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domingo , 17 diciembre 2017
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El islam a debate

Iosu Perales

Salvo excepciones, view aquí se debate en tertulias de muy limitado rigor que son con frecuencia espacios de propaganda. En Francia se debate en librerías, en universidades, también en estudios de televisión, con un notable nivel intelectual. La última batalla académica está planteada entre Gilles Kepel y Oliver Roy, y los franceses se alinean a un lado y al otro como en el pasado ante la guerra de Argelia. Para Kepel y sus seguidores, Charlie Hebdo se explica por la radicalización de una religión. Roy y quienes le apoyan sostienen que extremistas han encontrado en el islam un refugio para su nihilismo radical. La diferencia entre las dos hipótesis es abismal, decisiva, a la hora de valorar el lugar que ocupa y debe ocupar el mundo musulmán en occidente: Para Kepel el mal radica en el corazón del islam, para Roy el islam es utilizado, secuestrado por delincuentes violentos y/o por razones políticas.

Roy sostiene que la radicalización no es un proceso que se desarrolla en las mezquitas, sino en los guetos de grandes ciudades europeas. De hecho los jóvenes que se incorporan al DAES tienen un recorrido religioso muy corto. Más bien viven en una pulsión violenta que precede al Corán. Por su parte Kepel plantea que el terrorismo yihadista es una enfermedad patológica del islam. Su interpretación parece derivar de una lectura literal del Corán. Pero,  creo que este es un enfoque interesado que cabría trasladar asimismo a una lectura descontextualizada de la Biblia (conjunto de libros del cristianismo y del judaísmo). Y es que la Biblia, en la parte del Antiguo Testamento, es un canto a la violencia, al sectarismo, a la discriminación y por momentos una apología del asesinato. Un ejemplo de entre docenas: en el libro Exodo 2:11-12 podemos leer: En aquellos días, cuando Moisés ya fue mayor, fue a visitar a sus hermanos, y comprobó sus penosos trabajos; vio también cómo un egipcio golpeaba a un hebreo, a uno de sus hermanos. Miró a uno y a otro lado, y no viendo a nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena. Pero si hiciéramos esta lectura literal estaríamos cometiendo un grave error: la Declaración Universal de los Derechos Humanos es de 1948 y la Biblia es una recopilación de textos escritos entre los años 900 a.c. y 100 d.c. Es verdad que en el caso del cristianismo el Nuevo Testamento vino a compensar en parte los textos anteriores, sustituyendo a un Dios guerrero por un Dio del amor. Mientras, para los judíos sionistas La Torá les da licencia para hacer la guerra al pueblo palestino y ocupar sus tierras, lo que sucede hoy en día.

Lo que quiero decir es que ninguna de las religiones monoteístas está libre de una lectura sesgada, hecha fuera de tiempo. Es verdad que en el caso del islam, como afirma Roy, Ronald Reagan convirtió el wahabismo en una teología de la liberación a la inversa, durante la guerra de Afganistán. De manera que si el universo musulmán tenía ya un problema de adaptación al siglo XXI, algo extensible a las otras religiones, la intervención de Reagan sembró la semilla de lo que ha llegado a ser una fábrica de terrorismo.

Roy parte de la existencia de un malestar generacional identificado en guetos en los que viven muchos jóvenes que habiendo nacido en Europa se reconocen fuera de la sociedad, no integrados, sin futuro y que en un buen número han estado en cárceles por delitos menores. Son jóvenes que reclutados comienzan a leer el Corán muchas veces de manera obsesiva, sin el menor sentido crítico. No es el islam que los hace violentos, ni siquiera en sus versiones más retrogradas. El recorrido es al revés: es la violencia la que los lleva a buscar en las expresiones más agresivas del islam una justificación a su radicalidad. Pero esto no es exclusivo del islam. De hecho hay radicalismos, por ejemplo, en los colonos sionistas, que justifican sus violencias contra los palestinos en pasajes de La Torá. O es el caso de Anders Behring Breivic, un empresario noruego de 32 años, descrito por la policía como miembro de la extrema derecha y fundamentalista cristiano, que el 22 de julio de 2011 mató a 77 personas en la isla de Utoya y dejó cientos de heridos por una explosión en Oslo. Behring justifica sus crímenes en defensa de la civilización cristiana. Obviamente, a nadie se le ocurre afirmar que es la lectura del Antiguo Testamento la responsable de su criminal comportamiento. De hecho, si hiciéramos una comparación entre los mensajes violentos de las tres religiones monoteístas el islam no quedaría tan mal.

