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Dormir un poco en estos tiempos

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor

suplemento Tres mil

 

Es seguro que los nuevos artefactos tecnológicos que se comenzaron con el Siglo de las Luces nos ha terminado trastornando el sueño. Y yo me acuso entre el conjunto que termina las últimas horas de la noche en algún aparato revisando cosas en la internet.

El ser humano debe dormir, eso es algo seguro. Sin embargo cuando los años llegan nos olvidamos de ese necesario momento de reparación para volver a emprender cualquier cosa en la vida. Y el deseo de entretenerse termina convirtiendo nuestra cabeza en una esclava más de la distracción y la falta de un sueño reparador.

Sin embargo, nadie podrá negar que dormir es uno de los grandes placeres de la vida, y que sin este seguro estaríamos muertos o locos. Privarse el sueño trae inmensas consecuencias que a la larga terminan por destruirnos.

En tres ocasiones no he dormido por más de veinticuatro horas. La primera, cuando mi amigo Ángel Huezo me  pidió en la noche de un 31 de diciembre que nos quedamos esperando el amanecer. El tocaba su guitarra y yo divagaba procurando vencer el sueño. Y ver una amanecer resulta un inmenso regalo de la vida (aunque no es necesario desvelarse para ello).

La segunda fue cuando viaje a Taiwán y el trastorno de horarios me impidió dormir, algo que ya don Diego Lin me había advertido, pero igual lo disfruté. El viaje a tierras asiáticas valía una noche sin sueño.

Y la última fue cuando regresaba de Tapachula, México y tras una serie de recitales de poesía llegamos a la terminal para esperar nuestro bus y regresar a El Salvador. No dormí, porque las horas se había acortado tanto que podía ocurrir cualquier eventualidad.

Por supuesto que tras esos terribles desvelo me dormí y hasta llegué a olvidarme del tiempo.

Ahora que me doy cuenta que desperdicio las horas en que podría dormir me siento ingenuo y derrochador cuando podría darle utilidad al asunto.

Y nosotros tenemos cultura de desvelo, gracias a las velas de amigos y parientes que fallecen, a la celebración del 24 y 25 de diciembre y de igual forma la de año nuevo. Sin olvidar las fiestas nocturnas (a las que tengo una suma considerable de años no asistir).

No sé, en estos mis cuarenta años estoy convencido de que el sueño no vale un amanecer, ni un video por internet, mucho menos fisgonear la vida a un prójimo en alguna red social.

Dormir es una necesidad y un lujo, porque en el siglo de las luces a veces el temor de los vecinos llega a reproducir incontables reflectores que te iluminan la noche o un vecinito se pone a jugar videos a excesivo volumen, así como una iglesia le roba al sueño al vecindario para que los escuche uno en su vigilia, y podríamos seguir contando situaciones que en otros años ni siquiera nos las imaginábamos. En este 2020 dormir sigue siendo un lujo, y dormir bien una voluntad compartida.

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