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El hombre oscuro (2)

@renemartinezpi
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Los cuerpos-sentimientos que sufren, viagra nurse por conciencia social e imperativo ético, decease las calcinantes fiebres incitadas por los ideales revolucionarios (eso que las ciencias sociales llaman “utopía”, que no es más que una crítica epistemológica del tiempo-espacio) son enemigos a muerte de la densa e ignorante mediocridad y tétrica perversidad del hombre oscuro: utopistas luminosos contra oportunistas opacos; memoria gloriosa contra amnesia viciosa; militantes del tiempo contra apáticos que pierden el tiempo; comprometidos incondicionales con los pobres contra egoístas pasionales para salir de pobres; revolucionarios históricos contra reaccionarios sin historia ni glorias; presos políticos que no delataron a nadie contra cobardes confesos que atacan desde un rincón; creativos de futuro contra burócratas de presente.

Los utopistas son alguien, son algo o son lugar contra el hombre oscuro que es nadie y es nada, porque la existencia humana está determinada por la creación de bienestar colectivo y por darse a los demás sin esperar nada a cambio. Por eso, todo utopista es un hombre cualitativo y significativo: posee un sentido de las diferencias sociales que le permite distinguir entre lo “malo” que observa y lo “mejor” que imagina para que la vida tenga sentido. El hombre oscuro carece de ideales y por eso es cuantitativo: puede apreciar y pesar el oro y puede jactarse de los títulos personales, pero nunca distinguirá lo mejor de lo peor para no tomar posición frente a la vida ni asumir un compromiso social.

La sociedad no llega hasta la coordenada ni hasta al día donde quieren los utopistas en cada revolución, pero siempre llega más allá de donde habría llegado sin su temple, y el mejor ejemplo de ello son las luchas sindicales por las prestaciones socioeconómicas que, con sangre, le han arrancado migajas al capital. Lo poco que pueden hacer todos, debido al enfrentamiento de fuerzas idénticas promovido en su seno y que se usa como mecanismo de control social, al final depende de lo mucho que unos pocos sueñen, anhelen y forjen. Cuando los pueblos se domestican y callan -o repiten las ideas, mentiras y calumnias de los explotadores que hace suyas el hombre oscuro para vivir la paradoja del “oprimido-opresor”- los grandes forjadores de utopías, sin temerle a la mordida del plomo ni a la soledad unánime de los barrotes, levantan su voz y sus manos. Las ciencias sociales como compromiso; un arte como crítica; un país como utopía; un pueblo como identidad sociocultural estremecida por su eco libertario son tales porque se han salido de su cauce habitual para crear otra calidad. El utopista es, así, una corrección ortográfica y de redacción que pone el bienestar colectivo como idea principal en los renglones de la historia para que se tuerzan. Si vive en los orígenes: crea o funda ideales; si en las crisis: trueca o refunda dichos ideales sin perder de vista su esencia originaria: la justicia social.

En las coyunturas más difíciles para los pueblos (los días en que los ideales viven en peligro, por propios o extraños) el utopista se distancia aún más del hombre oscuro para templar la sociedad en el crisol de los pensamientos superiores y para darle continuidad a obras que serán perennes si tienen como eje la comprensión de la cotidianidad. Y es que para concebir o impulsar una revolución social se requiere cierto nivel ético y es indispensable educar rigurosamente a los nuevos ciudadanos sin obviar la brújula de la ideología para que dejen de ser sombras idénticas de la sociedad, ya que de no ser así se cae en fanatismos, perversiones y ocultismos que mutilan la creatividad.

Y es que, tanto en las ciencias sociales como en la vida, la creatividad es la que determina el pensamiento propio. Ser creativo es ser alguien, es diferenciarse sin dejar de ser equitativos, es tener un carácter propio, todo lo cual es símbolo de que no se vive como simple sombra de los otros. La función capital del hombre oscuro es ser-promover la apatía imitativa de las sombras; la del utopista es la imaginación creadora. Mientras el hombre oscuro se limita a pensar con la cabeza de otros, el utopista aspira a pensar con la propia sin plagiar las necesidades y hazañas ni preocuparse por los derechos de autor, y nada parece tan peligroso para la burguesía como un hombre que piensa con su propia cabeza porque puede conjurar la apatía que padecen las mayorías.

Para los apáticos, nada más fácil que ser neutrales para no ensuciarse las manos: lo son por cobardía y por necesidad inexorable; para los pedantes que se creen superiores a sus hermanos, nada más conveniente que aparentar ser neutrales para no arriesgar la vida en las luchas de calle, lo que fingen por cálculo (en verdad tienen una posición ideológica reaccionaria) creyendo que esa actitud pudibunda es el complemento idóneo del protocolo de los reconocimientos individuales. Pero, nunca una copia de la Mona Lisa valdrá tanto como la Mona Lisa original.

Los utopistas tienen una posición en la vida de ellos y en la de los otros porque transitan por la senda exclusiva del mérito o por ninguna, eso quedó totalmente claro con Monseñor Romero, quien es la antítesis más exquisita y exacta del hombre oscuro. Por ser esa antítesis, Monseñor nunca se sintió solo y nunca se sintió vencido, ni nunca se dejó vencer por el miedo tremendamente humano que sienten los utopistas. Volviendo al plano científico sin haberlo abandonado, las ciencias sociales no pueden desarrollarse sin utopistas y sin asumir el compromiso social con los pobres, lo cual es una forma de llenar de placer su ejercicio (sentir y actuar con las ciencias sociales); placer que no se puede alcanzar si se es un hombre oscuro, ya que ésos no necesitan beneficiarios: necesitan cómplices para frenar el cambio social. Lo anterior es particularmente evidente en el actuar de la derecha en Venezuela, El Salvador y Ecuador; derechas tan típicas como obtusas que han desenterrado (haciendo de la deslealtad un recurso) su concepto contra-revolucionario favorito: acusar de “terrorista” a su enemigo de clase.

La deslealtad, como recurso perverso, hace que las personas sean olvidadizas, ingratas y ladinas, invirtiendo la fórmula justa de los procesos de cambio: exige sus derechos sin cumplir con sus deberes; exige mejoras en todo sin dar lo mejor de sí en el trabajo y en la vida comunitaria; coloca en un telescopio astronómico lo que da y coloca bajo un microscopio lo que recibe.

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