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sábado , 23 septiembre 2017
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La llaga desnuda (2)

La llaga desnuda (2)

Erick Tomasino

ADVERTENCIA

1. Esto no es una autobiografía.

2. El lenguaje utilizado en este texto, view buy es de exclusiva responsabilidad de sus personajes.

3. Es probable que este libro, no sea el mejor que lea en su vida.

 

Volveré

Después del último polvo cae la noche. Estoy en el balcón de mi casa y de cara a la pared adivinando quien pasa e intenta saludar. No les veo. No sé si me ven. Quizá nadie me conoce. La aturdida ciudad atrapa todo sonido y luz, la ciudad es un hoyo negro. Oculta todo grito, todas las voces suenan a clacson y ruido de motores. Voces roncas que derraman accidentes en los semáforos. La gente durante el día baila como zombis acribillados por el sol. Yo juego a las escondidas. He decidido permanecer en este encierro voluntario y tengo una explicación convincente.

Por las tardes camino a solas como por una cuerda floja y pienso que si alguien caminara a la par mía lo haría en el vacío. Es un hilo sereno que me lleva de casa al trabajo y viceversa, no hay lugar para los atajos ni para las distracciones. Todos los días el mismo cable sujeto de una punta por mis lagañas y por la otra por mi espíritu carcomido por el trabajo. Por eso la ciudad está llena de cables. Lo he notado ésta tarde. Es un tendedero de penas que se entrecruzan pero que no se saludan.

A veces salgo a dar un paseo y cuando vuelvo, el camino a casa está desvanecido. ¿O es la casa? Hay muchos manuscritos que me saludan y les hago un sutil pestañeo para que me sigan. No tienen ganas hoy. Están muy ocupados. Hay mucho de mi pasado escrito a grafito. Por ser biografía puede borrarse con cualquier goma si yo así lo deseo. Compro una botella de vodka para cenar. Esta noche intentaré dormir temprano.

Camino sobre el asfalto desde que me prohíben subir a los edificios; quizá tienen miedo que intente escapar de ellos. No se puede brindar deseándoles salud a los azulejos. No se puede fumar otra cosa que los suspiros de los automóviles y respiro CO2 como quien canta sueños a las muchachas. No se puede. No sé. No.

El trago está servido y aprovecho a conversar conmigo: no sé por qué, pero hoy derramé una lágrima y canté una canción. Hoy no hice otra cosa más que protestar en silencio y maldecir a quien no me escuchará nunca porque simplemente no existe. Blasfemando nuevamente. No, sólo reafirmándome. ¡Salud!

Y en cada paso y cada sombra, cae de lo más normal la noche; esa, que con sus enconadas estrellas, me hace huir en un profundo sueño que jamás he podido recordar, Ella –de quien no diré su nombre- se aparece y me vuelve a sonreír. Yo le ignoro, siempre hace lo mismo cuando necesita algo de mí. Ya se lo he dado todo, ¿por qué me sigue buscando? ¿Qué más quiere? Hace una señal para que guarde silencio y me arrulla. El miedo a seguirla queriendo me empuja hacia fuera de casa. Necesito volver a mí. Es nuevamente de madrugada.

Camino por las mismas calles desde hace dos años, esta vez he cruzado hacia la izquierda, de reojo consigo ver el mismo puesto de reparación de llantas sin un solo cliente. Al otro lado el bar “El Vellocino de Oro” con su conejito de revista para adultos. La fundación de la dama rica para niños pobres. El puesto de pan dulce y el hotel con nombre de país suramericano. Todo en su lugar. Todo como si transitara sobre una fotografía que bien podría borrarse con cualquier escupitajo con sabor a resaca.

Anteriormente viajaba todos los días desde otra ciudad a esta. Recuerdo aquella ruta de autobuses con sus binomios y sus ceros. Clase “A”, asientos reclinables, televisión a color, aire acondicionado, asientos ergonómicos. Ventanas rotas. Música de cualquier grupo mexicano de chupadero de mala muerte. “SOLO DIOS SABE SI VOLVERÉ” intentaba presagiarme la etiqueta del retrovisor. La comodidad dependía de llevar dos monedas más en los bolsillos, de negar al viejo de la mandolina cantando canciones a dios y a sus miserias, o de la vieja con el niño de múltiples operaciones; de eso depende llegar cinco minutos antes al trabajo o a la casa, de eso depende decidir mudarse a esta ciudad para evitar los autobuses y torear a la muerte.

El viaje siempre requería un buen libro de compañía el cual nunca se podía leer debido a una hora de ofertas de plátanos, yuca, chicharra, agua, gaseosa y jugos; dulces, maní y chicles; drogadictos y alcohólicos arrepentidos con sus biblias sudadas. Remedios para la tos, hongos, parásitos, estrés y contra la crisis; bocinas, tráfico, humo.

Transitar somnoliento todo el camino y despertar a dos cuadras de la parada elegida con aliento a mierda y a combustible. El trabajo esperando devorarme y yo esperando la tarde para huir de el.

Llegaba a esa pequeña ciudad nuevamente. Mi refugio para calmar mi silencio. Queriendo ser gregario. Viejas caras, nuevas condiciones. Cuando me mudé a la caótica capital no había aquí ni un solo recuerdo, ni una sola palabra. Como si todo hubiera existido sólo en mi cabeza. Así fue siempre, así tenía que ser el final. Y aun en aquella ciudad morena de mugres y muchachas tímidas buscaba su rostro, sus manos que aún estaban para sanarme, sus brazos que en medio del coito querían apresarme. Y me cuestionaba diariamente: “SOLODIOSSABE SIVOLVERÉ”.

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