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UN EXTRAÑO HABITANTE EN EL PAÍS QUE EDIFICÓ UN CASTILLO DE HADAS (*)

CLARABOYA

 

Álvaro Darío Lara

Padre Mario Cornejo Mena S.J.

Dr. Luis Alvarenga, Escritor, Catedrático del Departamento de Filosofía y donante

Sra. Cecilia Salaverría, viuda de Menéndez Leal.

Comunidad universitaria en general

Estimados amigos que nos acompañan:

Al escribir estas líneas no puedo menos que pensar en el rostro serio de Álvaro Menéndez Leal (1931-2000), cuando me solicitó que una vez editara una larga entrevista que le efectué para la Revista Cultura, del entonces Consejo para la Cultura y las Artes. CONCULTURA, se la entregara para revisarla, quería estar a completa satisfacción del conjunto de preguntas y respuestas.

Yo afirmé, malo como siempre he sido, que sí, así como él respondía en ocasiones a mis cuestionamientos literarios y vitales. Y por supuesto, nunca la vio, hasta que estuvo publicada en el N° 84 de la mencionada revista, correspondiente a enero-abril de 1999.

La razón era clara: sabiendo cómo era Álvaro de quisquilloso, jamás hubiera estado conforme, y había un tiempo para entregar el trabajo a sus editores.

Cuando se la llevé sonrió, la leyó de un tirón, y luego me dijo: “eres malo”, corroborando lo que acabo de confesarles.

Conocí a Alvaro mediante mi buen amigo, Luis Alvarenga, un soleado sábado de mediados de los años noventa, en su casa de Planes de Renderos, situada al final de una larguísima y empinada cuesta a la cual bajamos con todos nuestros jóvenes y sanos pulmones Luis y yo. Esa cuesta sería para siempre bautizada por mi maldad, como “la cuesta de los monos”, que tanta risa provocaba a Álvaro.

Álvaro, telefónicamente, me había comentado, con antelación, que el día que llegara me presentaría a una “muchacha”, que vivía con él.

El día que halamos de aquella campana frente a su puerta, que Álvaro aseguraba era la misma que Roque Dalton halaba en el famoso departamento-estudio de Álvaro en el sexto piso del Edificio Central de San Salvador, el escritor abrió entusiasta.

Luis sonreía, cómplice, ya que había tenido en el pasado reciente ese afectivo honor con la muchacha. La muchacha lo acompañaba y Álvaro la contenía abrazándola amorosamente.

Pues bien, dijo a la muchacha: “Muchacha, este es Álvaro”. Y de inmediato me dijo: “Álvaro, esta es mi muchacha”. La muchacha ladró, mostrando su excelente y blanca dentadura y su larga lengua rosada, que luego no podía quitarme de la cara.

Así era Álvaro, y su preciosa perra dálmata, a quien quería tanto.

Posteriormente conocí a Cecilia, su esposa, con quien formaba una hermosa pareja, y de quien tengo tantos y entrañables recuerdos.

Álvaro Menéndez Leal irrumpió en la vida cultural y literaria salvadoreña, formalmente, con la generación del 50, que aglutinó entre otros a: Waldo Chávez Velasco (1932-2005), Irma Lanzas (1933-2020), Ricardo Bogrand (1930-2012), Eugenio Martínez Orantes (1932-2005), Orlando Fresedo (1932-1965), Ítalo López Vallecillos (1932-1986), Mercedes Durand (1933-1999) y Mauricio de la Selva (1930).

Álvaro estaba orgulloso de su pertenencia a esta hornada de jóvenes literatos.

Años después del surgimiento de esta promoción, el ensayista y editor Ítalo López Vallecillos nombró a esta generación del 50 y a la generación del 56, donde aparecen poetas como Roque Dalton (1935-1975), Roberto Armijo (1937-1997), José Roberto Cea (1939), Tirso Canales (1930-2022) Manlio Argueta (1935) y Alfonso Quijada Urías (1940), como la generación comprometida, haciendo un embutido que ni a Álvaro ni a un servidor nos pareció nunca muy justo. Álvaro decía medio en broma, medio en serio: “la generación espontánea”.

Pero sí, estaba muy orgulloso de su generación del 50, desde luego, subrayando la sólida formación y trabajo académico, que la mayoría había realizado en el extranjero, y sobre todo la producción de una obra seria y valiosa, según sostenía.

