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El desafío de la educación

Luis Armando González

Hay urgencias en El Salvador que no se pueden posponer. Tienen que ver, salve por un lado, con la atención inmediata a los efectos de la crisis económica; y, por otro, con las manifestaciones más hirientes de la precariedad socio-económica que afecta a los sectores más vulnerables de la sociedad salvadoreña. El nuevo gobierno deberá dedicar buena parte de sus esfuerzos, en el corto plazo, a atender esas urgencias.

Con todo, no se puede perder de vista la raíz estructural de la precariedad y la vulnerabilidad que afectan a la mayor parte de la población.

Atacar esa raíz estructural requiere de esfuerzos que, sin descuidar lo inmediato, apunten a transformar ámbitos fundamentales de la realidad nacional. Obviamente, no es posible atacar todos esos ámbitos a la vez ni al mismo tiempo, pero sí se puede (y se debe) comenzar por aquellos en los cuales en lo inmediato se esté en condiciones de incidir. Uno de estos ámbitos es el educativo, cuya importancia es trascendental no sólo en la formación escolar y académica de los miembros de la sociedad, sino en la configuración de sus valores, opciones y hábitos de convivencia civil y política.

A muchos se les escapa que la escuela no sólo es un espacio para la enseñanza de destrezas y habilidades, sino un espacio para la asimilación de una cultura científica –en las humanidades y las ciencias naturales— que dé sostén a una visión de mundo crítica y comprometida con la transformación de la propia realidad personal y social.

Una cosa es formar buenos trabajadores y trabajadoras –es decir, personas con las habilidades y destrezas para adaptarse al sistema productivo— y otra muy distinta formar ciudadanos y ciudadanas maduros intelectualmente, a partir de una cultura científica y técnica no reduccionista. En el sistema educativo salvadoreño debe operarse cuanto antes un cambio de orientación, pasando de la concepción productivista de la educación a una concepción que se podría denominar “humanista integral”.

¿Cuál debe ser el soporte institucional de este nuevo modelo educativo? Sin lugar a dudas, las instituciones públicas de educación. Esto supone poner a punto el conjunto del sistema educativo público, no sólo en el plano del fortalecimiento de la infraestructura y la dotación de recursos didácticos, sino en la cualificación y mejoramiento del bienestar (salarios, prestaciones, condiciones de vida) del cuerpo docente en todos sus niveles.

La contrapartida de esta renovación institucional es la generación de las  condiciones de bienestar básico en los hogares salvadoreños, especialmente de los más pobres, de forma que se asegure la presencia de la niñez y la juventud en las aulas.

Especial atención merece el rescate y fortalecimiento de los institutos nacionales de secundaria [el símbolo de ese fortalecimiento deberían ser el INFRAMEN, el INCO (la antigua ENCO) y el ITI], cuyo nivel académico tendría que marcar la pauta del resto de instituciones (privadas) de educación media que existen en el país. En un futuro no muy lejano, nadie debería graduarse como bachiller sin pasar por los estándares fijados por los institutos nacionales de educación media.

Esto haría innecesario contar con una prueba externa –que además se ha privatizado—como la PAES. Asimismo, el MINED debe asumir la formación de los docentes del país, pues la mercantilización educativa ha sido desastrosa en materia de la calidad y la ética docentes.

El complemento de los institutos nacionales tendría que ser la Universidad Nacional de El Salvador, que debería asumir un papel rector en el quehacer académico-universitario del país. Muchas cosas tienen que cambiar dentro de la UES para que esto suceda. Deberá modernizarse, reclutar a los mejores talentos académicos –lo cual supone fijarse ante todo en los méritos— y superar prácticas anquilosadas que han favorecido el acomodamiento y la resistencia al cambio.  Sin una universidad nacional renovada la educación superior seguirá descansando en las instituciones privadas, con los subsiguientes costos –no sólo económicos, sino de exclusión— que ello tiene para la sociedad.

En fin, se tiene un enorme trabajo por delante en materia educativa. La educación debe convertirse en el eje dinámico de las trasformaciones requeridas por el país, en orden a dar vida a un proyecto de nación inclusivo, tolerante, solidario y democrático.

Tomado de L. A. González, Sociedad, cultura y educación. San Miguel, UGB, 2013, pp. 131-134

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