Roa Bastos: SUFRO PORQUE TENGO QUE ESTAR SOLO

Eduardo Badía Serra,

Director de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

Augusto Roa Bastos fue un gran escritor paraguayo, muy conocido en la literatura latinoamericana, gran relator de la historia de su pueblo, particularmente de la cruda realidad que este ha vivido a lo largo de la misma. Ganó el premio Cervantes en 1989, y entre sus obras se cuentan “Yo el supremo”, considerada por el periódico español El Mundo como una de las cien mejores novelas del siglo XX. Exilado por muchos años debido a su oposición a la dictadura de Stroessner, supo mantener sus posturas hasta su regreso a su patria. Otras obras de Roa Bastos son “El trueno entre las hojas”, “El baldío”, “Los pies sobre el agua”, “Madera quemada”, “Moriencia”, y una a la que quiero referirme en esta oportunidad, “Hijo de hombre”. En esta última novela, Roa Bastos describe etapas de la guerra del Chaco en un ambiente expresado de forma muy natural, aludiendo a culturas guaraníes, con un estilo impecable y a momentos impactante. Ganadora de muchos premios, “Hijo de hombre” elevó a Roa Bastos a los más altos niveles literarios de Latinoamérica y del mundo, aunque hay que decir que en justicia, no sólo ella sino su obra completa es de una enorme calidad literaria. En esta novela, por cierto, Roa Bastos relata que debido a la guerra, muchos paraguayos abandonaron su patria, entre ellos, y así lo cita, Agustín Barrios, luego Nitsuga Mangoré, de quien dice que “nadie sabe hacia adonde se fue”.

De esta novela escribí en mi pequeño  trabajo “De la soledad”, un apartado que llamé “Sufro porque tengo que estar solo”, aludiendo a una frase de Gaspar Mora, uno de los principales protagonistas de la novela, junto con Miguel Vera, quien es probablemente el principal. Deseo reproducir este apartado a continuación, para que se vea cómo la soledad se funde siempre con el hombre y hace de él su compañero irremediable. Y es que los hombres deben buscar la soledad. Cuando apremia la vida y el hombre sucumbe ante su existencialidad de “arrojado-ahí”, llena de perentoriedad y sobresaltos, la soledad es la mejor compañía, la única amiga en la cual pueden expresarse los sentimientos, los sufrimientos, las penas, sin temor a que estos puedan perderse en el morbo perverso de las exterioridades precarias del mundo. “¡Hombre necio!: – diría yo – Busca la soledad porque a ella irás irremediablemente. No le huyas. Desde ya acostúmbrate a su compañía. Así serás feliz y podrás encontrar la calma final”. Sabio Lope cuando decía: A mis soledades voy….de mis soledades vengo…..

Paso, pues, a eso que escribí comentando sobre el libro de Roa Bastos y el calvario de Gaspar Mora. Así dije:

“Hay hombres que buscan la soledad. Hay hombres que sienten la soledad. La de Gaspar mora era la soledad del abandono. “Cuando Gaspar Mora desapareció, su ausencia tardó en notarse. Dejó abierta su casa. No se llevó más que algunas herramientas…Era como si ya se hubiera muerto”. El viejo Macario, María Rosa y todos los del pueblo lo extrañaban, y lo buscaron hasta que las fuerzas se lo permitieron. Pero el leproso no aparecía por ningún lado. Al fin, llegaron a pensar que ya no estaba y quizá que ya no regresaría nunca. Al fin lo hallaron. Lo delató la música de su endiablada guitarra, que por cierto es lo único que construyó con sus herramientas, …y aquél hombre-Cristo además. Tosca y todo, le acompañaba ciegamente, hasta que el hachero la sintió, y con ella, allí todo enfermo y achacoso estaba también él, escondido de todo en su soledad.

Quiero estar solo….

Pero venimos a llevarte.

Yo ya estoy muerto.

Pero sufres, Gaspar.

Sí, sufro, sufro porque tengo que estar solo.

Fue inútil. El viejo Macario y María Rosa, y con ellos el grupo que les acompañaba, regresaron. Fue la última vez que lo vieron.

Contra todo eso no hay nada que hacer…..

Se olvidaron de Gaspar Mora, solo este en el monte. Un día, se lo llevó el cometa. Lo encontraron, de bruces sobre los guijarros y la arena de un cauce seco. Rápido le labraron una cruz y le plantaron la tumba. Este hombre, un día, aturdido por la vida miserable, optó por la soledad. Era un buen labrador de la madera, así con todo y la lepra que se lo comía. En el pueblo, unos lo respetaban y otros querían no verlo más. Macario entre ellos. Entonces, Gaspar Mora optó por la soledad, la soledad del desterrado, la soledad del que huy de la opresión y el desprecio de los hombres, opresión silenciosa la suya, porque nadie le atacaba físicamente. Buscó la soledad, no llevó nada con él, más que sus herramientas. Necesitaba su guitarra como única y suficiente compañera. Madera había mucha por allá, y de la buena.

Así lo encontraron, escabulléndose, ocultándose, huyendo de todos y de todo. Optaban por dejarle provisiones para sus necesidades, que él consumía y les agradecía escribiéndoles las gracias en la arena. Habían pasado años sin que supieran de él, y si no lo hubiera delatado su música, igual jamás lo hubieran encontrado vivo. Aun así, lo hallaron muerto, junto al río. Pensaron, en su imaginario crudo y temeroso, que se lo había llevado el cometa. El pretexto era bueno. Lo enterraron, pero se llevaron la guitarra, y después, al hombre-Cristo aquél de madera que él también había labrado, y que apareció en la choza, derecho, cabizbajo y  con los brazos extendidos, semejando, sí, a un Cristo.

“.

Así escribí sobre Gaspar Mora y su soledad. Roa Bastos hizo esta novela en aquél pueblo de Itapé. Hijo de hombre, le llamó. En la forma en que lo he expuesto, lo resumo, haciendo de él una expresión de cómo la soledad es la única compañera real del hombre en su vida de “arrojado-ahí”.

….Gaspar Mora se escondió, leproso, en el monte. Dejó el Cristo…..

Así murió Gaspar Mora. Solo, solo en su soledad.

“ – ¿Dónde están los hombres? – pregunta el Principito.

—Se está solo también con los hombres. …. – responde la serpiente.

Y esa noche se puso en camino, el Principito, solo, solo con su soledad…y los hombres pusieron al cordero a cuidar la flor…….

La soledad es la compañera inseparable del hombre. “El infierno está todo en esa palabra”, dijo una vez Víctor Hugo.

" Tres Mil : ."