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Impago y Golpe de Estado 1931 (VI)

Intimissimun

IMPAGO Y GOLPE DE ESTADO 1931 (VI)

Por Caralvá

6 de diciembre de 1931. Diario Latino

Los que disuadieron a Don Arturo a resistir

Los Drs. Enrique Porras y Carlos Menéndez Castro, en Santa Ana.

Fueron los doctores Enrique Porras, Carlos Menéndez Castro y don Luis Vega B. cónsul de Guatemala en Santa Ana, quienes se presentaron al Cuartel a fin de disuadir a don Arturo de no ofrecer resistencia; que era inútil y estéril un derramamiento de sangre, que era verdad que él era el Presidente de la República, más la oposición formidable y que su Gobierno había tocado a su fin. Don Arturo respondió: Soy el Presidente de la República y no saldré del territorio sino hasta que se hubiera derramado la última gota de sangre, pues sería una cobardía el salir huyendo”. Los razonamientos que le pusieron las personas indicadas terminaron por convencerlo y fue entonces que don Arturo manifestó al coronel Somoza, que quedaba en libertad de acción, pues él partía rumbo a la frontera.

En este instante el coronel Somoza comunicó al Directorio su rendición, izó la bandera blanca en el Cuartel, a lo que el Directorio le respondió que debía depositar el mando en tres oficiales del Ejército. Convencido don Arturo que en el cuartel había apenas unos doscientos cincuenta hombres, de que el pueblo santaneco estaba indignado por la actitud de manifiesta agresividad iniciada por el Gobierno derrocado contra Cipriano Castro, y por los mil y un desaciertos y tropelías de su Desgobierno y desenfreno, y que resistir en Santa Ana habría resultado un suicidio, optó por mejor atravesar la frontera a las once y cuarenta minutos de la mañana, abandonaba la última pulgada de tierra patria, para dirigirse al ostracismo a expiar las culpas de su negativo gobierno.

06 de diciembre de 1931.Diario Latino. Hoy Aniversario de la intentona de Aberle y Noguera

(fragmento) Hoy cabe que la Juventud Militar Impone el Derecho y la legalidad, cabe hacer un recuento del seis de diciembre de 1927, en que la osadía de dos bravos militares fue castigada con la muerte.

Tres diciembres trágicos hay en los anales patrios.

Y entre el gesto libertario de la juventud militar del dos de diciembre en la noche y la intentona de Aberle y Noguera, se destaca con negros crespones el trágico 25 de diciembre de 1922 en que se masacró al pueblo salvadoreño.

Hace cuatro años, a las ocho de la mañana de este día seis de diciembre de 1927, San Salvador fue sorprendido por el Golpe de Estado que trataba de dar en tierra con el régimen administrativo del doctor Pío Romero Bosque, quien estaba a la sazón mal visto por cierto elemento reaccionista, el que, no contento con los procedimientos de aquel Gobierno buscaba en el ejército, sorprendiendo la buena voluntad de elementos militares de valía, hombres que afrontaran la situación y que no decidieran deponer  al Presidente que, por fortuna de él, detuvo el golpe que se le venía encima.

Cuatro años hace que las calles de esta capital fueron sorprendidas por la alarma de gente armada que iba de una a otra parte, afanosa, preocupada, urgida: ir y venir de automóviles y movimiento en los cuarteles: caballería y agitación en los habitantes de la ciudad.

¿Después? El Estado de sitio, los apresados que se creían no estaban comprometido, la expulsión de algunos hombres y por último, el dominio de avalancha por el propio Presidente, la reclusión del coronel Juan E. Aberle y Mayor Manuel Alfaro Noguera.

Ya se sabe de la resonancia que tuvo este fracasado intento de Golpe de Estado en toda la República y la disposiciones terminantes del Primer Mandatario, después de haber conjurado el peligro que estuvo a punto de terminar con los nueve meses y cinco días de su administración y que -de haber triunfado los que se levantaran- quién sabe si el hoy expresidente estuviera en destierro o hubiera padecido en mazmorra penitenciarias, sufriendo las consecuencias que se derivan del golpe de estado.

San Salador se estremeció fuertemente y por horas estuvo sometido a esas dudas e indecisiones que existen en los ánimos cuando se ignora el porqué de tal o cual acto de subversión.

Pasados los acontecimientos y el lapso en que se encerraron hechos que poco más, poco menos se conocen, pudiéramos hacer una reseña de los motivos de aquella rebelión y el resultado de ella; el tacto político del doctor Romero Bosque y todo lo que envolvía y que diera ocasión para que germinara el deceso de derrocar a un gobierno de transición como era el que regía aquel gobernante; más no son estos momentos oportunos para recuentos históricos y ya se llegará el día en que se conozca en todos sus detalles lo que podría haber cambiado la faz de los destinos de El Salvador.

Hoy es cuarto aniversario de aquel fracasado movimiento subversivo, el que costara la extinción de dos vidas jóvenes, llenas de energía, valientes, hechas para cruzadas épicas, las que se recuerdan con cariño y admiración, por su arrojo y audacia.

Sabido es también que, al pasar el doctor Romero Bosque a su vida privada, vino también el cúmulo de denuncias, entre ellas, las que se introdujeron a la Asamblea por el fusilamiento de estos dos jóvenes, promesas de la patria y pundonorosos militares que supieron, hasta en los últimos momentos, conservar su continente de hombres que tenían bien puestos el corazón, los brazos y el cerebro.

Y, extraña coincidencia: tres épocas, en las que mediaban cinco años, y cuatro, hubo tres diciembres rojos, manchados de sangre de patriotas. Ellos son:

Veinticinco de diciembre de 1922, cuando las ametralladoras, la fusilería de la soldadesca y de hombres sin religión y sin ley, asesinaran en las calles de esta capital a gente indefensa, para, por ese medio atemorizar a los ciudadanos e imponer una candidatura presidencial.

Llega después de cinco años el seis de diciembre de 1927, día martes, en que por buscar cómo derrocar a un Presidente y su Gabinete, dos hombres encontraron la muerte al pie de los muros de la Penitenciaría Central, en una madrugada nebulosa, friolenta y llena de urgencia militares.

Pasan otros cuatro años y se presenta el dos de diciembre de 1931, día miércoles. Y es esa noche que las ametralladoras siegan vidas, que la fusilería pone pavor en los habitantes de la capital y que el empuje de las vigorosas fuerzas, audacia, decisión y fe de unos cuantos muchachos valerosos quitan de encima las privaciones y dolores del pueblo salvadoreño, derrocando un régimen administrativo desastroso, pocas veces contemplado en la vida republicana salvadoreña.

 

 

 

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