La sobre-determinación estética del Mundo según Salarrué
Rafael Lara-Martínez
Professor Emeritus, New Mexico Tech
Desde Comala siempre…
El homenaje que la «Revista Cultura» (1956) le ofrece al maestro Francisco Gavidia no olvida su arraigo estatal del maestro desde 1933, fecha en la cual 1932 no representa «el 32» actual. Más que los «hechos objetivos» se acentúa la memoria histórica subjetiva del presente, al seleccionar archivos. Según Ludwig Wittgenstein (305-306), el castellano/español ofrecería un ejemplo singular del re-Cuerdo al hablar del martinato.[1] Insiste en el «proceso interno…a la imagen del proceso psíquico…que se produce en mí» al hablar de experiencias ajenas: del dolor (1932 sin el 32) y de la alegría del éxito merecido («Gavidia, salvadoreño meritísimo», «La República», 13 de octubre de 1933). El regocijo continúa al inicio del tercer mandato cuando «el poder ejecutivo» decide que «Teatro Nacional Francisco Gavidia se llamará el de San Miguel» y también su «Coronación» («La República», 18 y 27 de marzo de 1939).[2] El ensayo «Francisco Gavidia, el poeta coronado» de Julio Enrique Ávila honra la trayectoria del maestro, en la misma revista. Durante el tercer período del martinato —1932-1933-1939— el enlace oficial lo continúa el «Homenaje tributado al maestro Francisco Gavidia», «por los Diplomáticos Americanos residentes en El Salvador Centro América» durante el cual «la Banda de los Supremos Poderes» lo recibe de nuevo (San Salvador: Publicaciones del Ministerio de Instrucción Pública, 1942).
El libro paradigmático de Salarrué —sobre la subjetividad en el incansable juego de palabras se intitula— «Íngrimo (Humorada juvenil). Ideario y diario de un adolescente suicida», En: «Obras escogidas», San Salvador: Editorial Universitaria de El Salvador, 1970: 453-533. El narrador no sólo estudia una «lengua viva» —»el amaranto» (465)— también descifra otra oculta en «la virginidad de la selva», «la cajutla» (478) y otras cuentas más que derivan del «revoltijo» de «las malas lenguas» porque «los turcos construyeron la Torre de Babel» (487-488). De contrario, «todos hablaríamos español». Asegura que «interpretar» el libro sagrado «El Tabú» implica «crearlo a imagen y semejanza de uno mismo» (480). Por ello, «decía…palabras y frases de doble y hasta de triple sentido», para expresar «la sin-razón de la razón» (466) y «la verdad de la paradoja»: «la paradoja es la única verdad» (507). En cuanto a la lengua, a temprana edad, el narrador sabe que su doble sentido —gustativo y lingüístico— evalúa todo lenguaje humano por los sonidos y por las letras, en su (con)tacto. La letra y el sonido definen el cimiento de la significación, siempre abstracta, tal cual el «mango que te quiero mango». El «lenguaje alimenticio» sabe que la inteligencia y el gusto —»el saber y el sabor»— se engarzan en el mismo contenido lingüístico (487). Por esa raíz común, el narrador propone que «se puede saber el significado de una palabra por el sonido de la misma…sin necesidad de analizarla», tal cual sucede con los «grandes escritores o músicos» (483). No hay que leer ni escuchar su obra, ya que «sus nombres» bastan para saber quiénes son. «El sonsonete de la rima» vale «más que una opinión fundada» (482).
Aunque se califiquen por su sinsentido juvenil, estos postulados los ratifica la conferencia durante el «Homenaje a Francisco Gavidia» (1965).
Le agradezco a Ricardo Aguilar entregarme este «Manuscrito», durante su última visita desde «la escalera que desciende del Cielo».

[1]. Ludwig Wittgenstein, «Recherches Philosophiques»(1953). Paris: Éditions Gallimard, 2004: 305-306.
[2]. Toda coincidencia entre la «coronación» de Gavidia y el inicio del tercer período del Martinato siempre se interpreta como aleatoria.
Diario Co Latino 134 años comprometido con usted
Debe estar conectado para enviar un comentario.