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Una charla con Roque

René Martínez Pineda
Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

Disfrazando las torcidas objeciones como reaccionarias preguntas de convento; disfrazando de erudición la ignorancia galopante, me reclaman los cronistas y locutores de graciosos peinados y desterradas nalgas; las ratas de biblioteca sodomizadas por las antenitas de la cucaracha incipiente y gris que nunca emigra de la gaveta del escritorio que no sabe lo que es un escrito fiel y memorable, deambulan por los pasillos y hoteles enrarecidos los templarios de la derecha, unos más patéticos que otros. Resaltan como errores de ortografía, en ese mar muerto de la vileza, los nuevos doctores del arsénico que tienen la formación de un niño de primaria; resaltan los poetas y poetitos que lloran a moco tendido porque la metafísica de la verga (¡uuuuyy! que palabra tan fea y rústica: “metafísica”) es más firme y omnipresente que la física teórica del lirismo utópico que sueña con pajaritos sin dispositivo intrauterino.

Disfrazando las torcidas objeciones como razonables dudas irracionales, con una pose de indignación neonazi, me preguntan a quemarropa: ¿qué he hecho de la sociología purísima sin clases sociales ni turbas harapientas sin historia, ni ideología, ni dignidad? ¿Qué he hecho de la teoría social limpia y con el himen intacto? ¿Qué he hecho de la Bella Durmiente de la gobernabilidad teórica que impide que se organicen insurrecciones en la vecindad de los paradigmas? ¿Qué de los buenos modales al comer en la mesa atroz de la epistemología cuantitativa y qué de las palabras buenas y sin sentimientos personales que llaman adversario al rancio enemigo de clase y le dicen “globalización” al capitalismo? ¿Qué del lagrimeo baladí de los materialistas mecánicos y el ronroneo traicionero de los gatos castos y canosos que merodean por la oficina del cura para tomar posesión de ella? ¿Qué de la sociología virginal que recita “mi madre es una rosa, mi padre es un clavel”? ¿Qué de la Cenicienta que pregona la armonía de la estratificación social y el necesario orden y progreso sin salirse del huacal del capitalismo? ¿Dónde putas metemos a los fósiles de la lucha de clases como vos?

Pero, a palabras necias, oídos que se los lleva la corriente de la posmodernidad. Y entonces recuerdo que el silencio es el mayor escándalo para refutar objeciones travestidas como observaciones que no observan más allá del párpado mohoso de la ignominia. Y no digo nada. No digo nada porque en boca cerrada no entran gendarmes, y porque, aunque guarde silencio, los aprendices de poeta y los sociólogos infectados de sangre revolucionaria estamos en el lugar que debemos estar; estamos en el lugar en que, sin obligarnos, nos obliga a estar la memoria colectiva para que podamos reconstruir la consigna de calle y la parábola de la sociología que se comió al lobo feroz antes de seducir a la Caperucita en las ardientes camas de la crítica epistemológica y de la poesía fornicaria. A mí me dan lástima, lástima pura, los sociólogos de hotel y los poetas de la farándula tercermundista que se empeñan en sacarse los ojos aunque no críen cuervos, y en untar de lírica mierda las flores de la insurrección de los sentidos populares –qué palabra tan pegajosa y amarga esa otra: lírica-; se empeñan en hacer mullida la espinosa joroba de la sociología positivista y en hacer celestial la poesía bulímica del soneto sin parapeto ni respeto; en anestesiar el dolor galopante que, como artritis lumbar, se monta, firme y crónica, en los hombros de los trabajadores eternos desde que fuimos condenados a ganarnos el pan con el sudor del alma en el infierno de las fábricas; desde la primera palabra articulada como poema desesperado por la primera hojarasca de la sobreproducción; desde que la risa se olvidó del hombre por estar sometida por el hambre.

Aunque nos pongan objeciones purulentas los personajes del octavo círculo del infierno, no podemos evitar estar en el lugar que la madrugada nos pide estar para hacer de la poesía y la sociología palabras tremendamente humanas y hermosas. Los poetas y sociólogos y pintores de una revolución inconclusa deben purificarse en el insomnio paleolítico del suicidio para no fomentar la pesadilla verde de la tristeza. Edificar teorías críticas, vecindades sólidas, metáforas inobjetables y galaxias con leche sobre la piel vulgar de una guarida de puto-perros; arrancarnos la ropa para dejar en libertad el tallo vital de las ciencias sociales y la literatura que sabe a esperanza porque no se olvida del pueblo.

Después del poema de amor (es una herejía ponerme cerca) estamos en el lugar donde se gestan, de forma unánime, revoluciones triunfantes a pesar de ser historias frustradas o a pesar de la lírica baladí y la sociología pusilánime de los posmodernistas que, en silencio y a solas, ruegan por el fin de la historia y la ideología. ¿En qué cabeza cabe seducir al asexuado cielo cuando en la tierra repta el hambre y el corazón del pueblo apenas late en el tupido miasma de políticos ofidios, de tiranos genocidas y supuraciones vitales de los cadáveres sin tumba y sin polvo de estrellas? Pero los roqueros sabemos cómo duelen las camisas sin botones; sabemos cómo ladran las boletas de empeño por la noche; sabemos cómo duelen los bostezos del hambre en las esquinas del desempleado; sabemos cómo duelen los dientes que olvidaron masticar pan recién horneado; sabemos cómo duelen los ojos del niño sin juguete nuevo; sabemos cómo duele tragar negras maquilas como pozos sin fondo; sabemos cómo duele el sexo en la primera noche de burdel; sabemos cómo duelen las rodillas en la madrugada de los vendedores ambulantes; sabemos cómo duelen los bramidos del tren sin rieles ni obreros; sabemos cómo duelen las calles con represiones impunes; sabemos cómo enferman las ciudades las estatuas de los victimarios antiguos.

Estar en el sitio breve que el hombre habita sin poseerlo, pues la teoría del rebalse es una broma tétrica de los economistas burgueses. Conquistar el sitio largo en el que masacraron a un hermano; en el espacio en el que los hombres llueven sobre las balas porque es el turno del ofendido, porque es la hora de la sociología con un poco de tedio, la hora de la poesía de los locos insomnes que son intolerantes con las objeciones que buscan instaurar la injusticia. Antes que sociólogos o poetas somos pueblo. Que no se nos olvide ese pequeño detalle a la hora de escribir en la ceniza madrugadora que devela cuál es el fetiche de mis fetiches.

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