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LA PALABRA ES MI OFICIO Y SACRIFICIO

CLARABOYA

“Prólogo a la noche” de Hugo Lindo

A Luis Alvarenga

Álvaro Darío Lara

Hacia mediados de los años ochenta asistí a una exposición pictórica de mi querido amigo, el artista Armando Solís (1940) titulada “Homenaje al Retrato”, en la Sala Nacional de Exposiciones, ubicada desde siempre en el Parque Cuscatlán de San Salvador. Se trataba de numerosas obras que rendían tributo a personajes del arte y la cultura salvadoreña. Entre ellos se encontraba el poeta, escritor y diplomático Hugo Lindo (1917-1985).

Al ingresar al edificio, esa tarde, me encontré justo a la entrada, al escritor Miguel Ángel Chinchilla quien conversaba animadamente con don Hugo Lindo.

Miguel me presentó al ilustre intelectual, recuerdo a don Hugo de traje completo, impecable, delgado, de cabello cano, de voz suave, y poseedor de ese don de la palabra ingeniosa, culta y chispeante. Poco tiempo después moriría en septiembre de 1985; y aunque lo había visto con anterioridad en su librería Altamar, y leído, por supuesto, en su obra, sobre todo, de narrador, fue la primera vez y la última que lo saludé. Naturalmente dejó en mi joven corazón una honda y muy grata impresión. Su personalidad irradiaba una gran presencia.

Hace unos días he releído un tomo de su poesía, publicado póstumamente, me refiero a “Prólogo a la noche” (Editorial Delgado, Volumen 2, Colección Arca del Tiempo, El Salvador, 1999).

El texto contiene dos poemarios: “Prólogo a la noche” y “Casi en la luz” y da cuenta de una extraordinaria voz poética, admirablemente sostenida de principio a fin.

La pureza lírica, metafísica, el dominio técnico, conceptual de esta poesía es sorprendente, y confirma a su autor, como uno de nuestros grandes poetas clásicos.

El poeta se enfrenta a viejos temas de su propensión filosófica: el paso del tiempo, el sentido de la vida, la fugacidad de la existencia, el destino y la muerte, desarrollados en su casi totalidad con los recursos del metro medido, aunque también encontramos algunos poemas en un verso libre, de un magistral dominio formal del ritmo interior.

Es Hugo Lindo, el poeta de la lírica profunda. Hugo Lindo ofreciéndonos, imágenes deslumbrantes: “Pero nadie aceptaba el homenaje/ ni aquella comunión hallaba abiertas/ las ventanas de nadie: se añejaba/ el pan sin compartirse, y en los odres / se criaban los gusanos del vinagre”. (Fragmento del poema: “Encuentro”).

O en esta otras, donde asistimos a un lujo verdadero del recurso imaginativo: “Para hacer de él un témpano de oro/ con la fugacidad del amarillo, / la seda de ocaso, el sol de octubre/ y el horizonte de cobalto y vidrio”. (Fragmento del poema “Vahos”).

Al igual, que este prodigioso verso: “Sobre la tierra lloverán palabras”. (Poema: “Simientes”).

Y es el juego de los espejos, de los rostros refractados, del yo-poético (protagonista) y el yo- lector  (co-protagonista), en una poesía donde reina la todopoderosa y bella unidad de los seres.

Es el ingenio, el humor proverbial de don Hugo, el acto lúdico, lúcido, en feliz síntesis del intelecto       y del eficaz lenguaje poético: “¿Quién eres o quién soy? / ¿Quién el espejo? / ¿Si yo te copio o tú me copias hoy? / Tu superficie advierte/ que ya empezó la muerte/ en la imagen va del niño al viejo” (Fragmento del poema: “Espejo”).

El misterio de la creación literaria, aparece en su “germinal” tensión: “Pero llega el instante/ de construir la palabra con silencios, / con reticencias largas, con memorias/ que no se dicen, con fantasmas/ entrevistos apenas en la leche del sueño./ Y uno se halla de nuevo a la orilla del mar./ Con un cansancio tierno en la bahía gris de las retinas, /dibujando en el aire/ cosas que no se ven,/ cantando cosas que tampoco se escuchan,/ pero transido/ de una redonda plenitud/ que es casi dolorosa” (Fragmento del poema: “Entre palabras”).

Esta poesía fue escrita casi al final de sus días, entre el horroroso y agonizante 1981salvadoreño, y el no menos dramático 1982. Por ello, recogiendo la tragedia nacional, Hugo Lindo dice: “Porque el mundo es hoguera y sangre y lanza/y galopa la muerte, ya sin brida/ por las estepas del afán suicida/ y el oscuro país de la venganza” (Fragmento del poema: “Lección de entereza”).

Sin embargo, pese al paisaje desolador donde campea la desventura, el poeta enarbola la inmaculada rosa de la esperanza: “Pero mañana, un día, / una tarde cualquiera, / quizá la savia se alce/ vibrante, y reverdezca/ en el tallo y la espiga, la panoja y el canto, / y sobre los despojos que congregó la afrenta, / surja otra paz más honda, / más justa, más completa”. (Fragmento del poema: “Esto lo digo ahora”).

En la introducción al libro (“Dos palabras”) el poeta David Escobar Galindo (1943) expresa: “En sus últimos años, Hugo Lindo estuvo enfrentado cotidianamente a un doble desafío existencial: el deterioro físico resultante del enfisema pulmonar que padecía y la ansiedad intelectual de producir lo más que pudiera antes de su desaparición que se avizoraba en el cercano horizonte. De ambas experiencias –durísimas, intensísimas, profundamente enriquecedoras- surgieron sus libros postreros, de los cuales estos dos que ahora se publican juntos emergen con imperiosa brillantez, de fondo y de forma”.

Aquel hombre mayor, elegante, como un personaje de otro tiempo, emerge en mi recuerdo, extendiendo esa tarde de hace más de cuarenta años, su mano huesuda y blanca, arrugada por tantos andares, a un muchacho que ya soñaba con las estrellas. Ambos instalados en una Patria que nunca fue fácil, y que, a su palabra de alto creador, debe tanto.

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