidos y ante todo asumidos como propios por la mayoría de población para que la idea de un nuevo orden político no se pierda en el sinuoso laberinto de la confusión, la apatía, la soledad colectiva, la desinformación o la incomprensión. Desde esa perspectiva, el número político es una táctica y estrategia para darle relevancia y sentido común a la acción gubernamental y para decodificar los juegos y procesos políticos inmersos en la correlación de fuerzas que producen y reproducen (o des-producen) la estructura de poder político en cada coyuntura.

La tesis elemental de la sociología del número político que propongo es que éste es una irrecusable etnografía auditora de la acción gubernamental que permite conocer los tiempos de aceleración, desaceleración y pausas para reacomodar, pero no para abandonar proyectos sociales necesarios por un simple asunto de popularidad o porque los sectores más conservadores y de doble moral (como la iglesia y los viejos políticos) se oponen a ciertas cosas y decisiones, en público, aunque las hagan en privado. Y es que el número político –cuando no suplanta ni cosifica los cuerpos-sentimientos- es la piedra angular de la consolidación de la capacidad de intervenir en las sociedades y los mercados para poder gobernarlos desde los intereses populares y, por eso, es una táctica y estrategia de todo gobierno que se quiere plantar como popular, en tanto que dicho número es una parte intrínseca de los mecanismos de poder para darle legitimidad –o para reafirmar- a la autoridad política basada en la ilusión popular que demanda un cambio sustancial de la forma de vida. Hay que tener presente que la racionalidad política de todo gobierno puede ser captada y valorada a partir de las etnografías políticas usadas, siendo el contar para que las personas cuenten una de ellas.

Reafirmando su papel como cuna de las nuevas sociologías, en Francia se están socializando nuevas posturas jurídicas y políticas (unidas en la llamada sociología política) que afirman que el número político está reemplazando a la ley-objeto sin sujeto (o al menos la está cuestionando), como la principal estrategia colectiva de gobierno popular. Analizar las cosas y las personas en número político, urdir un objetivo cuantitativo de lo cualitativo, y hacer el ajuste continuo e imperativo de los comportamientos colectivos como número-conciencia para lograr dichos objetivos se puede ver como una forma de gobierno cercano y de legitimidad fundada en la continuidad negociada y transparente del estado de derecho que no es letra, sino que es pueblo.

La noción de un gobierno que cuenta, para que las personas cuenten, tiene una larga tradición en la reflexión histórica, cultural, política y sociológica que cree que la reflexión teórica ha ayudado a mostrar y demostrar, por mencionar un caso, que traducir a un número político la realidad es una forma de habilidad política sustentada y, por tanto, es una forma de poder, es un tipo de conocimiento que se considera creíble y autorizado siempre y cuando las personas no sean convertidas en número por sí mismas. Y es que un gobierno que valora el número político, un gobierno que cuenta para que las personas cuenten da poder colectivo a las acciones gubernamentales debido a que le da legitimidad comprensiva a los datos que nunca se deben minimizar. Contar, para que las personas cuenten, le da poder colectivo al Estado de cara a que deje de ser una enorme e impersonal burocracia pública y de cara a que convierta los datos en información sistemática sobre personas, territorios y vidas.

La sociología del número político, contar para que las personas cuenten, cuantificar para luego cualificar como cuerpo-sentimiento colectivo que demanda un apoyo ayuda a gobernar, ya que limita las expresiones reaccionarias que deambulan –aunque estén agonizando- en el imaginario de quienes no quieren perder ninguno de sus privilegios bicentenarios. En otras palabras, el número político permite articular los problemas públicos como soluciones públicas dentro de la agenda gubernamental, la cual debe considerar que, en algunas coyunturas, la impaciencia o el miedo de los otros pueden ser convertidos en un argumento electoral para volver al pasado. Y es que la cuantificación de lo cualitativo es un hecho sociológico traducido a objeto de gobierno cuando las personas convierten en número la realidad social sin que ésta se cosifique, pues eso es sólo un recurso sociológico y político para ir monitoreando, desde la cotidianidad del pueblo, todo lo hecho y por hacerse como refundaciones históricas sistemáticas comprendidas por los beneficiarios. En ese sentido, contar para que las personas cuenten lleva a debatir públicamente los temas más espinosos de las transformaciones sociales (que por lo general son de carácter cultural), y da la posibilidad real y oportuna de conocer y reconocer las situaciones problemáticas hasta que se vuelvan tangibles y abordables en las tablas e indicadores estadísticos.

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