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sábado , 23 septiembre 2017
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El Padre Romero

Pedro Antonio SalamancaPedro Antonio Salamanca

Este año que se cumplirán cien años del nacimiento del Beato Oscar Arnulfo Romero, con todo el respeto y admiración que le guardo desde cuando oficiaba por las mañanas la misa dominical en la Catedral de la ciudad de San Miguel, a mediados de la década de los sesenta del siglo pasado; deseo compartir algunos rasgos observados de la personalidad y misión pastoral de esa época, del entonces cariñosamente llamado: Padre Romero.

Los domingos viajaba desde El Papalón, de Moncagua a San Miguel, atraído por los oficios litúrgicos del Padre Romero, porque siempre me pareció claro su mensaje, vibrante su palabra, sencilla su forma de explicar el evangelio y su aplicación a la realidad social de la época.

Las homilías eran transmitidas domingo a domingo por medio de Radio Chaparrastique, una de las más escuchadas en el oriente de El Salvador, espacio concedido por largos años como una cortesía de su propietario, inclusive cuando fue nombrado en la diócesis de Santiago de María, porque siguió mandando la cinta con la grabación de la homilía, según comenta el técnico que se encargaba de hacer el enlace y difusión radial. Desde esa época, puedo decir que sintió predilección en todo momento por los pobres, porque en todas sus homilías y alocuciones siempre los tuvo presente.

Desde entonces fue un buen comunicador, organizador y líder espiritual que logró que la feligresía lo siguiera en sus oficios y rituales en todas las épocas del año, así teníamos la celebración de la Semana Santa, la Fiesta Patronal de  la Virgen de la Paz, ahora Patrona de El Salvador; eventos que eran muy concurridos y se participaba con gran devoción. Recuerdo que en la procesión del Santo Entierro, como en la procesión de la Virgen de la Paz, participaban miles de personas y todo mundo lo hacía con mucho fervor religioso, porque no había espacio para la distracción o desatención. ¿Cuál era el misterio? El Padre Romero, tomaba el control de los micrófonos y durante el tiempo que duraba la procesión, en promedio unas tres horas, él dirigía las oraciones y la prédica alusiva mantenía a la población interesada y centrada su atención.

Estos grandes eventos religiosos eran también transmitidos por la Radio antes referida y posteriormente lo hacía también la que fuera Radio Pax, una radio de la Iglesia católica, fundada en San Miguel, ya desaparecida o cambiada de nombre.

El pedía a todos los vecinos por donde pasaba la procesión, que sacaran aparatos de radio a las puertas y  ventanas de sus casas, petición que se cumplía, por esa razón, su voz, cánticos y rezos se  escuchaban en cadena de radio por todo el recorrido y los participantes se conducían en orden y entregados en plena comunión.

En una de esas procesiones le escuché más o menos decir: “enviamos nuestros pensamientos y aliento a las personas que por razones de enfermedad o cualquier impedimento no pudieron asistir, pero que nos siguen por medio de la radio, allá en su ranchito o en su lecho de enfermos…”, siempre recordaba a los más débiles y necesitados. El pensamiento amplio y esa cualidad de aplicar su fe cristiana, a los acontecimientos y desarrollo de la ciencia, lo pude escuchar una noche, cuando fue invitado de honor y nos dirigiera un mensaje en el acto de clausura del Instituto Nacional “Isidro Menéndez”, Sección Nocturna, de la ciudad de San Miguel; el año 1965, cuando estaba en vigencia el Programa Apolo de la NASA, para enviar un hombre a la luna, el Padre Romero, entre otras cosas nos dijo: “Que Dios creador del cielo y de la tierra, es como un padre, que esconde en su casa el juguete nuevo comprado a su hijo, para que éste lo busque y luego se sorprenda y se alegre de haberlo encontrado, así, Dios permite que el hombre descubra los secretos de su creación …”. En 1969, el mítico Apolo 11, puso el  primer hombre en la luna, porque Dios lo permitió, el hombre se las ingenió y el mundo se sorprendió.

La verdad que con esos encuentros dominicales y seguimiento a su acción pastoral en San Miguel, no hay duda que disfrutamos de un verdadero guía espiritual, y que la mayoría de habitantes de esa época, le guardan una grata recordación.

Personalmente, me dio mucha tristeza cuando fue trasladado de San Miguel a Santiago de María, con mi escaso entendimiento de las motivaciones de ese hecho, se me cruzó por la mente que lo estaban retirando, por su protagonismo adquirido; en el ambiente se generalizó un sentimiento de orfandad, y consideré que nunca más se iba a contar con otro sacerdote como él en San Miguel. Pasaron los años, y la historia de este Santo es muy conocida mundialmente, lo disfrutamos y lo sufrimos hasta el final, el mismo año, que fue martirizado, presintiendo su muerte, asistimos a escuchar una homilía, cuando oficiaba en la Basílica Sagrado Corazón de Jesús en San Salvador; al terminar la misa, salía al atrio de la iglesia y solía saludar y estrechar la mano a quienes se le acercaban, esa mañana así lo hicimos, y por última vez, tuve la satisfacción de ver y saludar al que había sido en mi juventud el Padre Romero.

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