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Dimensión sociológica del Monseñor Romero del pueblo (1)

@renemartinezpi
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El sábado 23 de mayo de 2015, sales Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez será beatificado por la Iglesia Católica (tres décadas después de que el continente entero haya hecho de él su San Romero de América con sólo apalabrarse con la memoria colectiva) y, doctor sociológicamente, nurse eso puede significar al menos dos futuros escenarios ideológicos: 1) que se consolide y socialice su recia doctrina socio-teológica de denuncia drástica de la injusticia capitalista y de buena nueva del paraíso del “otro El Salvador” posible, aquí en la tierra; o que se convierta en un fetiche inocuo más (en una estampita) o, peor aún, en una moda religiosa que no sea incómoda para la burguesía, ni para sus victimarios que fueron financiados y arropados por ella; victimarios que no han tenido la decencia de pedir público perdón por su asesinato, pero si tienen el cinismo de oficiar una misa de acción de gracias, en una iglesia católica, por el natalicio del que es considerado, por el Informe de la Comisión de la Verdad de la ONU, como el autor intelectual de su asesinato. Siendo así, la beatificación de Monseñor Romero no es un hecho trascendental y sin precedentes en el país –como lo manejan los grandes medios de comunicación-, más bien, el hecho trascendental y sin precedentes es que sus victimarios –y por tanto el martirio que justifica su beatificación, según el pueblo- siga en la impunidad. ¿Qué es más trascendental para el pueblo y para la historia: la beatificación o el asesinato impune del pastor de los pobres que hizo de la rebeldía su manera de amarnos? ¿Qué es más trascendental: el título protocolario o la doctrina teológica que se embarró la cara de pobreza y caminó descalza por los tugurios y los charrales sin temerle a las serpientes?

En ese sentido podemos afirmar que -con premeditación, alevosía y ventaja- le quieren robar al pueblo su profeta vital, su símbolo de rebeldía, su crisol del imaginario, usando la parte liviana de su doctrina y afirmando que es “un mártir por amor” (sin decir por amor a quien y sin decir que lo asesinaron por odio e intereses de clase) como cuando se recuerda, todos los años, al Jesús crucificado, doliente e impotente, y no al Jesús enérgico que sacó a latigazos de su templo, en un auténtico acto subversivo, a los mercaderes que lo profanaban. El contexto es similar a pesar de tantas lunas que han pasado, porque el Romero del pueblo (distinto, por acción y pensamiento, al Romero que va a beatificar la publicidad) con sus homilías, cual tratados sociológicos, denunció con la fuerza hiriente y sangrante de los latigazos a los ricos que profanaban el templo sagrado de los pobres: su cotidianidad carente de estómagos sanos; sus cuerpos carentes de techo y abrigo; y a los victimarios de su propio pueblo amparados en los impunes desmanes de la dictadura militar.

Lo mismo se quiere hacer o se puede hacer con Monseñor Romero convirtiéndolo en dos personajes totalmente distintos: el ritual y protocolario de la Iglesia al que se le tergiversan las palabras y las intenciones de justicia social, al minimizar el contexto, para que la burguesía, sin rezarle ni colgarlo en las salas de sus casas, lo tenga como un santo de tercer nivel; y el Romero del pueblo, el insurrecto, el utopista, el corajudo, el sabio, el orador fulminante, el profeta descalzo que nunca quiso guardaespaldas ni le temió a las balas de los escuadrones de la muerte, el sociólogo de la teología de la emancipación, el que hizo el más grande de todos los milagros al convertirse en “la voz de los sin voz”: hacer renacer la conciencia social de su pueblo en medio de la ignorancia y la represión más bestial y asistida.

Y es que Monseñor Romero no podía hacer otra cosa que ser un instrumento de denuncia que erizaba los corazones justos al hablar, porque él sabía que negar las palabras y las parábolas que con la teología de carne y hueso revolucionan la sociedad desde su cotidianidad, implicaba abrir más la distancia entre la riqueza y la pobreza, entre la justicia y la injusticia, entre el bien y el mal, entre la víctima y el victimario; porque para un hombre como él (un hombre de “nosotros, el pueblo” que nació en Leo para ser dominante, creativo, fuerte, líder, valiente y el rey de la justicia humana y fue asesinado en Aries para borrar su rastro de pionero de las buenas causas) le era imposible ser socialmente sensible y no herirse de sociedad en el intento; porque herirse no es desangrarse por los otros sólo porque sí (esa es la cuenta que tenemos pendiente con él) es ofrendar la sangre con los otros que son nosotros; porque un hombre-pastor como él no podía levantar pedantes muros doctrinarios ni homilías abstractas para no ser herido o para no sentir miedo de morir o de ser tildado de loco; porque él bien sabía que quien siembra muros cosecha masacres; porque él bien sabía que el que cría muros le sacan los ojos de la conciencia; porque él asumió, con responsabilidad cristiana, el compromiso social con los pobres, ese mismo compromiso al que le huyen los intelectuales y políticos cobardes que creen que soñar con la injusticia es una señal de que se está loco.

En ese contexto en el que no negó las palabras correctas en el momento correcto, ni sintió miedo de ser tildado de loco, fue que el Monseñor de los pobres, que ya ha sido canonizado en los corazones humildes, dijo que: “Aun cuando se nos llame locos, aun cuando se nos llame subversivos, comunistas y todos los calificativos que se nos dicen, sabemos que no hacemos más que predicar el testimonio subversivo de las bienaventuranzas, que le han dado vuelta a todo para proclamar bienaventurados a los pobres, bienaventurados a los sedientos de justicia, bienaventurados a los que sufren. De ese tamaño y peso era la locura del Monseñor Romero de los pobres, del santo más hermoso del mundo, porque de tanto recordar masacres y recordar a Rutilio Grande y olvidar genocidas, se asfixiaba de justicia en el púlpito, y en ese lugar la alegría de las buenas nuevas le inundaba los ojos hasta desbordarlos, porque sabía que no iba a cruzar junto a su pueblo el río que purifica la sangre derramada.

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