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De la con-ciencia a la ciencia

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

[email protected] /

https://nmt.academia.edu/RafaelLara

Desde Comala siempre…

I.  II.  Política

En lo político, resulta obvio el encuadre social que mantiene la ciencia, aunque resulte difícil predecir el algoritmo que transforme lo social en teoría matemática.  La subvención financiera de todo instituto tecnológico confesaría su compromiso con el interlocutor, pero es posible la reversión de la escucha.  Si Uds. —en su mayoría mexicanos— me aseguran “el gobierno como principal inversionista”, de seguro existe un interés estatal por su desarrollo.  Los ejemplos clásicos pueden estudiarlos, sea el porfiriato mexicano y su relación al positivismo o, en El Salvador, la fundación de Museo Nacional (1883; “Revista Anales”, 1903) y el Ateneo (1912), el auge del regionalismo, contemporáneos de la “Ley de Extinción de Tierras Comunales” (1882), a finales del siglo XIX hasta inicios del XX.  El enlace entre el saber, la ciudad letrada y el poder parece una constante latinoamericana.  A contracorriente, se imaginaría una hidrología que subsane la falta de agua potable en países cuyas calles inundadas no dan abasto a las correntadas.

No obstante, más que teorizar ese enlace, citaré una anécdota que ilustra el encierro de la ciencia, previsible por la dicotomía chomskyana.  «Hace un par de meses se organizó una reunión con miembros de diversas universidades latinoamericanas.  Al finalizar una presentación sobre minería, al ponente le preguntaron.  “¿Cómo relaciona su investigación a la salvaguarda del medio ambiente?”.  La respuesta aseguró “me restrinjo a los hechos: la existencia de metales en el subsuelo.  Lo demás le corresponde a otras instancias”.  Una avalancha de pensamientos se arremolinó a mi alrededor.  Recordé cómo una excelente colonoscopia no había detectado que sufría de cáncer terminal en el estómago, como si la sangre que supuraba no la evacuara ese conducto terminal.  Acaso, discurrí, a eso se refiere.  “El mundo técnico se fracciona, a imagen de mi cuerpo moribundo. La extracción de metales y pólipos intestinales ignora el entorno digestivo del que aflora.  Existe una técnica global sin contexto natural ni humano.  La misma pericia extrae petróleo en Texas, Venezuela e Irán, ya que el hábitat no interesa”.  Si el ponente abstraía la extracción minera de lo natural, ¡con mayor lógica científica, excluía lo humano!  La discusión no cobró ese giro.  Me parecía que por un “síndrome de Colón” —así llamado— se desconocía la existencia de una población en ese territorio.  Nadie refirió el rédito financiero que los habitantes ancestrales recibirían de esa transacción.  No lo planteé, por razones obvias.  Lo tildaría de ideología, ya que había dos Logos: el de la ciencia (Logos) y el de la verborrea (Logos) política.  Sin embargo, el problema seguiría vigente: explotación minera, cuidado ambiental y beneficio económico de la población.  Acaso habría tres ciencias desconectadas, bajo una sola (in)con-Ciencia».

Para Uds., mexicanos en su mayoría, reitero, no pasará desapercibido que extraer piedras del subsuelo semeja a excavar un cementerio.  Materia dura (hard), las piedras son a la Tierra lo que los huesos al cuerpo humano y la semilla a la planta.  De nuevo, si esta visión mito-poética se juzgaría ideológica, es porque la reclusión de una arista técnica desdeña la complejidad del problema natural y humano.  El mundo no siempre se percibe en fin utilitario —ente neutro— sino se con-templa como un verdadero sujeto dotado de capacidad simbólica y expresiva.

La ciencia jamás sustituirá la con-Ciencia ni las creencias, salvo de aspirar a sustituirlas como un nuevo positivismo omni-comprensivo.  No obstante, “el rigor de la ciencia” —asunto borgeano—no sistematiza sino una arista del complejo poliedro de variables que componen un simple fenómeno.  En esta época de fundamentalismo, no resulta equivalente extraer piedras y petróleo en el Vaticano, en La Meca, en Jerusalén u otras geo-grafías inscritas por la memoria histórica que en sitios neutrales a toda cultura humana.  La ciencia no puede abstraerse de esa escritura (graphos) de la tierra (geo) que afecta la presupuesta neutralidad de una naturaleza poblada por seres humanos tan reales como los científicos.

La ciencia prescribiría un adanismo ideal, en perfecta concordancia poética de “volver a la identidad entre la cosa y el nombre” (O. Paz, “El arco y la lira” (1956)).  Sólo al acceder al título primordial del objeto—a una naturaleza oculta por siglos— la ciencia revela su esencia verdadera, despojada de esa mancha humana llamada historia y mito-poética.  Como la palabra “agua; wáter; ât(l)”, sus letras esconden el verdadero ser científico de la cosa.  Al instante, ese mismo ente lo revela la mineralogía, por vez primera, al desentrañar la materia dura (hard) que lega la Tierra en usufructo.  Más allá de un misticismo a actitud contemplativa, el des-en-cubrimiento técnico culmina en el uso industrial del recurso natural.  Ya Uds. saben que “el amor y el interés fueron al parque un día”.

 

Bajo el título de tecnocracia, este enlace entre la ciencia y la política se halla presente en la historia del franquismo en España, en las dictaduras militares de América Latina, al igual que en las antípodas de la medicina social cubana.  Ya se anotó en Chomsky que no existe una vía lógica directa del análisis científico de la lengua al discurso político, esto es, de la lógica técnica y gramatical a su aplicación social.  Por ello, la tecnocracia recorta la dispersión política al asentar su poderío en la URSS, acaso en réplica a “mi amor en Hiroshima” al otro extremo.  No hablo de la ciencia —recluida en sí— sino del juicio social que la legitima como tal en la palabra (Logos).  El marxismo se juzga la ciencia social por excelencia hacia el despegue del siglo XX, sin por ello negar el estalinismo como su corolario.  Tampoco, hay que disimular el reverso en secuela democrática de la bomba atómica.  Ambos casos aplican el precepto borgeano de “quien mata en nombre de la justicia no es culpable”.  A Uds. mismos de juzgar cómo enlazan su proyecto científico a su aplicación social, tal cual el mencionado quehacer hidrológico de dotar de agua potable a una población.

 

 

A continuar…

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