Afirmaba que los escritores y artistas autodidactas se habían acabado, y que era indispensable la formación universitaria. Yo sonreía, porque Álvaro era un actor nato, y difícil era distinguir a veces, cuando hablaba en serio y cuando actuaba. Tenía un humor exquisito y agudo, y a cada rato, si estábamos descuidados nos tomaba el pelo, y luego sonreía pícaramente.

Como la vez que mostrándonos su jardín, muy orgulloso, nos iba nombrando cada planta y flor con absoluta autoridad de botánico. De pronto con voz alarmada nos dijo, al momento que Luis acariciaba la hoja de un exuberante y muy verde arbusto: “no lo toquen, es una planta carnívora”. Luis y yo, palidecimos, al momento que Álvaro soltaba la carcajada. Nos había engañado de nuevo.

Álvaro, junto a su amigo y colega, el poeta Roque Dalton (con quien nunca dejó de soñar, como nos dijo en una ocasión, visiblemente conmovido), marcan con toda certeza la ruptura literaria de los años cincuenta en el país.

Dalton en la poesía, y Álvaro con la extraordinaria renovación del cuento y de la dramaturgia. Cultos, viajados, y talentosísimos, como fueron, su obra es, en ese sentido, de gran calidad formal, poseedora de un dominio técnico y una profundidad que desafía al tiempo, tornándose en un clásico referente de nuestra literatura nacional.

Muy jóvenes Luis, yo, y el amigo y fotógrafo Julio Ávalos, a quien acercamos al grupo de “los muchachos”, como Álvaro nos llamaba, nos dábamos cita frecuentemente en su casa, disfrutando de agradables e interminables tertulias, que con el tiempo produjeron varias entrevistas y registros fotográficos hasta el día de su partida.

Recuerdo que en una de esas entrevistas que hice con él, publicada en el suplemento cultural “Astrolabio”, el 14 de septiembre de 1996, de Diario El Mundo, preguntado sobre Salarrué, me dijo, copio textual la interrogante y un fragmento de la respuesta: “-Álvaro, en relación a algunos escritores salvadoreños usted ha tenido –diríamos- un tratamiento polémico con ellos. Concretamente en el caso de Salarrué ¿Por qué no Salarrué, para Álvaro Menen Deseleal?  – No, como cuentista, sí. Salarrué es definitivamente el gran padre del cuento salvadoreño, como yo soy el gran hijo del gran padre del cuento salvadoreño. Ese es el tipo de pensamiento que yo tengo del vínculo mío con Salarrué. Lo que sucede es que Salarrué era un hombre de una gran inocencia académica. Un hombre de primero o segundo grado de primaria, nada más, lo cual me parece a mí una irresponsabilidad total. No tiene sentido ni siquiera pintar o hacer poesía si no se pasa por la Universidad. Es una irresponsabilidad de los intelectuales que creen que espontáneamente…Odio la palabra autodidacta”.

Naturalmente en esto hay mucha historia y discusión, ya que a la base de estos juicios se encontraba un desencuentro de Menéndez Leal con Salarrué, a raíz de un premio literario, que Álvaro siempre impugnó. Pero también una apreciación muy sostenida del escritor sobre lo que consideraba una falla en la técnica del uso de las voces costumbristas de los personajes de Salarrué y lo que él señalaba como su imposible traducción a otros idiomas que lo limitó enormemente.

Traigo a la memoria cómo esta posición hacía también sonreír a un gran estudioso y devoto de Salarrué, nuestro querido amigo, ausente ya, Dr. Luis Melgar Brizuela (1943-2023). Además, gran amigo de Álvaro, a quien éste confió la presentación de la primera edición en el país, de su formidable libro de cuentos: “La Ilustre familia androide”, que CONCULTURA, publicó mediante la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), en la colección de la Biblioteca Básica de la Literatura Salvadoreña en 1997.

Con estas anécdotas, amigos míos, he querido más bien ilustrar y trasladarles un fugaz perfil de nuestro admirado escritor. Y demostrar tres aspectos: En primer lugar, Menéndez Leal como hombre preocupado por la profesionalización del carácter del escritor que, en su caso, se asumía plenamente:  salvadoreño, centroamericano, latinoamericano y universal.

Fue muy característico de esa generación de escritores posteriores a la segunda guerra mundial, la generación de los años 50, aquí, en Centroamérica, en México, en España, en Europa, replantearse a la luz de las nuevos contextos filosóficos, culturales y políticos, los temas, formatos y técnicas literarias con los cuales pretendían producir su obra.

