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La bondad es un billete de ida y vuelta

LA BONDAD ES UN BILLETE DE IDA Y VUELTA

Por Wilfredo Arriola

El grado más alto de la bondad es el anonimato. Existe luego una delicada línea entre el espectáculo y la inversión. Desde luego hay algo de noble en la mirada de la persona que ejecuta con su consideración un acto en sincronía con su ética y moral, haciendo de esto, un episodio humanitario donde pasará a fundamentarse la pregunta ¿A quién ayuda primero, a quién le extiendo mi mano o me reivindico con mis errores? La bondad es un escaparate donde muchos lejos de mostrarse se ponen de manifiesto y otros desde el silencio logran seguir construyendo ese gran muro de la cooperación y la bondad que tanto hace falta.

La bondad, el exhibicionismo, el sacrificio no son temas por nada nuevos, Levinas escribió algo interesante a partir de este tema a tratar: “El comportamiento inmoral procura siempre borrar completamente (la mirada de la víctima) para no sentirse interpelado. Él mismo comenta en las memorias de exterminio nazi que sus carceleros no le miraban como se le mira a un ser humano y que la única mirada con la que se sintió reconocido como persona fue la mirada de un perro”.  La mirada sin lugar a duda proyecta o desprecio o empatía, a veces indiferencia que viene hacer peor que la primera. Lo que queda en quién practica la bondad es un ejercicio intimo consigo mismo, el dialogo interno no miente y es además, una buena almohada para las noches de reflexión a la vida. Los valores y las buenas practicas se construyen desde la infancia y el tiempo se va encargando de consolidar esas condiciones depurándolas para bien o deteriorándolas en su paso.

A su momento nos hemos sabido reconocer en diferentes miradas, en actos de bondad, en situaciones de camaradería con el necesitado y luego quedamos a solas con el impostor o con el artífice de aquel puente para construir poco a poco un cambio en la vida de alguien, que a su momento llegaremos a ocupar ese puesto, el de la necesidad; tanto afectiva, económica, o de salud. La vida nos va regalando diferentes escenarios, los papeles no siempre se desarrollan de la forma precisa, en muchas ocasiones lo hacemos de la forma más desinteresada y en ocasiones se cuida el precio de la supuesta dignidad. Se construyen muros de acto en acto, Italo Calvino mencionó a su momento: “Si levantas un muro, piensa en lo que dejas afuera”.

La bondad es un billete de ida y vuelta. Donde no siempre vale como fue originado, se transforma con la energía del dador. Muchas miradas no se olvidan, momentos tampoco, de necesidad, de angustia y esos actos se quedan para siempre. Guardamos momentos y también como nos hicieron sentir. Levinas se reconoció en un perro, fue su suerte o su desgracia, aunque reconocerse en los ojos de alguien o de algo ya es un premio a la vida. Tenemos guardado imágenes imborrables, miradas, gestos, a lo mejor estamos en las memoria también de algunos en su cofre de sentimientos encontrados. El anonimato seguirá siendo ese camino para seguir, lo demás quedará en exhibicionismo que la vida trasformará en lo que cada uno es a solas. Ese encuentro siempre predice alegría o tristeza, que la respuesta siempre sea la de sentirse un buen humano más que un buen adulador.

 

 

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