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Necrocovidcom

 

Necrocovidcom

CÉSAR RAMÍREZ CARALVÁ

Bajo aquél cielo azul no tenemos nada que temer, la brisa es un trapecio en las ramas de los árboles primaverales, las carreteras son yunques y martillos para los cauchos de las llantas en kilómetros grises de carreteras tropicales, mientras los desafinados motores zumban monótonos, aquellas calles de concreto ya no son asfalto, su color blanco no es racistas solo un gris horizontal en la ciudad de San Salvador, existe un microcosmos social en cada tramo avanzado, con universos asimétricos, nada de gótico o colonial, solo un canto residual de vocales a medio pronunciar con órdenes que se escuchan al atravesar las comunidades; en nuestra realidad latinoamericana coexisten el primero, segundo, tercer o cuarto mundo separado por metros amurallados o por barrancos de afluentes que en invierno se convierten en ríos caudalosos, en fin todos los mundos cohabitando en la cultura de la pobreza.

Lejos, en una ciudad jamás nombrada llamada Wuhan se desarrolla el capítulo inédito de un virus que sella la ciudad, tan lejos, tan lejos… apenas creímos que un virus tuviese la fuerza para sobrepasar la muralla distal de océanos, viajar entre continentes, superar miles de kilómetros e instalarse entre nosotros, esa calidad llamada lejanía nos protegía -fuimos ingenuos- mientras el evento existiera al otro lado del mar, creímos que no pasaría acá por su contención distal, por ello en inicios de enero 2020 despreocupados dedicábamos el tiempo a discutir eventos cotidianos, no obstante la frecuencia de noticias nos anunciaba el mal de aquellas ciudades.

Pronto a finales de enero devoraríamos cantidad de literatura médica, social e histórica.

Wuhan es la capital de la provincia de Hubei, una ciudad de 11 millones de habitantes, su sombra se proyecta con miles de muertes y otros tantos contagios a fines de año del 2019, por cada persona afectada 3 o 4 más contraerán el virus, todo coincide con el nuevo año chino llamado de la rata que inició el 25 de enero de 2020, pero las autoridades chinas decretaron un aislamiento de personas tanto en Wuhan y otras ciudades calculando aproximadamente 500 millones, esos datos no solo son alucinantes, sino fantásticos en nuestra realidad latinoamericana. Como siempre me decía eso no pasará acá, así imaginé la proporción entre Wuhan-Centroamérica aquello era toda la región hasta Panamá y un poco más, en ese momento aún vivíamos un enero agradable.

Aquél diciembre de 2019, en Wuhan apareció una gripe inusual invadiendo los hospitales, los médicos le llamaron gripe atípica o neumonía atípica, eran pacientes con fiebre y tos… síntomas conocidos como una influenza, pero sus exámenes no lo eran, las radiografías, los exámenes bacteriales o virales eran inusuales… la cantidad era sorprendente. Pronto los científicos comprendieron por el anuncio de eminentes médicos chinos que la enfermedad era en realidad un virus, poco después fue denominado COVID-19 o Coronavirus 19, sus huellas podrían seguirse en pavorosas estadísticas; en libros

antiguos leíamos de pandemias europeas provocadas en América, otras orientales, africanas; los viejos textos podrían asociarse a las ficciones de Howard Phillips Lovecraft en su obra Necronomicon, aunque marginal ese documento recuerda el Libro de Los Muertos egipcio, mencionado en otras tantas bibliografías llanas, oscuras, superficiales pero repletas de datos insospechados de conocimiento arcaico, quizás la coincidencia en lo desconocido provoca ese sentimiento desolador en la humanidad, pero nos hace reflexionar en nuestro arsenal del siglo XXI el cual apunta al lado equivocado ¿de qué sirven las armas nucleares en este momento? ¿los ejércitos con armas masivas y gases exterminadores de humanos? ¿los misiles? Todo eso no defiende de un virus silencioso y mortal, existe casi todo y ni siquiera una vacuna contra un pequeño virus…  sorprendente.

Esa enfermedad tiene la fuerza para cerrar una ciudad de un nivel tecnológico superior, imponiendo el miedo a su cultura ancestral, para nosotros era una novela hiperrealista en este lado del mar porque el temor no existía, creíamos se desvanecería en pocas semanas y los científicos resolverían todo, porque siempre confiamos más en nuestros académicos y menos en los actuales políticos gobernantes;  mientras en oriente las noticias del SARS y el MERS aparecieron hace años, el nuevo evento se propagaba a una velocidad sin precedente, aquellos contagios anteriores eran de meses, ahora días.

Muchos libros antiguos relatan extraños conocimientos,  el Necronomicón es ficción del siglo XX, pero no se compara con el Covid 19 que es real y tiene elementos desconocidos, tal vez el nombre tiene esa sonoridad tenebrosa que puede nombrarse como Necrocovidcom que tiene un continente de historias tan reales como épicas de sobrevivencia, una de ellas es del médico en su clínica privada, que en atención a pacientes extranjeros aún sin conocimiento del Covid 19, atendió a muchos con influenza atípica, pronto experimentó los síntomas, desarrolló el cuadro pulmonar y “en sus ataques de tos  prefería morir a sufrir un repetitivo ataque de contracción intercostal, fueron tantos que finalmente percibió una luz emergente en su entorno hasta perder la consciencia, entonces murió (o se entregó a la inconsciencia) por  tiempo indefinido, al recobrar el conocimiento había un silencio en la habitación oscura, era la morgue, su educación médica le ayudó con la calma, se relajó y espero, no era fácil por sus músculos intercostales doloridos y contraídos, hasta que horas después ingresó el personal con un cadáver, entonces con su última fuerza pronunció: ahh, ahhhh, ayudaaa,  ese lamento provocó que los camilleros huyeran despavoridos, pero pasado el susto regresaron por él, había sobrevivido para contar el cuento desde un hospital europeo… era febrero en San Salvador de 2020… el virus se encontraba expandiéndose en nuestro continente americano.

 

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