En cierto modo Kepel se contradice cuando responde a la pregunta de cómo se originó la yihad. Él reconoce que la primera generación de yihadistas aparece en Afganistán en 1979, cuando el ejército soviético invade el país. Se trata de un movimiento suní que fue entrenado y armado por la CIA, y financiado por los saudíes y las petromonarquías del Golfo. El objetivo de los estadounidenses era que la Unión ¬Soviética sufriera su propio Vietnam, además de frenar la expansión de Irán, de mayoría chií. En febrero de 1989 ganan esa batalla; los soviéticos se retiran de Afganistán. En fin, no parece que casen bien la responsabilidad que imputa al islam como mal originario con su acusación a  Estados Unidos.

Aceptando la responsabilidad norteamericana que por cierto es compartida por el agudo analista español coronel Pedro Baños, y regresando a la acusación de Kepel contra el islam, me parece más adecuada la reflexión de Oliver Roy cuando plantea: Los jóvenes radicalizados, remitiéndose mayormente a un imaginario entorno político musulmán (la umma de antaño), están tan deliberadamente enfrentados con el islam de sus padres como con el conjunto de la cultura musulmana. Se inventan un islam que se opone a Occidente. Proceden de la periferia del mundo musulmán. Lo que los induce a actuar son los alardes de violencia que muestran los medios de comunicación occidentales. Encarnan una ruptura generacional (sus padres ahora llaman a la policía cuando sus hijos se van a Siria) y no tienen relación ni con la comunidad religiosa local ni con las mezquitas del barrio.

La tesis de Kepel es peligrosa. En primer lugar porque invita a pensar en un mundo musulmán monolítico, lo cual es un disparate. En segundo lugar y en consecuencia facilita la idea binaria de un ellos y un nosotros. Como corolario impulsa la culpabilización del conjunto de la sociedad musulmana. A partir de ahí se abre amplio para islamofobia.

El relato de Oliver Roy me parece más lógico, más acertado. Su punto de partida es la realidad de los guetos en ciudades de Francia (hay 5 millones de musulmanes en ese país) donde el desempleo llega al 40%, el fracaso escolar es alto y las ayudas institucionales llegan con cuentagotas. Por definición la palabra gueto indica lo contrario a integración. Y aquí se encuentra el nudo: mientras los jóvenes musulmanes quieren vivir como franceses (de hecho han nacido en Francia) la respuesta que se les da es que sean buenos extranjeros. En este desencuentro miles de jóvenes musulmanes sienten que viven encerrados y discriminados, y una gran mayoría piensa que no puede esperar nada de la administración francesa. De modo que la vida en barrios segregados no conoce la igualdad de oportunidades. En ausencia de oportunidades de vivir y planificar una vida digna, en los guetos de París, de Marsella, de Lyon, los acontecimientos internacionales, particularmente en Oriente Medio influyen de manera brutal.

Para Roy, esta realidad contrastada, es la llave explicativa de una radicalización que busca identidad y razón de ser en un islam secuestrado por una lectura tan interesada y estúpida como lo es la interpretación que hace de la Biblia el criminal Anders Behring Breivic y la que hizo de La Torá el sionista Baruch Goldstein quien vació en nombre de Dios cuatro cargadores sobre una multitud de palestinas y palestinos en la ciudad Hebrón.

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