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Las fauces del mar

 

Amndré Rentería Meza

Escritor

Aquel hombre salió del agua abriéndose paso entre las espumosas olas. Durante toda la mañana había estado nadando, health tomando el sol y escuchando la danza de la marea con los ojos cerrados. Su tiempo transcurrió sumergido en un envidiable ocio que tuvo que interrumpir porque tenía mucho apetito.

Caminó desde la orilla y se sentó en una mesa de madera que estaba al cobijo de un humilde rancho hecho de palmas. Sustrajo el almuerzo de una bolsa y dispuso a comer. El plato estaba bien provisto y sabía delicioso.

Unos perros llegaron atraídos por el olor del jugoso filete de carne que tenía en la mesa. El hombre estaba sorprendido, sildenafil desconocía cuál era el hoyo de dónde habían salido. Eran tres animales: uno tenía el pelaje atigrado, medicine el otro era negro y el más pequeño tenía color canela. Se metieron bajo el rancho, rodearon la mesa y miraron al comensal con el hocico abierto.

Al principio al hombre le causó risa, le parecieron graciosas sus miradas de conmiseración esperando que al menos les diera una migaja. Tenía mucha hambre, no los iba a convidar de ninguna manera. Los ignoró, escondió los pies en la arena, clavó los ojos en la falda azul del mar y le metió diente a la carne. Los animales no se fueron.

Molesto les hizo un amague para que se movieran, pero ellos mantenían su posición. Repitió el movimiento y solo uno mordió el anzuelo. El perro de pelaje atigrado fue en busca de la porción que nunca les habían lanzado. Después de olfatear en la superficie de arena regresó y se sentó. El hombre miró el plato de comida, la carne realmente se veía deliciosa.

El perro negro le tocó la cadera con las patas. ¡Vaya, chucho!, le gritó. El animal no se intimidó y repitió el movimiento aún más decidido. El hombre ya no volvió a espantarlo, al contrario, se metió un bocado de carne a la boca y mientras lo masticaba el sabroso jugo le invadía las muelas. El perro negro ladró, el hombre sintió como la piel se le erizaba completamente y le respondió con un gruñido.

El perro más chico, el de color canela, saltó encima de la mesa e intentó meter el hocico al plato, pero el hombre le enseñó los dientes y le ladró involuntariamente. Los animales tomaron posición de ataque. Eran tres contra uno, el hombre supo que debía defenderse, custodiar su plato.

El perro con pelaje atigrado se abalanzó sobre él hombre, pero este le dio una mordida en el cuello y chilló. El perro de color canela quiso aprovechar el descuido y se apresuró sobre la carne. El hombre dio un brinco con fuerza y lo neutralizó en el aire, ambos cayeron en cuatro patas sobre la arena. El perrito de color canela le mostró los colmillos al hombre, a quien el instinto lo estaba convirtiendo en fiera. Los otros dos lo rodearon.

No había vuelta atrás, el hombre ladró con fuerza y se lanzó decidido sobre el perro color canela. Al hacerlo, los otros dos salieron en su defensa. Los cuatro seres armaron un barullo, se mordieron y rasgaron la piel, derribaron todo a su alrededor, incluso el plato de comida cayó al suelo, en el revoltijo ninguno de los animales se percató que el filete lo habían enterrado bajo la arena.

Cuando terminó la pelea, el hombre se vio convertido en perro, como el resto de sus adversarios. Los cuatro estaban agitados, jadeantes y con el pelaje lleno de arena. El plato estaba en el suelo y sin carne. Los cuatro comenzaron a olfatear en el radio, pero era imposible, el rastro se había perdido.

Tristes, resignados y hambrientos los cuatro perros salieron del rancho en busca de comida y se fueron estampando sus huellas en la arena. En el camino encontraron a una mujer que se disponía a comer una lonja de pescado empanizada. Rodearon su mesa y se le quedaron viendo con el hocico abierto a esperar que les compartiera un poco, pero la mujer solo los miraba con una sonrisa.

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