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Elecciones 2019: otro ensayo sobre la ceguera (1)

René Martínez Pineda

Director Escuela de Ciencias Sociales, UES

Las elecciones (evento en el que el descontento y desilusión, tomando la palabra, pusieron en jaque mate al bipartidismo) han sido: un ensayo sobre la ceguera; un relato estrujante de principio a fin, de norte a sur, de arriba a abajo. Son una corta y larga historia, áspera y acre, apta solo para los valientes que dan la cara para sentar posición o para salirse de ella sobre la base del análisis de los hechos desde sus ojos, análisis que más que ser incorrectos o correctos son el reflejo de su conciencia o no conciencia de clase; son escrutinios duros, porque en las calles, en la esquina de los siempre sospechosos de todo, en los bares y burdeles de la política fraudulenta enfrenta a pobres contra pobres, circo romano del sufragio; son un proceso cruel porque nos ha regresado a la Santa Inquisición, o al 10 de mayo de 1975 en el que nos robaron el poema de amor más hermoso y agudo en el intento de robarnos el nuevo turno del ofendido.

Ese ensayo real sobre la ceguera ha sacado, con alevosía, lo peor de la esencia humana de muchos; ha propiciado el comportamiento agresivo más extremo y lapidario que solo surge ante condiciones desesperadas, insólitas, amenazantes. Cuando caemos en esa triste situación es porque hemos quedado ciegos… y creemos que nos movemos, pero en verdad estamos estancados en las huellas de nuestros pasos. Eso es la ceguera colectiva como comportamiento sui generis, ese tipo de ceguera de la que escribió, como metáfora magistral, Saramago.

“Encendió la señal verde y los coches arrancaron bruscamente, pero enseguida se advirtió que no todos habían arrancado. El primero de la fila está parado, tendrá un problema mecánico (…) El nuevo grupo de peatones que se está formando en las aceras ve al conductor inmovilizado braceando tras el parabrisas mientras los de los coches de atrás tocan frenéticos el claxon (…) El hombre que está dentro (…) repite una palabra, una no, dos, así es realmente, como sabremos cuando alguien, al fin, logre abrir una puerta, Estoy ciego…”. Así inicia la novela de Saramago, con la irrupción de una epidemia –pensemos en las elecciones- que anula la visión y libera el demonio de la censura y el resentimiento que puede ser objetivo o subjetivo, eso es lo de menos porque los resultados son los mismos: la violencia horizontal que hace que la historia se doble sobre sí misma o se desdoble sobre lo que puede ser: los sueños colectivos.

Al analizar las elecciones como hecho político y como hecho electoral (que no son lo mismo, pues sus resultados se miden de distinta forma) los sociólogos debemos correr el riesgo –por aquello de la censura entre iguales que llega al insulto de parte de quienes nunca han sido protagonistas en la historia de lucha del pueblo- de escribir un estilo irreverente que nos libere de la tiranía de los signos de puntuación (porque ninguna idea acaba en sí misma, ni ningún diálogo ya dijo todo lo que tenía que decir); el estilo insurrecto del saber crítico que solo utiliza comas y algunos puntos y seguido… o puntos suspensivos, porque hasta las historias frustradas pueden convertirse en historias triunfantes cuando la protesta social es voluntad colectiva. En las elecciones como ensayo sobre la ceguera solo los ricos y sus testaferros tienen nombre, los otros, la inmensa mayoría, los eternos excluidos por pensar distinto o por vestir mal, no tienen nombre, ni biografía, ni cuentas de ahorro, ni patrimonio y, por tanto, no tienen patria, aunque a pesar de esas carencias adquieren -por llevar su imaginario a la calle- una intensa personalidad: la protesta social que anda ansiosa de nuevos liderazgos. Por ser su única arma, los votantes recurren al sentido común del refrán como pensamiento político (gallina que come huevos, a aullar aprende) y con ello ese acopio de sabiduría popular, al estar a merced de la propaganda alienante, se transforma en un epítome retórico cada vez más distante y ajeno a la cotidianidad, por lo que es retórico y fantasmagórico.

Si los resultados electorales no son los esperados (por las buenas o por las malas) es inevitable que el votante descalzo termine como los personajes del libro de Saramago: exhausto, apesadumbrado, iracundo, vacío y sin anhelos sobre el porvenir de su país, el que no es más que su porvenir, lo cual no es un problema para los políticos (o estos no le toman importancia a esos sentimientos de la miseria humana porque se sienten superiores) debido a que le han enseñado al pueblo a olvidar. Al terminar la resaca del escrutinio final “vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”. Por un momento que nunca termina, “se despertó el bien y el mal (para darse la mano) y al final la pobre vuelve al portal, la rica vuelve al rosal, y el avaro a las divisas” (Serrat).

Con las elecciones como un proceso viciado que, con campañas sucias, busca ensuciar la cultura política del pueblo, más las acciones de violencia social –supuestamente ajenas a las mismas- acabamos metiendo la conciencia social en el color de la sangre que ya fue olvidada, y en la sal de las lágrimas de quienes ven como su paraíso terrenal la casa de empeño y, como si mucho fuera muy poco, se le pone al pueblo una venda en los ojos o se confiscan de sus casas los espejos que reflejan lo que está más allá de la piel y muestran, en silencio y a solas, lo que negamos ser con la boca. Estas elecciones como ensayo sobre la ceguera han llevado a los partidos tradicionales al laberinto del oscurantismo donde no existen caminos rectos. De ese material quieren hacer al pueblo: un tercio miedo, otro tercio ignorancia, otro tercio más vileza y otro tercio más (si el cálculo lo hace algún candidato presidencial eso es posible) de silencio. Al ser construidos así, los pueblos se dan por vencidos, se cansan de buscar una salida honrosa y soberana a las ofensas sufridas por el capital… y se consuelan con soñar días mejores que los días pasados, talvez no siendo libres, pero sí sin hambre; días en los que “el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha”. Sin embargo, el turno del ofendido siempre busca nuevos jugadores.

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Un Comentario

  1. Bertolt Brecht dijo una frase que continúa siendo vigente:
    “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.” La dialéctica del desarrollo continuado es lo que verdaderamente sirve a los pueblos.