Página de inicio » Suplemento Tres Mil | 3000 » Para la tristeza, ¿no hay un cenicero?

Para la tristeza, ¿no hay un cenicero?

Wilfredo Arriola 

Escritor

Es más dañino el “nunca más” que el “no me interesa”. Le decía Juan en la barra de un bar de la capital a su amigo de infancia. Esos amigos que uno va consolidando con el paso del tiempo, donde uno pone su cuota de sinceridad a tono de confesión —de noche por supuesto—. La noche nos confiesa. Los había reunido el estrés del día, las tantas obligaciones del trabajo y a suma de todo esto: la vida. Siempre una asignatura pendiente, el detalle es con quién uno se confiesa, para eso sirven los amigos, para contar la otra mitad de uno. La confianza es contar la última parte de la verdad, y a veces inventarse otra, una necesaria.

Estaban los dos, un poco derrotados, como sí la vida se jugara en cancha contraria y de hecho lo es, a veces hasta en la misma casa se la juega uno en cancha contraria. Eran cuatro cervezas por lado, dos cigarros y la devastada voz de alterar un poco la voz, por la música estridente de aquel bar. La invitación la había hecho Juan, a contra pronóstico de situaciones anteriores, la urgencia de la conversación se había convertido en algo más que una salida de desahogo. Pero, ¿De qué se trataba aquella invitación? ¿De qué era que iba esa conversación importante? Juan dudaba, tarareaba alguna canción de vez en cuando y apuraba la cerveza como si fuera a partir inmediato. La luz de los antros siempre pone un clima arreglado para las diferentes etapas de la borrachera. El primero es de goce. Lo mejor de la vida es estar a punto, la entrada triunfal, el primer trago, casi como el primer beso. La siguiente etapa es la de la intensa conversación ocasional que se torna interesante a pesar de lo banal que resulta ser, la chica de la entrada, la noticia del momento. Luego la última, la fase de la sinceridad, que nunca llegaba.

Nadie miró su reloj ni reviso su celular, era claro síntoma que la reunión se estaba dando con el éxito necesario. Juan preparaba el terreno y con la sospecha eminente de que lo que estaba a punto de decir era completamente necesario. Hay momentos en la vida en que es necesario tener un tiempo para hundirse. Este lo era. Pidió otra cerveza, esta vez no repitió boca, miro a la alta mesa, redonda de madera, apoyó sus pies en los travesaños del taburete, jugo con la servilleta pegada al envase, la retiro como pudo, para disimular su ansiedad. — Quizá este es el momento idóneo en el que quiero hablar de esto contigo, me la he pasado un poco mal a razón de esto, pero creo que cuando una carga se comparte es menos densa, el dolor visto desde lejos, aunque esté dentro se le pierde el respeto. He hecho mi testamento y te he dejado dos de mis libros preferidos, quiero que los cuides vos, nadie lo podrá hacer mejor y si no lo haces, el odio será menos denso porque a tí no pudiera guardarte rencor, ni siquiera maltratando esto que tanto quiero, —pero vos no jodas. Vos, haciendo testamento a tus 27 años. ¡Ya estás bolo Juan! —Ayer cerré todo con el abogado, y lo que más me dolió fue firmarlo, al tope de la página, sólo, como se esta en las cosas más importantes de la vida. — ¿En serio?, ¡me vas a dejar esos libros Juan! ¡Si vos los has cuidado más que a tu cara! y ni siquiera decís que los tenés, cuando la mara te pregunta. Pero espérate… ¿Por qué un testamento? ¿Has hablado con un médico? O es otra de tus mentiras memorables para que te des cuenta quien te quiere… Con eso no jugués, te lo digo por favor cabrón. *hace el mítico gesto de pedir dos cervezas más a la mesa.

Ya está todo firmado. Sos la primera persona que lo sabe, y quiero también que seas la última. Mi confianza esta puesta en vos. —¿Pero fueron los últimos que me enseñaste? —Los mismos… —No sé que decirte Juan, que me des algo tan preciado de vos es una muestra de tu gran amistad, sabía que me querías decir algo, pero nunca pensé que fuera esto. La muerte nunca interrumpe nada, solo devela. Pero a tus 27, siendo tan joven, esta noticia me pone melancólico y pensativo, y no sé qué primero. Imelda me contó que te refirieron al psiquiatra, pero nunca pensé que fuera tan grave lo tuyo. —Lo es, ni yo pensé que aparte de ser psiquiatra él también fuera abogado…

¿Y los demás libros? —El fuego, que los lea el fuego.

—Espérame llamaré al mesero… ¡Hola! una consulta: para la tristeza, ¿no hay un cenicero?

 

Ver también

Donald Paz: “Los sueños que creemos que son nuestros nos los fabrican”

Mauricio Vallejo Márquez, Escritor y editor Suplemento 3000 Donald Paz luce una barba cana que …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.