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El hombre en su vorágine

El portal de la Academia Salvadoreña de la Lengua

EL HOMBRE EN SU VORÁGINE.

Por: Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

A diferencia de otros seres, vivos o inanimados, – dice el vasco Fernando Savater – los hombres podemos inventar y elegir en parte nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno, es decir, conveniente para nosotros, frente a lo que nos parece malo o inconveniente. Y como podemos inventar y elegir, podemos equivocarnos, que es algo que a los castores, las abejas y las termitas no suele pasarles. De modo que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o arte de vivir si prefieres, es a lo que se llama ética”. De acuerdo con este actual filósofo, está en el hombre mismo buscar una vida que le satisfaga y que le permita una existencia plena, total. Pero es que no sólo Savater advierte lo anterior. Muchos lo hacen, repetidamente. Está en el hombre buscar su felicidad y su propia forma de vida. Es, en cierta manera, la libertad humana. Los otros seres, animados o no, no tienen opción alguna por esta libertad, y se sujetan necesariamente a los condicionantes del propio ambiente en que viven.

¿Porqué, entonces, el hombre no opta y vive en consecuencia con su propia naturaleza? ¿Porqué, y este es nuestro caso, preferimos siempre estar sujetos al dolor y al sufrimiento? ¿Porqué no acudimos a nuestra natural condición de seres libres, y aceptamos en cambio encadenarnos a las condicionantes que otros hombres como nosotros mismos nos imponen? Vuelvo a lo que ya más de alguna vez he dicho: Los salvadoreños no sabemos admirarnos por la vida, sino más bien vivimos presas de una oculta e inconsciente desesperación. Hemos perdido la capacidad de admiración, y quien no se admira es incapaz de reflexionar puesto que le falta el motivo. Como todos, según denunciaba Muelas Bermúdez, somos presa de un mundo que navega a la deriva y que amenaza con arrastrar al hombre en su vorágine, pues este, libre de su albedrío, se devana en trivialidades propias de un incipiente estado de sonambulismo. Eso, precisamente, es el estado del mundo, y del hombre en él; pero lo trágico es que en nosotros tal estado de sonambulismo se acrecienta cada vez más y toma proporciones que nos llevan a casi un estado de inanición y de inconciencia críticos. El salvadoreño, en su vorágine, se debate entre la carga y la angustia, y ello como producto de un sistema que le ahoga, vía los medios de propaganda y publicidad, en el consumismo devorador en que se encuentra. ¡Qué contradicción! Pudiendo, o más bien, debiendo, optar por lo bueno, por lo que nos conviene, optamos por lo malo, por lo que nos es inconveniente. La fuerza de la publicidad y de la propaganda no nos permite imitar o seguir, al menos, a los castores, a las abejas y a las termitas, y corremos como el avestruz, cerrando los ojos ante la realidad, una realidad que nos subsume. Esa es la paradoja del mundo actual, y la nuestra en particular.

Estamos, pues, en una civilización disfuncional. El filósofo coreano Byung-Chul Han retrata muy bien y detalladamente esta realidad. La llama la sociedad del cansancio, cuyas características son la autoexigencia, la auto explotación, el síndrome del quemado y la depresión, características que van llevando al hombre al derrumbamiento. Un mundo, dice, loco y absurdo, doloroso e inútil, agregaría yo, en la que el hombre no cubre sus verdaderas necesidades sino las que le generan la publicidad y el consumo. El hombre se autoexige para satisfacer a una empresa exigente; no hay tiempo para amar, pero prolifera la pornografía, y lo que Han llama “el enjambre digital” que aísla al individuo en el Internet y le roba el alma, hiperconectándolo e impidiéndole así su capacidad de silencio y de reflexión. Es la sociedad del me gusta, continúa Han, de la política de la complacencia, del caer bien a todos, de los likes, de la fugacidad de cada instante y de la ausencia de un ritmo que dé sentido a la vida.

Esta, pues, es la sociedad del cansancio, de los gimnasios, las torres de oficinas, los bancos, los aviones, los grandes centros comerciales, los laboratorios genéticos, que genera nuevas formas de violencia, violencia casi siempre invisible, viral, psíquica. El Internet y las redes sociales del enjambre digital produce individuos carentes de alma, aislados, y destruye el silencio, el ambiente para el pensamiento y la reflexión. Hoy vivimos, continúa Han, con el terror del diletantismo.

En concreto: El hombre vive una crisis vital, en la que confluyen los mensajes de la naturaleza y las acciones mismas de él. Esta crisis se agudiza en los últimos momentos con la pandemia del Covid 19, un muy fuerte invierno, huracanes y ventarrones….. Y en el subsuelo de ese barro deslizante, la pobreza cruel e inhumana en la que se debate la mayoría de la gente. Entorno fértil precisamente para provocar en el hombre la desesperación y llevarlo a esa sociedad del cansancio que muy bien detalla Han. Ahora, tras las nuevas ilusiones que a pesar de la crisis desata un nuevo año, el hombre habla de una nueva normalidad que, como he dicho, ni es nueva ni es normal. El consumo abre sus puertas, cada vez mayores, y el hombre corre tras las ofertas y las facilidades, el Internet y las redes sociales le hacen generar millones de likes, y todo ello le niega el salto hacia la fe, y con ello, el camino hacia la redención. Con todo, el fin es producir así hombres enfermos para general economías sanas.

Honremos la vida; pero no permaneciendo y transcurriendo, perdurando o existiendo. Como lo decía Eladia Blázques, honrar la vida no es lo mismo que vivir. Siempre, al final, es mejor aceptar la verdad desnuda que la mentira disfrazada de verdad.

Los mensajes de la naturaleza, y los errores del hombre mismo en su comportamiento, deberían ser suficientes para una reflexión esencial. Es, esto de la pandemia, una oportunidad para, precisamente, entrar en una nueva normalidad, que hiciera posible un alto en el camino para volver por la prudencia, requisito indispensable para lograr la armonía. Siempre hay tiempo. Decían los chinos ancestrales que siempre es bueno esperar, sentarse a la orilla de un río y más temprano que tarde ver pasar en sus aguas el peor enemigo, este que ahora, en nuestro caso, lleva el nombre de la sociedad del consumo, de la sociedad del cansancio, o lo que el Papa Francisco llamó en su Encíclica Laudato Sí, la cultura del descarte, la vida de la ‘rapidación’. Pero unamos a la paciencia, la acción y el pensamiento. Esa sería, realmente, una nueva normalidad.

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