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lunes , 20 noviembre 2017
PASCUA

PASCUA

Gabriel Moraes

Escritor

Hace muchísimo tiempo, cerca de una población, tan antigua como  Belén, en una parcela de campo más parecida a granja por la variedad de animales que ahí habitaban, nacieron ocho crías de patos…

Y se acostumbraba en esos pueblos, para poder mantener a los recién nacidos, sacrificar inmediatamente a los progenitores: macho y hembra, pero transcurridas un par de jornadas, casi todas las crías murieron, quedando nada más una sola. El patito sobreviviente había nacido blanco como esos estandartes que levantan muy alto para  solicitar una tregua entre dos ejércitos, y por esa evidencia manifiesta en su plumaje le fue impuesto el nombre de Paz.

Aunque nadie lo crea, el pequeño no poseía ninguna pluma de tonto y dijo para sus adentros:

“Sí mataron a mi papá y  a mi mamá, qué cosas no me harán a mí que no tengo quien me cuide…”

Y decidió marcharse para conocer realmente si existía la bondad en la gente de otros lugares.

Antes de partir, Paz dio vueltas y vueltas, revolcándose sobre un charco de lodo, cual si imitara las delicias de su vecino el cerdito cuando lo sofoca el calor del sol. Era menester cambiar de apariencia para que no lo reconocieran sus dueños, además de que iba a ser mal visto por los pobladores y caminantes, nadie lo iba a apetecer debido a su talante sucio y feo.

Ya en esas aventuras y desventuras por senderos, paisajes y calles de pueblos, escuchó que aquellos animales que se portaban bien se iban al cielo; y al anochecer, acostado sobre arena, tierra, hierba o piedras, según el lecho que tuviera la suerte de encontrar para descansar, buscaba en las huidizas alturas del firmamento, figuras de patos para preguntarles si ellos eran los que lo habían estado calentando siendo apenas un simple huevecito.

Y se quedaba dormido, soñando que encontraba a sus padres, recibiéndolo con gran alegría en una estancia llamada paraíso.

Una de tantas noches, cuando la ilusión le brillaba en los ojos y bajaba por su pico haciéndolo decir cuá cuá, miro una estrella tan deslumbrante que lo hizo taparse la vista con sus dos alas y responderse:

Ahí debe estar el páramo que sueño…

Y sin saber porque, sus patas comenzaron a perseguir aquella luz que se enseñoreaba sobre las sombras y avanzaba por el horizonte.

Era tan propia la obsesión del patito, que no comía ni bebía; sumado a feo y sucio, Paz estaba famélico como un tallo reseco; y luego de casi tres días de persecución, el lucero se detuvo, al tiempo que una breve lluvia de rocío caía cual si fuera el viento acariciando a todo ser que vive y respira.

Desde donde termina el pico hasta donde comienzan su par de palmípedas patas, Paz resplandecía tan blanco como la claridad, y no alcanzo a llegar a su destino, cayó muerto a causa de la debilidad en su cuerpo y en su corazón.

Los soldados del rey, creyendo que la estrella anunciaba la venida de un nuevo monarca, con afán perseguían esa luz para precisar donde nacería y matarle (he aquí que para asegurar la misión, les quitaron la vida a todos los varones nacidos por esa fecha). El polvo y la tierra que lanzaban los caballos en su galopar, cubrieron al patito Paz y lo sepultaron sin mayores honores que su indiferencia.

Doce meses después, ahí donde los hombres y las bestias ni siquiera imaginan que hay una tumba, brotó una planta, y entre sus botones, una muy hermosa flor, extraña y radiantemente blanca como un destello de luz.

Nadie sabe ni porqué misterio, a la flor de esa plantita,  la cultura y el habla de las gentes, eligieron denominarla Pascua.

Con el tiempo y los años, este tipo de flor es cultivada, admirada y muy valorada en otras naciones y continentes; son poquísimas las afirmaciones que nieguen  no conocer la leyenda del porqué los pétalos de las pascuas en un trascendental suceso, se transformaron de color blanco a rojo…

Todavía aún en estos días recientes, siguen apareciendo los milagros de una que otra pascua blanca, como prueba floral que la historia ni la naturaleza jamás olvidan. Sobre todo cuando se entrega lo más preciado que es la existencia, buscando que los sueños por un mundo mejor se hagan realidad.

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