Poemas de Ana Delmy Amaya Aguilar

Me honro y me protejo

Honro en mi

el templo de arcilla

que me sostiene y sobrevive

las calles y caminos elegidos.

Honro la juventud sagrada,

en su brillo candente,

sobre el viento claro,

el ritmo cadencioso de la lluvia

y los sádicos amores desintegrados.

Agradezco las caídas

que me fortalecieron

las borrascas,

los duendes que surcaron

los celestes sueños,

las ingenuas decisiones

sobre los pasos,

los caminos escabrosos,

en la encrucijada del tiempo,

los sueños fallidos,

los sueños sagrados,

los sueños tardíos,

el falso aliento de amores esfumados,

el insomne ruido

de tus infiernos

que, inequívocamente

menguaron la ternura y la esperanza

Honro y bendigo, mi reverente hoy

y la barrera protectora

de arcángeles

escudo impenetrable,

que me cobija

en noches densas

y brillantes días,

donde  quepo liviana ,con mi sombra,

sin espinas que rasgan la carne

ni cuervos que se mueren de hastío

frente a mis puertas cerradas,

mientras me cruzan los silencios,

de las horas tersas

que guardo en los relojes mágicos

de mi tiempo sin tiempo

 

Cíclico caminar

Filosas y sofocantes espinas

nos rasgan,

griterío de unos,

de otros,

de todos

calles  sórdidas y robotizadas

rebelión que corroe

los huesos

y la carne

antenas vibrátiles

inventariando voces,

inventariando muertos

inventariando cosas como muertos

y muertos como voces en bandeja

 

2

Lánguidas y sinuosas sendas,

como serpientes vivas

muerden los días

y reciclan la maldad asfixiantes

de aquellos días,

días de antes de antes

y la historia crece, circularmente

enhebrando rostros nuevos

que se encogen, enmudecidos

ondulantes,

asombrados,

en su diario caminar,

de nubes rotas,

como goterones de sangre,

sobre el asfalto

y la maleza…

 

Mares inquietos

Al otro lado del silencio

suben inciensos

con sonrisas, sueños

y soledades,

desde el altar

de plumas y palmeras.

Al otro lado del silencio

estás vos, peregrino

como beso incierto,

en el templo del olvido.

Aquí, en el malecón de tus labios

hay voces,

presintiéndote perdido,

en los mares celeste

en los mares ansiosos

en los mares de nenúfares

Y algas

en los mares

que inquietan

mis vertientes

 

Las Diosas se llevaron sus secretos 

Hay una marca común

en las mujeres que mueren

en la intemperie salvaje,

del grito estrangulado

en la violencia,

una expiración ruidosa en su agonía,

un tatuaje de odios y egoísmos

y unos soles oscuros, que  no alzan llama

 

2

Cuando muere una mujer

en circunstancias macabras,

se cierra el cielo en su hermosura,

el cosmos se desangra en su tibieza

y el mundo lo también llora.

Ellas se llevaron sus secretos

sobre el rímel,

el carmín de los labios,

la maldad del verdugo

y los sueños cercenados en sus sienes.

 

3

Sabemos que iban vestidas

de la paradoja del crimen disfrazado

galopante en el páramo

de los días perdidos

como un laberinto gris

matizado de intriga y de violencia

Ellos,

aún con el despecho y el odio,

secretado en el cuerpo,

como  víboras que van expulsando su veneno.

 

4

Sabemos , acaso, ¿cuál fue la  última voluntad

de las Diosas?

su última voz,

su último deseo,

su última acción

su último grito

su última fuerza y autodefensa,

su último pensamiento,

su último aliento,

y la hora exacta de último lamento

en despedida?

No obstante,

todos sabemos

que presintieron su finitud muy cerca,

que el mal las espiaba  a través de la rendija,

del infierno voraz del crimen y el despecho .

Sabemos también del grito

desgarrado en la tortura

el salvajismo recorriéndoles la carne

la sangre en cascada

brotando de sus vértices heridos.

Sangre y carne de Diosas fenecidas,

despojadas de su cetro y su corona.

Es inútil decir, a estas alturas.

lo impredecible de los hechos.

Sin embargo

hay una luz vigilante

como daimón resonando

y

torrentes del castigo merecido

Nada está vedado bajo la sombra de lo alto

Y…la luz, hilvanará la justicia

gestándose en el vientre de la Patria,

contra el feminicidio salvaje,

que se volvió, el menú cotidiano

del mundo y sus fronteras

 

5

Abrazaméee,

que el alba está

asomándose,

de nuevo

a la ventana

 

Tres Mil :