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Harry Castel 

Escritora y dramaturga

305. Desayuno

El calor de oriente se dejaba sentir y el sol parecía pegar de lleno con la fuerzo de un mazo, treatment a pesar de ser las diez y treinta de la mañana. El hombre se quitó el sombrero de palma y abanicándose busco en la bolsa del pantalón un pañuelo con el que se limpió la cara, buy cialis la cabeza y luego lo enrolló alrededor de la nuca, clinic para impedir que el sudor le siguiera bajando al cuello de la camisa. Alrededor, a la salida del pueblo, se amontonaban los famosos comedores que servían carne de dudosa procedencia, las cocinas estaban ya calientes, en espera de quienes se atrevieran con el  único plato disponible para desayuno, almuerzo y cena. El hombre huyó hacia uno de los comedores y se sentó a una recia mesa de madera donde se sintió a salvo del filo del sol, pidió un café como excusa para poder ocupar una silla por tres cuartos de hora. Cuando se lo llevaron, siguiendo el humo de la taza encontró una delgada muñeca y al subir a lo largo de ese antebrazo, una coqueta mirada de enormes ojos negros le produjo un revolotear de mariposas en el estómago, que no hizo más que crecer al ver cómo se alejaban aquellas rítmicas caderas rumbo a la cocina.

306. Noventa.

El estadio estaba a reventar. En Vietnam, una marea blanca se arremolinaba de un lado a otro, levantando atemorizantes crestas sobre las graderías. La marea rugía, se apretujaba, subía y por momentos se quedaba en calma, pero solo un momento, a poco volvía a  subir y meter ruido, como una nube de langostas.  El equipo naranja salió al engramado; frente a la marea blanca, una marea naranja se levantó en un rugido entusiasta y con el mismo ímpetu que una gigantesca ola al chocar contra el muro de piedra, descendió hasta quedar quieta sobre las gradas. Vietnam se levantó en un potente rugido blanco que envolvió a sus diez en un sordo aullido de esperanza,  flotando en el aire por un momento hasta caer sobre una verde planicie de suspenso. Cientos de miradas expectantes se prendieron de la figura negra en el campo, hasta que el silbato dio la salida para desbordar todo el hastío, la frustración y la náusea cotidiana en noventa minutos de espejismo.

307. Relámpago

Fatigada era su respiración, jadeaba a un ritmo constante y sentía que el corazón le rebotaba de un lado a otro del pecho, como una pelota de ping pong. Tragó saliva e intentó que sus pensamientos dejaran de ir a mil por hora. El tipo venía nuevamente sobre él, lo vio por el rabillo del ojo, justo a tiempo para apartarse del puño que viajaba directamente a su oreja derecha, como un relámpago se irguió y lleno de adrenalina disparó su puño derecho justo en medio del rostro del hombre, que  cerró fuertemente los ojos llenos de sorpresa, antes de desplomarse sobre la lona. La campana sonó y su sonido fue el mejor que hubiera escuchado en mucho tiempo.

309. Adiós

Una amplia estela en el agua marcaba el paso de la embarcación. Desde la orilla se escuchaba aún una delicada voz que cantaba sobre buenos viajes con tiempo favorable, hacia tierras cálidas, aromadas de sol y flores, con abundancia de frutos en los árboles y agua brincando de piedra en piedra, la voz seguía describiendo hermosas mesas servidas con todo lo que  al espíritu de un hombre podría seducir y hacer descansar después de una difícil faena. La voz flotaba sobre el aire transparente, mientras el fuego consumía lentamente la embarcación y al guerrero que al fin, pacíficamente, descansaba sobre ella.

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