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Reflexión y corrupción

José M. Tojeira

Uno de los grandes pensadores de la actualidad, Zygmunt Bauman, comparaba la cultura actual hiper consumista con la cultura del cazador. Hablando de diferentes etapas culturales decía que en la historia a veces se ha privilegiado la cultura del guardabosques, en la que predominaba el control de los poderosos. Otra cultura era la del jardinero, que trataba de domesticar la realidad ordenada y racionalmente, y ponerla al servicio del bienestar. La cultura del cazador, en contraste con las anteriores, antepone la abundancia del día a día, el aprovechamiento de la trampa, la habilidad y la fuerza bruta para conseguir lo que desea. No piensa en el largo plazo sino en el botín de cada día. Y continúa diciendo que esa cultura del cazador crece y continúa imponiéndose precisamente a través del pensamiento neoliberal, individualizante, lanzado al consumo y que busca la satisfacción inmediata de las pulsiones de felicidad colocadas en la ambición y el dinero.

No hay duda de que en medio del ambiente conservador de nuestra sociedad, y a veces manteniendo profundas posturas muy conservadoras en ámbitos religiosos, legales o culturales, se mantiene y crece la cultura del cazador. Contemplar la corrupción, que se muestra en nuestros días desatada precisamente porque se ve lo estructural y permanente que es en nuestra historia, nos muestra que vivimos en un país de “cazadores”. El afán de dinero (la idolatría de la riqueza que decía Mons. Romero) ha llevado a muchos, tanto en la empresa privada como en los gobiernos, a utilizar la trampa, el aprovechamiento del débil y la fuerza bruta para construir fortunas. La cultura consumista exacerba las pulsiones  de muchos “clasemedieros” para continuar en este esfuerzo diario por obtener la pieza más grande en la cacería de la vida. Una cacería en la que van quedando no sólo víctimas sufridas y golpeadas, sino también víctimas iniciales que se rebelan y se convierten en victimarios. El ambiente de turbo-consumo hace que muchos jóvenes, consumidores expertos de propaganda e incapacitados de conseguir lo que la propaganda les dibuja como felicidad, se conviertan en verdaderos predadores de sus semejantes. “La mafia de los pobres”, un excelente trabajo realizado en conjunto por el New York Times y El Faro, nos muestra el retrato de estas víctimas de la riqueza de pocos, condenados al fracaso, que se lanzan también a la cacería de oportunidades de un modo rebelde y violento. Al no tener nada que perder, estos jóvenes son indestructibles si se les quiere combatir exclusivamente con la tantas veces fracasada mano dura.

En repetidas ocasiones el actual presidente de la Asamblea Legislativa ha sido mostrado como un exponente de la cultura del cazador. Sus viajes cobrados y no realizados, sus cambios de alianzas según ventajas personales, la facilidad con la que sus familiares y colaboradores consiguen favores especiales en los que brilla el dinero, nos lo muestran como alguien seducido por ese afán de conseguir ventajas y triunfos semejantes al practicante de la cacería. Y simultáneamente se nos muestra en muchas de sus apariciones públicas, como un político “manodurista”, partidario de la pena de muerte, aplicable a muchos de los que tienen ambiciones parecidas a las suyas, pero tienen menos posibilidades de conseguirlas desde el cuello blanco y el estilo de él. Triste situación que nos muestra dos caras de una misma cultura, desarrollada una en el ámbito de un sector emergente y bien posicionado, y otra en los barrios marginales. La misma cultura del cazador, alentada por esta misma sociedad nuestra desigual, que persigue a los pobres y tolera a los “vivos” que saben “transar” con los poderosos.

Al final violencia y corrupción son síntomas de una misma enfermedad. Son el fruto de una sociedad consumista, sometida al poder del dinero, expuesta a los caprichos del mercado, que premia a los rápidos en el aprovechamiento de las oportunidades y que no piensa en el largo plazo. Una sociedad donde el liderazgo empresarial piensa primero en su enriquecimiento, para elaborar después utopías de un rebalse hipócritamente caritativo de su propia riqueza. Otro de los sociólogos, Gilles Lipovetsky, que analizan nuestra sociedad del consumo delirante decía que no le extrañaría que los antropólogos sociales del futuro estudien con curiosidad esta civilización tan convencida de su inteligencia, pero “en la que el Homo Sapiens rendía culto a un dios tan ridículo como fascinante: la mercancía efímera”.

Si queremos salir de la corrupción y de la violencia tenemos que pensar a El Salvador en el largo plazo. Pensarlo como un país de todos, donde las oportunidades se abren desde el conocimiento, la protección de la persona y el desarrollo de sus capacidades. Educación, trabajo digno, cultura apegada a valores humanos de igualdad, libertad y solidaridad, normas protectoras y sancionadoras, establecidas con principios de universalidad en el servicio a todos y con especial atención a los débiles y las víctimas. La cultura del cazador que impulsa el turboconsumo no nos lleva a ninguna parte. Sólo una reflexión seria sobre valores humanos y una aplicación de estos valores a la vida social puede liberarnos del relativo marasmo en el que vivimos. Los liderazgos tradicionales no han dado los pasos en esta dirección, al menos a la velocidad requerida. Por eso un diálogo nacional es necesario. Si no podemos solos, con la mediación de alguien que nos facilite entrar por los caminos de una nueva racionalidad, más parecida a la del jardinero que a la del cazador.

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