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El hombre sin sombra: ¿Es traición traicionar al traidor?

Sociología y otros demonios (1084)

René Martínez Pineda

¿Cómo se puede odiar lo que antes fue amado hasta el límite del suicidio? ¿cómo se puede perdonar lo imperdonable sin venderle el alma al diablo o sin escupir las lápidas sin nombre? Esos son los dilemas que uno enfrenta cuando una revolución pierde lo revolucionario (si acaso lo tuvo cuando debía demostrarlo como grupo gobernante), y se llega a la hora fatídica de empezar de nuevo. Muchos militantes de izquierda –sobre todo quienes fingen serlo y quienes llegaron a un cargo sin haber luchado en los años en que estuvimos en peligro porque la cobardía era su signo- cuestionan que se cuestione, fuerte e inmisericordemente, al partido oficial de izquierda por sus actuaciones –y sus no actuaciones- de los últimos treinta años y, en el obsceno límite del desconocimiento atroz de la teoría revolucionaria, hasta lo consideran como una traición a los valores y principios del pueblo… sin embargo, no lo es, porque pueblo y partido no siempre son sinónimos y, cuando lo son en las coyunturas de crisis revolucionarias, el pueblo siempre es lo vital, siempre el referente, siempre la brújula, siempre el principio y el fin. Así de simple y aleccionador.

En mi opinión, traicionar a los traidores no es un acto de traición, sino que es un acto de dignidad pura y dura. Sobre este hecho tan despreciable y ordinario -cuya víctima siempre es el pueblo y los perpetradores siempre son sus representantes- Petrarca dijo: todo el mal que puede desplegarse en el mundo se esconde en un nido de traidores. Al respecto, Montaigne tenía razón cuando afirmó que la traición es un vicio ordinario, ya que –como dijo Benedetti, varios siglos después- hasta Dios nos traicionó cuando decretó la muerte como parte inexorable de la vida. Para casi todos, la traición es moral, cultural y políticamente condenable, mientras que unos pocos, como Jesús Silva-Herzog, opinan que sin traición no hay gobernantes, sólo mártires o tiranos, lo cual es absolutamente debatible ya que, siguiendo a Félix María de Samaniego, la traición, aun soñada, es detestable, porque ese tipo de sueños es, más que un vicio ordinario, un monstruo ordinario y pecuniario.

Pienso, entonces, en ese patético y perverso monstruo pasional que es la traición a los mártires y a los sueños bonitos de un pueblo que, en el altar de los mortales sacrificios utopistas, ofrendó a sus mejores hijos para construir un mejor país (así como lo soñó Roque), pero la herencia que nos dejó la izquierda oficial nos obliga a retroceder muchos años en una utopía que está llena de “peros” y de pelos en la sopa. Y es que la traición es un desafío para la sociología política porque nos mueve el piso en el que se edifica la historia debido a que cuestiona y lesiona las intuiciones de la justicia social y porque pone a prueba la leve imagen de la política libre de corrupción e impunidad y, lamentablemente, quizás hasta cuestiona la naturaleza del pueblo como protagonista principal y controlador de los principios de sus representantes. Si hablamos de revolución social con cambios revolucionarios (como no dijo Edelberto Torres Rivas), el punto principal de la política es la cuestión de la lealtad –a los vivos y a los muertos-, y su antítesis es la traición en modo épico y como un giro moralmente inicuo que el pueblo no merecía sufrir después de tanto sufrimiento.

Sin lugar a dudas, la traición exalta paradojas que se revelan en las pasiones, arrepentimientos –ciertos y falsos-, rectificaciones oportunas, necedades vitalicias, nuevos rumbos o seguir en el viejo rumbo, y -en los utopistas que sabemos que el pueblo es más grande e importante que cualquier partido político- deseos de que no haya existido, deseos de que haya sido tan solo una siniestra pesadilla, pero las condiciones heredadas son una cuestión objetiva que hay que valorar sin fetiches ni sentimentalismos inocuos. Desde los años 70 en que construimos la movilización de la conciencia, en la política revolucionaria no hay un insulto que sea más vertical, peligroso y lapidario que el de “traidor” (un adjetivo que, ciertamente, no se quiere usar por su dureza, pero al que se debe recurrir para corregir las cosas), y no hay una condición más deplorable que la de ser un “traicionado” porque es sinónimo de tonto electoral o de estúpido orgánico. Nadie tan despreciable como el traidor consuetudinario que incansablemente usa la palabra “pueblo” para tapar su fetidez; nadie tan detestable, tan lesivo, tan inhumano, tan perverso y tan indigno como lo definió Marx cuando hablaba de los vicios humanos que pondrían en peligro el surgimiento del socialismo. Pero, ¿por qué tanto odio real contra el traidor familiar, sea éste un político o un futbolista que amaña partidos? Porque cuando la persona que traiciona proviene del pueblo –o sea que tiene enterrado su ombligo en el mismo terreno que los pobres que confiaron en él- se enciende un temor originario que llamo “agorafobia de Hansel y Gretel”: el temor a ser abandonado en la intemperie de la injusticia social; el temor a ser desterrado totalmente desnudo de los sueños; el temor a ser dado en adopción a una familia maligna y explotadora; el temor a ser entregado a los enemigos por unos dólares más, esos enemigos que son los propietarios del laberinto de la soledad del que habló Octavio Paz al referirse a las máscaras. Es por eso que el traidor que rompe el sagrado juramento de lealtad con su pueblo merece el castigo de los dioses de lo cotidiano, y no hay nada más cotidiano, en este momento político, que las urnas electorales en tanto subsuelo del odio y la desilusión que anda en busca de nuevas ilusiones para no morir de hastío o para no suicidarse a las diez de la madrugada.

De esos miedos proviene la peste negra del traidor que desata las fuerzas oscuras de la presencia y ausencia junto a las fuerzas glaciales de lo desconocido y conocido debido a que el temor fundacional de la traición política es ser destruido por lo desconocido y, al mismo tiempo, ser abandonado por lo conocido, el dejar de ser el sujeto de lo querido, el dejar de ser alguien para pasar a ser nadie. Siendo así, el miedo se funde con el odio cuando se trata de la traición entre iguales, porque el traidor nos abandona y nos entrega al enemigo que juró combatir y, en el lúcido imaginario del pueblo, eso implica condenar a los traidores a que deambulen eternamente en el noveno círculo del infierno de Dante, porque no sólo se trata de castigarlos, expulsarlos o encerrarlos en un calabozo sin puertas. Lo anterior explica por qué la dureza inamovible del pueblo contra los “amañadores” de partidos de fútbol y el odio-desprecio que hoy siente contra los políticos que traicionaron la sangre derramada, un odio-desprecio que, por eso último, es mucho mayor que el que siente contra ARENA cuya traición era una esperada acción de oficio.

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