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martes , 12 diciembre 2017
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El niño en Masferrer

El niño en Masferrer

Álvaro Darío Lara

Escritor/Poeta

Colaborador de Trazos Culturales

Unas de las páginas más conmovedoras escritas por don Alberto Masferrer, view en su abundante y valiosa obra, sale están dedicadas a la situación de la niñez salvadoreña. Una niñez, aun más desprotegida en la época que el escritor nacional vivió.

Sin embargo, pese a notables avances en la creación de un marco de derechos, éstos todavía se encuentran lejanos en su real aplicación.  Es lamentable cómo la explotación infantil crece cada día, complejizándose, invadiendo peligrosamente terrenos inimaginables.

Los niños forzados a trabajar en las peores condiciones; víctimas de redes de prostitución; incorporados por su propia voluntad o por la fuerza, a organizaciones criminales como las pandillas, constituyen el rostro sufriente de la Patria.

¿Cuál es la causa de todo este descalabro? Ya desde los albores del pasado siglo, Masferrer, nos lo señalaba sabiamente. El niño desprotegido, el  niño que  viene al mundo, no por un ferviente deseo familiar, sino por accidente, por un impulso momentáneo e irresponsable entre dos seres, ¿qué futuro le espera? En la gran mayoría de los casos, crece sin ser querido, por un padre y por una madre; si sobrevive lo hará abandonado a su propia suerte o en manos de terceros: una abuela, una tía, un hermano mayor, una madrina, o cualquiera que lo tomé más como una carga inevitable, que como una verdadero embrión de grandes promesas.

Así, huérfano de toda orientación, de todo afecto, el terreno es propicio para los más peligrosos caminos.

En muy buena medida, la causa fundamental de la criminalidad que permea a los niños y a los jóvenes, seduciéndolos hacia los sórdidos mundos de la violencia, la identificamos en la desintegración familiar, fruto de los débiles vínculos que unen -por coyuntura- a las parejas, y no por sólidos sentimientos y valores; y desde luego, en la migración, mediante la cual, si bien se palean necesidades materiales de los menores, se anula lo más importante: la insustituible posibilidad de crecer, recibiendo el amor y atención de los progenitores.

Por todo ello, Masferrer nos dice en su texto definitivo del Mínimum Vital: “No se ha visto que un niño nazca de una piedra ni de un árbol. Un niño nace siempre de un hombre y de una mujer. Ese hombre y esa mujer son sus padres, y él es su hijo. Así el niño a quien diste el ser, es tu hijo, y ningún poder humano ni divino pueden evitar que lo sea. Si te imaginas que porque el alcalde o el sacerdote no lo han declarado, aquel niño no es hijo tuyo, cometes un crimen que expiarás a costa de grandes dolores. Pesada carga es, en verdad, la que te guarda, abandonando a un niño. Sus vicios, sus crímenes, sus penas, todas sus desdichas serán obra tuya y caerán sobre tu cabeza. Así, pues, no seas un insensato, y cuida de tu hijo. Torpe, desgracia e inicua ley es la que establece distinciones entre los hijos. No ley ni justicia, sino semillero de prostituciones”.

El haber nacido fuera de una relación “legal”, y ser considerado como “hijo natural”, según las leyes de la época, marcó a Masferrer desde siempre. Pese al reconocimiento que de él hizo su padre posteriormente, esto no pudo borrar las heridas que recibió en sus primeros años, a causa de ser señalado como “hijo natural o ilegítimo”, según las ordenanzas legales y costumbres de aquel tiempo. Esto explica su firme y constante denuncia al respecto. Veamos un apartado, tomado de su obra, “El libro de la vida”: “No hay niños ilegítimos, no los hubo nunca, no los habrá jamás. Sin duda que hay uniones ilegítimas: todas aquéllas que determinaron el orgullo, la vanidad, la ambición, la sensualidad, el dinero…”.

Cierto día, conversando con un conocido -a quien hasta ese momento había considerado un hombre de honor- éste se refería a su familia, a su única hija, como su máximo orgullo. Preguntado por un servidor, si sólo ella constituía su descendencia –sobre todo en un ambiente cultural donde las familias tienden a ser numerosas- , el susodicho en un arranque más de machismo, que de confianza, me reveló, que fruto de sus correrías de juventud, había tenido un hijo con una compañera de bachillerato. Pero que “no había tenido problema”, ya que otro compañero de ambos, enamorado profundamente de la muchacha, se había casado con ella y hecho cargo del niño. Con amplia sonrisa terminaba diciéndome: “entonces yo le dije, que si quería que se llevara a los dos”.

Estos comportamientos y actitudes son muy comunes en nuestro ambiente. Se traen los hijos como cualquier cosa. Incluso hogares donde ya hay tres bocas que escasamente logran ser alimentadas, encargan nuevos críos año con año, sea por completa irresponsabilidad, sea por la manipulación religiosa de distinta índole, sea por lo que sea, el caso es que si se es el quinto, sexto u onceavo hijo, ¿qué posibilidades reales se tiene de ser atendido convenientemente?, ¿de ser valorado como tal, en su propia individualidad, en sus propias necesidades?

Hace falta en verdad una plena conciencia, una verdadera cultura, generada por el sistema educativo y por los distintos agentes estatales involucrados, de la necesidad de planificar los hijos que pueden ser formados por cada núcleo familiar.

El separar placer genital de sexualidad y de procreación es un imperioso deber de todos los salvadoreños. Son tres conceptos muy diferentes, lamentablemente confundidos en nuestra mentalidad y proceder.

Mientras hombres y mujeres continúen trayendo niños -irresponsablemente- a esta tierra, sin pensar mínimamente en las graves implicaciones de ello, serán más y más salvadorcitos los que vendrán a un mundo que nada de bueno podrá depararles.

Urge que reflexionemos, más allá de falsos moralismos en esta realidad. Sólo así podremos volver tangibles las brillantes palabras de don Alberto, con las cuales finalizamos: “La vida moderna, la concepción de la vida buena y alta de hoy, ya no se satisface con aquella limosna de la misericordia, sino que exige el don perenne y abundoso de la justicia. Así, en vez de aquella voz que dijo: `dejad que los niños vengan a mí`, tenemos nosotros que clamar con tono severo y exigente: ´dejad, vosotros, egoísmos e ignorancias de todo género: religiosos, familiares, sociales, morales y jurídicos, dejad que vayamos a los niños, y les demos la primacía y reconozcamos que el derecho, el supremo derecho, la legitimidad total y perenne son suyos, y que nosotros estamos aquí para acatarles y servirles”.

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