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Amanecerá y veremos (1)

René Martínez Pineda
Sociólogo

En este ir y venir de la exposición de ponencias en los congresos latinoamericanos de sociología, de mis muchas ponencias, he comprobado que la queja constante de la modernidad es que no se recurre a la cotidianidad –en sus vivencias buenas y malas- para comprender y transformar la sociedad desde la frondosa raíz de los descalzos y para derrotar la muerte de los seres queridos a fuerza de acciones dignas que hacen el milagro de la memoria. Siendo ese el caso, debo empezar por confesar mi dolorosa ceguera. Sí, confesarla, porque en apariencia no soy ciego, pero lo soy, soy un medio ciego porque aún puedo tocar los colores primarios que me enseñó mi madre cuando niño aprovechan los breves espacios que le daba su trabajo. El color más importante es el rojo, ese color escatológico y audaz que ha sido degradado, injustamente diré, por aquellos que jamás creyeron en él, pero que para mí sigue siendo válido e histórico porque es un símbolo materno que no tiene nada que ver con quienes lo traicionaron sin remordimientos. Cuando niño me quedaba horas y horas –y muchas horas más- viendo los tenues celajes con que el cielo nos coqueteaba a mi abuela, a mi madre y a mis hermanas siguiendo las dulces instrucciones que les daba mi bisabuela. Me fascinaba –y me sigue fascinando- el rojo puro mezclado con el oro acuarela de los rayos de sol que se colaban en el retén de las nubes. Quiero entrar en la trama de un hecho que por ignorancia individual se ignora en colectividad. Todo el mundo cree que los ciegos son seres tristes y sin colores enterrados en un universo frío y negro que se come a sí mismo con maniática ansiedad.

Justo ahora, llorando la pérdida de las manos que me amaron hasta lo indecible sin decir una tan sola palabra, recuerdo un párrafo del poema “un ciego”, de Jorge Luis Borges, que destruye esa patética creencia: “Lento en mi sombra, con la mano exploro/ mis invisibles rasgos. Un destello/ me alcanza. He vislumbrado tu cabello/ que es de ceniza o es aún de oro”. Entonces, la negrura del ciego –y el dolor sin resignación humana- no es oscuridad ni es frío, porque el negro es el color favorito de los ciegos cuando se mezcla con el ardiente rojo del corazón que late con fuerza para ver al mundo sin verlo de verdad, o para verlo parcialmente desde el ánimo insurrecto de la utopía social frente a la cual estamos y somos dolorosamente ciegos, aunque tengamos los ojos en buen estado. Por eso no me molesta estar en el mundo de neblina –el otro lado de la conciencia- que me avisa que debo recuperar la vista sin más demoras, y por eso no me incomoda estar en esa neblina rojiza y amarillenta que se torna luminosa para exigir la cura de la ceguera frente a la utopía traicionada por los adoradores de becerros y curules purulentos. Por eso, de cuando en cuando, me acurruco en la solitaria oscuridad de los muertos hermosos que cerraron los ojos para que nosotros viéramos que nos habían dejado la imbatible herencia del valor. Y entonces el rojo que apenas vislumbro en el recuerdo de la placenta es el vagón de un tren laaaargo que nunca deja de correr; y entonces esta ceguera dolorosa y este dolor ciego del que adolezco -por haber dejado de ver cómo dañaban la utopía- no es una noche cerrada ni es el lecho de un pozo sin fondo.

Un ciego social como el que he sido yo –que tiene buenos los ojos y que no puede ver, aunque vea- vive en un mundo retorcido por el dolor, un mundo ambiguo que añora ser certero, del cual surgen, en los momentos más apremiantes, los colores primarios de lo que hemos dejado de ver por simple apatía o estupidez: se cuela el amarillo del pan recién horneado en la pobreza; se cuela el azul del cielo que nos hacía creer que éramos inmensamente ricos; se cuela el verde delicioso de los juegos con los amigos del alma cuyas madres eran idénticas a la mía. El blanco desaparece del todo por voluntad propia porque, por aquello de querer transformar el mundo a toda costa, un día decidimos comernos los pecados de los otros, aunque sabíamos que se nos iba a oscurecer el corazón al hacerlo. El rojo no desaparece, aunque esté difuminado, no se marcha con la cola entre las patas, sino que busca otro lugar –otros muchos lugares- donde florecer usando la magia incansable de la poesía, de los cuentos, de las oraciones dichas de rodillas para hacer el milagro de la eternidad que es un secreto de la memoria.

Yo deambulo desde hace muchos años en ese mundo de colores esquivos u ocultos, y quiero confesar, ante todo y ante todos, que me he atrevido a hablarles de mi dolorosa ceguera porque es una condición remediable; porque es un mal que me afecta a mí –y a otros como yo- a pesar de haberme puesto la vacuna comunitaria de la vista cuando luché –junto a miles- contra la dictadura militar que nos estaba arrancando el alma en las calles y las cárceles clandestinas que muchas veces se disfrazaron de exilio obligatorio. Pero mi caso no es un drama con un único y dramático desenlace porque, recuperando las ilusiones, se que puedo volver a ver tan clarito como hace muchos años. Quienes están condenados a no recuperar la vista son aquellos que vendieron sus ojos en las fábricas del neoliberalismo; son aquellos que fueron cegados por el relámpago de la corrupción que mata a miles y miles de pobres; son aquellos que se perdieron en el eclipse de la impunidad y los lujos que roban a manos llenas. Pero en mi caso, este cadencioso crepúsculo en el que me fui metiendo tiene una luz al final de la negrura: la luz de la recuperación de la conciencia que remedia cualquier ceguera dolorosa. Y entonces, solo entonces, lo patético se vuelve estético y la muerte se convierte en vida en la memoria para que seamos capaces de disfrutar de quienes hemos amado hasta lo indecible porque nos tendieron, de forma incondicional, un cordón umbilical irrompible que se revitaliza con las lluvias de finales de mayo que vienen cargadas de zompopos de mayo y flores eternas.

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