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domingo , 22 octubre 2017
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A 22 años de la firma de los Acuerdos de Paz*

Luis Armando González

En lo inmediato, sales se ponía fin a una guerra civil de 12 años, online que tenía  agobiada a la sociedad  salvadoreña con su lógica de  destrucción, odio y muerte.

Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz (1992) vientos de cambio comenzaron a soplar en El Salvador. En lo inmediato, se ponía fin a una guerra civil de 12 años, que tenía agobiada a la sociedad salvadoreña con su lógica de destrucción, odio y muerte. Terminar con la guerra civil –llamada después, de manera errónea, “conflicto armado” o simplemente “conflicto”— tuvo una enorme importancia para la vida de la gente.

No se debe subestimar el cansancio colectivo ante una dinámica militar que no parecía tener fin y que prácticamente lo subordinaba todo a su lógica. A ese cansancio se sumaba el impacto en la vida familiar y comunitaria generado por la guerra y sus secuelas. Migraciones forzadas, abandono de los lugares de origen, desarraigo, destrucción del patrimonio familiar y colectivo… Este era el costo social inevitable de la guerra civil.

A ello se añadía el costo humano: pérdidas de vidas humanas (civiles, guerrilleras y militares), mutilaciones y enfermedades asociadas a la guerra. También  estaba el costo cultural: proliferación de (anti) valores relacionados con la muerte, culto a las armas, insensibilización ante el dolor ajeno y confianza en la fuerza como opción privilegiada para resolver los problemas sociales.

A la descripción anterior se pueden añadir más elementos negativos, pero la conclusión no cambia: la guerra civil estaba dejando una estela de dolor y destrucción en la sociedad salvadoreña y su continuación en el tiempo no anunciaba otra cosa que más destrucción y dolor. De ahí el entusiasmo y las esperanzas suscitados por los Acuerdos de Paz.

Terminar con la guerra civil era algo bueno, pero los Acuerdos de Paz anunciaban algo más: anunciaban el advenimiento de una sociedad mejor: una sociedad democrática, inclusiva y solidaria. Por un lado, se ponía fin a la guerra civil (con lo que cumplía un primer objetivo de los Acuerdos de Paz); por otro, se ofrecía la promesa de un futuro mejor para los salvadoreños y salvadoreñas (que es el segundo objetivo de los históricos documentos).

Esa promesa suponía atacar los mecanismos institucionales, militares, políticos y económicos que habían contribuido a la gestación de la guerra. La convicción que anima esta dimensión de los Acuerdos de Paz es que para no repetir una experiencia de guerra es necesario realizar reformas institucionales, políticas y militares profundas, así como diseñar un modelo económico justo e incluyente.

En lo que concierne a las reformas políticas, institucionales y militares, los logros han sido extraordinarios. A 22 años de la firma de los Acuerdos de Paz la democratización política en El Salvador ha alcanzado niveles nunca vistos en su historia. Quizás no se puede hablar aún de una democracia consolidada, pero sí de una democracia con unos buenos cimientos políticos e institucionales.

Sin embargo, no se puede decir lo mismo del modelo económico. Paradójicamente, mientras la reforma política democrática avanzada en el sentido trazado por los Acuerdos de Paz, la reforma económica avanzaba por una senda contraria a la inclusión y a la justicia. Se avanzaba en la democracia política, pero se caminaba en sentido contrario a la democracia económica, pues el esquema neoliberal de conducción económica mantenía vigentes dinámicas de exclusión, pobreza y marginalidad parecidas a las vigentes antes de la guerra civil.

En el plano económico, a 22 años de la firma de los Acuerdos de Paz, el gran desafío consiste en avanzar en una reforma económica que dé pie un modelo económico incluyente y justo. Es decir, se trata en este momento de complementar los avances tenidos en la democratización política con una apuesta por la democratización económica, la cual no puede lograrse sin una reforma económica que apunte hacia lo estructural.

Entre 2009 y 20014, se han iniciado, muy incipientemente, acciones de gobierno en esa dirección. En un nuevo periodo de gobiernos de izquierda, se tiene que actuar con mayor audacia y determinación en el sentido apuntado.

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