A 94 años del quiebre de nuestra historia ancestral
Por: Iván Escobar
El 22 de enero de 1932 las poblaciones indígenas del occidente del país se insurreccionaron en contra de las fuerzas gubernamentales y en contra de las familias más ricas de esta nación centroamericana. El malestar acumulado entre los indígenas venía desde los años de 1881-1882 cuando el Estado salvadoreño impulsó el despojo de las tierras comunales y ejidales a través de una gran reforma Liberal promovida por el entonces presidente Rafael Zaldívar.
Con esta reforma Liberal, el Estado salvadoreño obligó a los antiguos herederos de las tierras, es decir, a los pueblos indígenas que por años trabajaron y vivieron de la tierra heredada de sus ancestros, fueron despojados de sus territorios. Fue la mayor agresión sufrida por los pueblos originarios en tiempos posteriores a la colonia.
La primera gran represión indígena fue contra las poblaciones nonualcas, encabezadas por Anastasio Aquino, que ya en 1833 habían reclamado la explotación y marginación a partir del Estado y las familias entonces beneficiadas con la producción del Añil, la más importante en tiempos postcoloniales.
Con la reforma del gobierno de Zaldívar las poblaciones indígenas pasaron a ser jornaleros agrícolas asalariados, es decir, empleados de un patrón que hasta el día de hoy no les ha garantizado el pago justo ni una vida digna por su labor agrícola.

En aquellos años, el país apostaba por el monocultivo del café, luego de la caída de las exportaciones de Añil, la oligarquía salvadoreña presionaba a las autoridades gubernamentales para tomar las propiedades ancestrales y según ellos, así garantizar un mejor desarrollo para el país.
Pero la bonanza y la riqueza que el café trajo años posteriores no se reflejó en mejores condiciones de vida para los indígenas, ahora llamados campesinos o jornaleros, al contrario, la explotación, marginación y exclusión social fue más que evidente, y producto de la presurosa reforma Liberal, pasaron de ser dueños de las tierras, a inquilinos de pequeños lotes e improductivos terrenos, por los cuales además tenían que pagar para el uso.
Además del trabajo que debían hacer casi gratuito para los nuevos propietarios, ha sido la principal causa de los problemas sociales que el país ha vivido luego de todo este proceso.
Esta expropiación de territorios, no solo se dio en el occidente del país, sino que también sucedió a escala nacional. Ya que las grandes familias y el Estado, identificó las “mejores tierras” y se las entregó a los que años posteriores pasarían a ser los grandes cafetaleros.
David Hernández, en su investigación de postgrado: “El Salvador modelo por armar. Historia analítica de la literatura salvadoreña 1932-1992”, de 2006, se interna en las causas que dejaron este tipo de políticas gubernamentales, y que para 1932 desembocó en la gran insurrección indígena, durante la administración del General Maximiliano Hernández Martínez, quien se estrenaba en la presidencia de facto, luego del Golpe de Estado, en diciembre de 1931 contra el presidente Arturo Araujo.
En su estudio, David Hernández, además de investigar las causas del etnocidio, se orienta en la parte cultural, específicamente la literatura para conocer cómo desde el arte y la cultural se abordó el quiebre histórico que sufrió el país con la masacre indígena ordenada por Martínez, para frenar lo que él denominó: “las hordas comunistas”.
Diversos estudios e investigaciones han dejado en claro, y el trabajo de David Hernández reafirma que una de las causas del malestar social de aquellos años fue por la expropiación de las tierras. A ello se sumó la crisis económica de finales de los años 20´s del siglo pasado y otros factores que devinieron en el tiempo.
A pesar de estos estudios, muchos salvadoreños desconocen, incluso hoy en día sobre este tema. Y no es porque no se haya escrito sobre el mismo, sino porque la masacre provocó una herida grande en nuestra sociedad, que, hasta hoy, es decir, 94 años después sigue latente.
Si bien, el gobierno dictatorial de Martínez silenció aquellos sucesos, también hubo un temor a hablar de ellos, en el país.
La masacre acabó casi por completo con la lengua ancestral, el náhuat; eliminó el uso de la vestimenta tradicional indígena, silenció y ocultó por generaciones las tradiciones originarias, pocas se conservan y viven hoy en día, porque en las comunidades de forma clandestina perduraron en algunas partes; y el mestizaje prevaleció. Las poblaciones indígenas dejaron sus nombres, sus apellidos autóctonos, cambiaron de lugar de residencia, dejando pueblos, y adoptando modas y costumbres “modernas” para pasar desapercibidos del régimen de Martínez, y las secuelas años posteriores no les afectará como a sus ancestros. Vieron muchos la muerte de cerca, pero el silencio se tomó como escudo, y no hablar de ello, era lo mejor.

