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Héctor Oquelí: asesinado en 1990 sigue vivo en la memoria

Víctor Manuel Valle Monterrosa

El 12 de enero de 1990, un comando violento secuestró y asesinó en Guatemala a Héctor Oquelí Colindres y su acompañante, Gilda Flores. Sus cadáveres aparecieron horas después de su secuestro, cada uno con un balazo en la cabeza.

Los connotados juristas de Estados Unidos, Thomas A. Farer y Robert Goldman, elaboraron sobre el hecho, por encargo de la Internacional Socialista, un documento difundido el 3 de octubre de 1990 con el título “Una Evaluación de las investigaciones e informes preparados por el Gobierno de Guatemala”. En el documento se concluye que “Extremistas terroristas derechistas salvadoreños fueron los organizadores y principales ejecutores de los asesinatos”. Han pasado 34 años de ese asesinato y nadie ha sido castigado por el crimen. Para esos asesinos, la impunidad sigue campante.

En enero de 1990, aún se vivían momentos derivados de la ofensiva guerrillera del FMLN comenzada en noviembre de 1989. La población en general, que provee las víctimas inocentes en un conflicto armado y que el cinismo llama daños colaterales, estaba harta de la auténtica guerra civil que se libraba en El Salvador desde 1980, con largas raíces de violencias e injusticias.

La guerra fría en el mundo llegaba a su fin. El simbólico Muro de Berlín había sido derribado, también en noviembre de 1989, por el pueblo alemán, y la ofensiva del FMLN dejó como saldo visible mucha muerte y destrucción y la convicción de que no era posible una victoria de ninguna de las partes en la guerra interna.

Héctor Oquelí era un prestigioso militante del socialismo democrático desde sus tiempos de estudiante universitario en los años 1960, era un respetado dirigente de la Internacional Socialista y desempeñaba funciones importantes para propiciar diálogos y negociaciones que dieran fin al conflicto y sentaran bases para transformaciones sociales en función, principalmente, de los de abajo.

En una ocasión de los años 1980, Héctor Oquelí y Ana Gadualupe Martínez, en nombre de la beligerante insurgencia del FMLN-FDRs se reunieron con el primer ministro de Suecia, líder de la Internacional Socialista, Olof Palme.

Palme fue asesinado por un derechista, mientras era primer ministro, el 28 de febrero de 1986, cuatro años antes del asesinato de Oquelí. Sin duda, los enemigos de la paz llegan hasta el asesinato con tal de descarrilar esfuerzos hacia Acuerdos de Paz

En la guerra interna de El Salvador había actores fundamentales. Por un lado, un gobierno de fuerte raíz oligárquica, un estamento militar entrenado e ideologizado por Estados Unidos y un aparato político fundado en los marcos del terrorismo de los escuadrones de la muerte del asesino de monseñor Romero, y por otro, una insurgencia político-militar izquierdista variopinta, desde moderados hasta ultra-radicales, que contaba con el apoyo del entonces llamado campo socialista, y unos aliados políticos donde había socialdemócratas, socialcristianos y similares.

El diálogo y la negociación siempre tuvieron oponentes en el bando derechista del conflicto. Había que derrotar la guerrilla terrorista y enemiga de la libre empresa. Así lo inspiraba el presidente Reagan de Estados Unidos. Además, la guerra daba protagonismo a la conducción militar de la llamada “tandona” que estaba en el apogeo de su poder político.

En ese ambiente adverso había entrado en escena la llamada “comunidad internacional” que, en el caso del conflicto salvadoreño, eran gobiernos de países como México, España, Colombia, Panamá, Venezuela, Cuba, Francia y, al final, Estados Unidos. Por eso el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas mandató, en 1990, al Secretario General, Javier Pérez de Cuéllar para que mediara en el conflicto salvadoreño y encontrara, vía diálogo y negociación, una solución política a la guerra interna.

En esas circunstancias llegó Héctor Oquelí a Guatemala para atender asuntos personales y, entonces, los enemigos del diálogo y denostadores de las negociaciones, dieron el zarpazo y lo asesinaron, advirtiendo con ello que los diálogos debían zozobrar; pero ese esfuerzo de los asesinos fue vano pues el Acuerdo de Paz se firmó dos años después.

Lo demás es historia que muchos, por jóvenes, no conocen. Hubo fin del conflicto, Acuerdos, sabotajes políticos y negacionismos de las derechas, herencias institucionales, transformaciones políticas en el país y distorsiones de la esencia de los Acuerdos. Los inspiradores y financiadores del asesinato de Héctor continuaron en sus sabotajes políticos para descarrilar los Acuerdos y sus efectos esperados.  La impunidad de los asesinos de Héctor continúa. El análisis integral de ese proceso escapa a los alcances de este artículo.

Podría decirse que el sacrificio de Héctor y de otros como él dio frutos y por eso hay que mantener a esos mártires vivos en la memoria.

Los amigos de Héctor creemos que, en su memoria, hay que organizar actividades académicas y políticas que debatan sobre la conflictividad social, auspicien diálogos constructivos de amplia participación, busquen consensos en torno a soluciones de problemas sociales inmediatos y concretos y apuntalen la vigencia de un estado social de derecho que permita el desarrollo de una agenda social propia del socialismo en democracia y libertad, teniendo como norte el bienestar y la dignidad de todas las personas, principalmente de las más necesitadas. Ese será la mejor manera de mantener viva la memoria de Héctor Oquelí en el cauce de la historia que le corresponde.

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