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lunes , 25 septiembre 2017
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EL DUELO, ETAPA DE VIDA

Harriet Amiet, S.R.C. (No. 3) (Traducción de Marta Eugenia López Subirós, S.R.C.) De la Revista El Rosacruz, abril/junio de 2010

Demandando una atención especial

El luto permite el descubrimiento de la soledad. La persona doliente está sola con pensamientos y una manera de ser que le son propios; sola en la tristeza y su expresión. La toma de consciencia del ser único que somos es  a la vez tremenda y confortante. Tremenda porque la situación que se enfrenta revela  la inmensidad de la soledad; reconfortante, puesto que en esa soledad existe la presencia de un potencial consustancial a cada uno. Este descubrimiento es frágil en un principio,  pero vale la pena retenerlo.

— La duración de la fase depresiva depende del apego y de la forma en que la separación tuvo lugar, así como de la facultad de adaptación. Cuando la persona permanece bloqueada en su sentimiento y “gira en círculos” sin poder reanudar una actividad profesional u otra que le da sentido sagrado a su vida, al cabo de varios meses, se habla de un estado depresivo profundo. Estas situaciones demandan una atención especial y requerirían la ayuda de un profesional –que a menudo ni se desea–  ni es consciente en la persona que sufre.

   –El sufrimiento vivido en la fase de la depresión varía según el momento. En relación con los lazos, apegos con el ser querido, puede tener una función de autocastigo. Puede también ser una razón de sentirse existir así como experimentar el dolor, como la persona principal de la pérdida, con ella o para ella. Esos sentimientos están vinculados al miedo a la muerte y a lo desconocido. Indican una solicitud de ayuda.

    

La Readaptación

Todos esos estados emotivos forman parte de la progresión de la vida, que es cíclica. A menudo es representada por una espiral o por un camino que sube una montaña, a intervalos regulares, el ser humano se encuentra en la misma situación. por educación y por hábito, reacciona en general de la misma manera. A veces, estas reacciones son desagradables, en primer lugar para sí mismo, pero  también para el entorno. Una mala comprensión y un malestar más o menos intenso, pueden instalarse y hacer el proceso de luto más difícil.

A partir del momento en que hay una toma de consciencia de esa situación, es posible actuar para instalar una mejora de las condiciones.  Puesto que un plazo de tiempo con sus experiencias de vida pasó entre cada acontecimiento, el ser humano pudo evolucionar, mirar de forma diferente la situación y a partir de allí, las reacciones pueden adaptarse y ser constructivas. Es posible “decodificar” una actitud destructiva y acostumbrarse a otra que es constructiva. Así se establece progresivamente un bienestar relativo.  Éstas consideraciones ayudan a alcanzar la etapa siguiente del luto, que es la readaptación, donde la integración de la nueva situación más o menos se hizo. Este planteamiento consiste  en darse el tiempo de familiarizarse con tal nueva situación, de pasar a través de todos los recuerdos, tanto los buenos, como los malos. Es también acostumbrarse a vivir con la pérdida, este espacio vacío que está tan abierto al principio, pero que, con el tiempo, disminuye para dar lugar a las adquisiciones del presente.

   Con el fin de facilitar la integración y permitir un bienestar en la readaptación, es necesario también, comprender la importancia del perdón. Aceptar el verse con las  cualidades y defectos, es verse con ojos tolerantes;  es también perdonarse uno mismo.  La representación del otro merece igualmente una atención especial. En efecto, aceptar que el otro sea diferente, aceptar que se haya ido, permite al perdón tomar forma.  Vivir juntos expresa los buenos momentos así como episodios difíciles. Tener en cuenta la responsabilidad compartida de los momentos felices e infelices facilita la aceptación. Lo que sigue es un alivio, determinado por el respeto.  El alivio de dar el permiso al otro de no estar presente más, permite continuar la vida sin él o sin ella. Es así cómo progresivamente se cumple, se acaba una etapa que parecía, al principio, infinitamente grande e insuperable.

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