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A la tercera es la vencida (1)

René Martínez Pineda
Sociólogo

Esa imagen menos tétrica de sí mismo y de la sociedad –la tercera, según sus cuentas de bachiller en comercio y administración- se fue a instalar cómodamente a su cabeza y empezó a desplazar, poco a poco, a las dos imágenes previas que la habitaron durante treinta años con todos sus días y sus noches. Esa imagen borrosa, caliente como revolución e hiriente como una traición que se empieza a superar, ya era un territorio bien conocido para él, pero en estos últimos dos años era una tortura dolorosa por esperanzadora, como si de súbito fuera algo nuevo que estaba a punto de materializarse a su hora, no a la de él. Esa imagen deambulaba en su imaginario leve, acre, ciego, mudo, de la mano de un personaje inesperado. Treinta mil abejas muertas zumbaban en el cuarto vacío de su cabeza. El ruido se amotinaba cada vez con más furia en su calavera y chocaba en sus paredes de calcio agrietándola por dentro y haciendo temblar cada una de sus vértebras. Algo raro ocurría en su infraestructura de revolucionario en espera permanente; algo raro que, con otra tonada, ponía nuevos clavos en los viejos armarios de la cultura política generando, así, un estruendo seco y esquelético, lo que le hacía recordar los amargos golpes que da la vida cuando la traición es una virtud electoral.

Como un animal acorralado e indefenso quiso apretar las palmas de sus manos contra las sienes mapeadas por gruesas y largas venas azules y negras, como si con eso consiguiera aplastar la imagen borrosa de lo no sucedido sucediendo que, vertical, lo atormentaba y lo alentaba en la misma pulsación de alma desesperada. Quería humanizar la tercera imagen que le estaba perforando la memoria para poder perseguirla por todos los rincones de su cabeza, tal como se persigue a una gatita que necesita de caricias certeras para ronronear ilusiones populares. Pero la imagen seguía borrosa y dolorosa en los intersticios de su mente prendida en una calentura utopista que fácilmente podría confundirse con el delirio más furioso y cruel, ese tipo de delirio que no es más que la creencia que se vive con una profunda convicción colectiva a pesar de que la evidencia a veces es sobornada para que demuestre lo contrario, y a pesar de que la corrupción e impunidad son las que habían venido destemplando el acero de la conciencia social venida a menos; ese tipo de delirio punzante que es –desde la decepción escatológica- el último recurso humano para mantener la identidad en una ciudad convertida en número.

Quería creer que esta vez sí lograría alcanzar la imagen, la tercera imagen, pero las cosas no son tan sencillas de agarrar, hay que corretearlas un buen rato, hay que emboscarlas con el viejo fusil de las ilusiones construidas con mucho más que palabras y promesas. La imagen borrosa de la revolución no sucedida sucediendo, la imagen de la sociedad que nunca llegó tenía los pies ágiles y el cuerpo cubierto con cebo de tunco. Pero él, atormentado por esa imagen irreal de lo que debería ser real a estas alturas de la historia, se propuso cazarla con la táctica y estrategia de la lucha cotidiana que se aprende jugando damas en las plazas públicas que albergan tanto a los utopistas como a las putas políticamente agudas y a los desempleados crónicos; se propuso agarrarla y abrazarla con la fuerza definitiva que salía de los brazos de su desesperación. Esta vez, pienso que pensó, no iba a dejar que le taladrara los sesos y enturbiara su mirada; no iba a pronunciar su nombre en vano, amén; no la iba a sudar por cada uno de sus dos millones de poros profusos; no iba a permitir que le perforara los ojos hasta el punto de desorbitarlos y quedar totalmente ciego sin poder ver cómo la imagen se va delineando, lentamente, como un rostro humano en la más densa, triste y desgarradora oscuridad. Esta vez -la tercera, según sus cuentas cabales, y que sería la vencida, según el refranero popular que siempre es infalible- no iba a dejar que esa imagen lo obligara a masticar los vidrios molidos de los sueños rotos fuera del cuarto vacío de su cráneo. Así de hiriente y letal era la imagen aquella de la sociedad que no es, siendo: desesperante como el llanto de un niño recién nacido con hambre, tal como todos los llantos crudos y rudos del hambre que choca contra la pared de ladrillos de la pobreza más extrema.

Pero él había hecho sus cálculos en los trazos de la imagen borrosa: ya no sería una burla si pudiera cazarla, tomarla, darle vida, retenerla, humanizarla, amamantarla, darle forma fija más allá de los caprichos de su propia sombra. Verla tal cual debió haber sido desde su segunda versión de hace doce años. Conquistarla. Abrazarla con todas sus fuerzas. Sí, abrazarla, pero esta vez de forma definitiva; arrojar con toda la furia posible las dos imágenes previas a ésta para hacerlas pedazos en el meridiano pavimento de las marchas masacradas y olvidadas; para borrarlas con odio cierto hasta que no quede nada de ellas y no se puedan mover impunemente en su cabeza; eliminarlas hasta cuando tuviera la total y jadeante certeza de que no iban a resucitar mañana o pasado mañana; embalsamarlas o cremarlas para silenciar, de una vez por todas, el ruido óptico que lo estaba acongojando sin piedad, que lo estaba enloqueciendo sin pausas en los años anteriores.

La tercera imagen -la tercera es la vencida, quiso creer- ahora estaba mostrando todos sus colores y sabores mundanos de hormiga diligente, aunque no dejaba de ser todavía algo borrosa, escurridiza y hasta teológica porque, por alguna razón desconocida, tenía mucho de fe ciega. Pero, no podía aplastar sus sienes para extirpar todo el pus de las dos imágenes previas. Sus brazos eran demasiado cortos y débiles como para llevar las manos hasta su cabeza hinchada con la tercera imagen; unos brazos cortos, escuálidos, óseos, temblorosos, flácidos. Por instinto puro sacudió la cabeza como perro mojado por la lluvia repentina. La sacudió de forma demencial para sacarse lo que no debía estar ahí bajo ninguna circunstancia. La imagen cobró fuerza dentro del cráneo empujando sus paredes de calcio hasta el límite de lo imposible. Se puso pesado y agrietado al tiempo que se iba poniendo más grande para poder darle cabida a la imagen completa, a la tercera imagen que sería la vencida.

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