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Amigos emplumados

Carlos Burgos

Fundador

Televisión educativa

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Varios amigos de la década de los años cincuenta en Cojutepeque tenían sobrenombres de aves. Eran originales, store emplumados, find sin ningún parentesco entre ellos.

A Salvador Meléndez lo apodábamos Gallo. Era un joven ojos amarillos, con ojeras permanentes, narizón. Los fines de semana llegaba al parque Rafael Cabrera, nos contaba sobre su trabajo de motorista y cadenero con el general e ingeniero Peña Trejos.

–Sos motorista del general – le decíamos – cadenero del ingeniero y gallo de Cojute.

Respondía con una carcajada. Nos explicaba que con el jefe trabajaba en Topografía, salían a medir terrenos. Usaban teodolito, reglas graduadas, cintas métricas, banderolas, plomadas, mojones de madera y fórmulas geométricas.

–Los clientes – nos aclaraba – no hallan ningún gallo a los reportes.

–Qué raro que no encontraran ningún gallo si allí estabas tú – le respondíamos.

Y volvíamos a quiquiriiquear, digo, a carcajearnos. Después se desempeñó por mucho tiempo en el Ministerio de Trabajo y siempre fue un empleado eficiente.

A veces en estas tertulias se encontraba Oscar Montenegro a quien apodábamos Pollo. Estudiaba en el instituto. Era un muchacho delgado, un tanto alto de estatura, con un mostacho espeso, cuello con manzana saliente. Le gustaba un poco el vacile, era campechano y bromista. No me decía Negro sino Chelón Burgos o solo Chelón.

Estudió la carrera del magisterio y trabajó por muchos años en centros educativos. En la década del ochenta nos volvimos a ver: él era director de Núcleo Educativo y yo director de Planeamiento y Organización del MINED. De inmediato le dije: hola Pollo y al instante me respondió: ¿Qué tal Chelón Burgos?  Continuó su servicio magisterial hasta que se jubiló.

Al amigo Juan Palma, del barrio Santa Lucía le decían Jolote, era de tez morena, de mediana estatura, cabeza redonda con pelo algo colocho. Trabajó por mucho tiempo en San Salvador. Juan tenía dos grupos de cheros. En una esquina de su barrio se reunía con Chirino, Jorge Larrama el futbolista y otros. Eran mayores y conversaban de la vida, el deporte y las mujeres. Palma se escapaba de este grupo y subía a incorporarse al de nosotros, los estudiantes.

Ya se me estaba olvidando Max Torres y Torres, nuestro compañero en el instituto y en la Escuela Normal Superior, a quien decíamos Pájaro porque le gustaba volar y revolotear alrededor de las cipotas. Se jubiló y hoy es ave migratoria, vuela y vuela hasta Canadá y regresa al terruño.

Otro amigo pero no emplumado de mi barrio San Juan, aunque tenía algo que ver con aves, era Mario Moreno. Él quería que le dijéramos Mario Moreno, Cantinflas, el sobrenombre del actor cómico mexicano, pero él ni chistes podía contar. Le decían Caquegallo. Desde joven  le gustaron las bebidas espirituosas. Trabajó con mucha responsabilidad de mensajero en los juzgados. Cierto día sufrió un accidente de tránsito y fue enyesado de sus extremidades inferiores, pero  con muletas salía a la farra, era muy amigable.

Hace pocos años, ya en el siglo XXI, en un supermercado de la capital me encontré con un hombre que empujaba una silla de ruedas en la cual llevaba a un amigo. El primero era Heriberto Berdugo a quien decíamos Chino Hiro, de Cojute, y el de la silla me parecía conocido pero no computaba quién era, y él me miraba con sus ojos color amarillo.

–Soy Ramón – me dijo.

–Ramón… Ramón… – repetí y no caía quién era.

–Caquegallo – me aclaró, sonriente – el primo de Mario.

–Púchica, Moncho, ¿qué te ha pasado? – estreché su mano.

–Por la diabetes me amputaron las piernas, un descuido de mi parte – me sentí triste.

Moncho era primo, de menor edad que Mario. El apodo no lo acomplejó. Felicité al Chino Hiro por su nobleza al apoyarlo. Me contaron que andaban comprando un chompipollo rostizado.

–¿Cómo canta un chompipollo? – me preguntó Moncho.

–No lo sé – respondí.

–Piogor… piogor… O sea pío, pío de pollo y gor, gor de chompipe. Piogor… piogor…

Y soslayando la dura realidad, reímos, cacareando, digo, carcajeándonos.

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