En segundo lugar, el aporte fundamental de Menéndez Leal, fue decisivo en el cuento y el drama. Quebró el modelo costumbrista, vernáculo, romántico, aún prevaleciente, e introdujo, motivos, temáticas y preocupaciones universales.

Sus cuentos fantásticos, borgeanos, orientales, de ciencia ficción, futuristas, salidos del absurdo, del existencialismo, de su rechazo a la guerra y a la divinización del sueño tecnológico, son de antología. Como la hondura dramática de la recordada “Luz negra”, “La bicicleta al pie de la muralla” y otras piezas.

Y, en tercer lugar, Álvaro encarnó esa ansia de universalidad, propia, insisto de su generación; en su caso llena de desafío, irreverencia, provocación e ironía. Quiso ser leído no sólo aquí, sino traducido en África, Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Dinamarca, Francia, y otras latitudes, y la gran estatura de su obra lo volvió posible.

Después de él, ejemplo notable de disciplina y exigencia con el oficio de escribir, lo autores nacionales, como recomendaba también otro terrible de las letras, el poeta y lingüista Pedro Geoffroy Rivas (1908-1979), no sólo deben ejercitarse escribiendo mucho, sino rompiendo mucho antes de atreverse a publicar, ya que no es cualquier cosa la que se debe dar a la imprenta ya sea física o digital.

Álvaro era implacable en esto, nos decía: “Aquí, novelistas de una novela; ensayistas de un ensayo; poetas, de dos poemas…”. “Es como el humor nacional –proseguía-: vulgar, chocarrero, grosero, centrado en las imperfecciones físicas de los demás, nada elaborado, inteligente, sutil; y nuestra forma de hablar que mezcla fatalmente el ‘tú’ con el ‘vos’, algo verdaderamente horrible, espantoso”. Nosotros no podíamos disimular la risa. Álvaro nos regañaba: “No, no se rían, que esto es muy serio”.  Un personaje Álvaro, en verdad, parafraseando títulos de sus cuentos: “Un extraño Habitante en el País que edificó un Castillo de Hadas”.

En otro sentido quiero mencionar y recomendar la compilación de muy buena parte de la obra narrativa de nuestro autor, efectuada por el mismo escritor junto al ya fallecido editor y periodista Rafael Menjívar Ochoa (1959-2011), para la Dirección de Publicaciones e Impresos de la entonces Secretaría de Cultura, en 2010, titulada: “Cuentos (in) completos y maravillosos”.  Los lectores interesados podrán acceder con mayor facilidad a un estupendo y actualizado volumen antológico de Menéndez Leal.

Agradezco a la UCA, al donante Dr. Luis Alvarenga, a su esposa Cecilia Salaverría viuda de Menéndez Leal y a todos ustedes, su proverbial atención y amor por la obra de nuestro Álvaro.

Y deseo finalizar citando un poema del genial dramaturgo, tomado de su “Luz Negra”, que me parece oportuno en el mundo nacional y universal de esta dolorosa época.

 

Lee Móter al Ciego en un parlamento de la obra aludida:

 

“Aquí, en cualquier parte, dondequiera;

no importa el Tiempo, si hoy es o si fue ayer,

ni el medio, ni los modos;

ni si la raza es blanca o negra,

si son bantúes o britanos los hombres,

porque ellos tampoco importan.

 

Yo sólo digo que importa que los pájaros vuelen

digo que importa que los niños mantengan su alegría abierta

digo que importa que las niñas jueguen rondas

digo que importa que abunden las muñecas

y que son más importantes los soldaditos de plomo

que los soldados de verdad

y más que las campanas en las iglesias y en las escuelas

Digo que la hoja de papel barato en que el novio

escribe sus simples frase de amor

a la muchacha provinciana, es más importante

que los manifiestos y declaraciones

políticas

Que la foto amarillenta en que la madre

guarda la imagen del hijo que no volvió

de la guerra, es más importante que la foto

del funcionario que la foto de la esposa del funcionario

que la foto del perro y la casa con criados del funcionario…”

 

 

(*) Ponencia sobre la vida y obra del escritor salvadoreño Álvaro Menéndez Leal, con motivo de la Firma de contrato de donación de documentos del autor a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), en la sección de Acervos Históricos del CRAI. Antiguo Cuscatlán, 25 de marzo de 2026.

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