En el trabajo de Hernández se destaca como hipótesis central de su investigación tres premisas, una de ellas, que “la rebelión de 1932 era una insurrección indígena, su explosión se vio forzada por la situación de miseria y hambre en que se encontraba el país luego de la crisis de la bolsa de Nueva York en 1929 que lanzó por los suelos el precio del café”.
Pero la investigación, deja en claro, como ya mencionamos, que sí se abordó la temática desde la literatura. Y cita tres momentos o actores claves que hacen uso de la literatura para dar a conocer los hechos, cuestionarlos y en una medida denunciarlos.
Roque Dalton, con su libro “Miguel Mármol” (escrito en Praga entre 1965-1971, que es un libro testimonial de un sobreviviente de la masacre y un emblemático representante del Partido Comunista de El Salvador, quien da detalles de estos hechos, y, además, devela lo que muchas tesis e investigaciones han dicho de que poco o nada tuvo que ver esta fuerza política en esta situación, más que sumarse como una fuerza más, pero sin brújula, ni orientación y menos peso para que la lucha se intensificara y pudiera contener la reacción violenta y represiva del Estado.
“Cenizas de Izalco” (1964), es una novela de la escritora salvadoreña-nicaragüense Clarivel Alegría y su esposo Darwin J. Flakoll, quienes explican y dan una interpretación literaria de los sucesos, una visión de la crueldad que se vivió entre las poblaciones originarias ante la represión del dictador Martínez.
Y en última instancia, no sin ser importante, David Hernández en su investigación cita el papel de Salarrué que, si bien algunos críticos lo consideran como un intelectual ajeno a la temática y que ocultó su voz literaria para abordar dicha situación. El investigador precisa que “el panorama literario de El Salvador entre 1930 y 1956, tiene en el libro “Cuentos de Barro” de Salarrué, el más representativo y conocido texto a nivel nacional e internacional”.
“Mi hipótesis es que este vacío – producto del trauma nacional de la conciencia colectiva salvadoreña con la masacre del 32´ – ha sido llenado luego en diferentes espacios y tiempos por diversos intelectuales que construyen a través de sus obras…dignos de mencionar en este sentido son Cenizas de Izalco, novela de Claribel Alegría y Darwin J, Flakoll publicada en 1964 en Barcelona, y El Salvador, monografía de Roque Dalton, editada en 1963 en Cuba. Otro representante del discurso mestizo americanista es el poeta Oswaldo Escobar Velado, quien publicó su obra en los años 40´s – 50´s Tierra Azul donde el venado cruza”, complementa el investigador.
Por tanto, puntualiza que como la crítica recae en Salarrué, pero su obra “…muchos críticos han clasificado como costumbrista, una apreciación que ciertamente no basta”. Y también menciona la novela de este mismo autor: “Catleya Luna”, publicada en 1974, considerada un escrito tardío sobre la temática pero que “…plasma (el autor) su visión de la masacre del 32´”, señala.
En términos generales y a modo de consideración final, David Hernández, en su investigación indica que “la hipótesis central” de su trabajo “se puede resumir en que la masacre del 32´, que tuvo el carácter de un etnocidio, y el odio racial que acompañó a la misma, el inconsciente colectivo salvadoreño sufrió un trauma”. Algo, que complementa el escritor Manlio Argueta, entrevistado para este trabajo académico, y quien aseveró en su momento: “tuvimos la desgracia de sufrir una oligarquía montaraz y ultramontana, de horca y cuchilla, medioeval, que no se preocupó por dar el mínimo de acceso a la educación y la cultura al grueso de la población”, dijo en 2006, para la investigación citada.
Por tanto, la masacre de 1932, tuvo un origen a partir del robo del Estado, de las propiedades ancestrales, ante esto y la acumulación de infinidad de problemas la situación pasó a un nivel de insurrección, donde el gobierno dictatorial se sintió amenazado, y haciendo uso de las fuerzas militares, reprimió, asesinó y mancilló a las poblaciones indígenas.
Estudios académicos e investigativos en los últimos años han reafirmado esta tesis, en la cual el poder económico, la ambición de unos pocos, provocó el dolor para muchos hasta hoy en día. 94 años después, se repiten algunos signos de violación a derechos de nuestros pueblos indígenas, se sigue con la expropiación, el desalojo de poblaciones pobres, daños ambientales frente a “intereses” del Estado que siguen prevaleciendo sobre los más vulnerables.
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