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viernes , 15 diciembre 2017
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Tanto la paz, como la convivencia, tienen una base poética

Víctor Corcoba Herrero*

Apuesto por las alianzas mundiales, viagra y no por las interesadas de ciertos grupos, que lo que menos cultivan es el amor como fundamento de sus existencias. Mal que nos pese, necesitamos sentirnos aceptados, queridos y sustentados, por estos caminos de la vida. Aparte de hallarnos para sentirnos vivos, ciertamente requerimos sostenernos en familia, tener linaje, vivir en filiación como referente y referencia del camino, y así poder familiarizarnos con otras culturas, con otros modos y maneras de caminar,  para aprender unos de otros a cohabitar en ambientes más armónicos.

Por eso, me alegra infinito que Naciones Unidas haya optado este año 2015, para celebrar el Día Internacional de la Paz (21 de septiembre), bajo una llamativo símbolo (“Alianzas para la Paz, Dignidad para Todos”), en el que se pretende resaltar la importancia de que todos los grupos sociales trabajen colectivamente para lograr la concordia entre la especie humana. Desde luego, la labor de las organizaciones internacionales no sería posible sin las coaliciones entre gobiernos, asociaciones del sector privado y sociedad civil, los grupos religiosos y otras organizaciones no gubernamentales necesarias para que la convivencia mejore cada día, pues no está la felicidad en vivir, sino en saber simpatizar para convivir.

A partir de septiembre de 1982, venimos celebrando esta apuesta por la paz y a mí, personalmente, esta fecha me interroga ante la multitud de contrariedades que llevamos consigo. Con lo armónico, algo con lo que todos ansiamos coexistir, pasa lo mismo que con el amor, se habla mucho, pero en realidad nos mueve más el interés que otra cosa. Todo decimos querer la paz y se fabrican más armas que nunca. Seamos coherentes.  Busquemos la unidad sin temer a la pluralidad. Respetémonos. Solo eso.

A veces, buena parte del mundo, tiene más necesidad de respeto que de pan. Las cuerdas que nos amarran son como alianzas que nos unen, en realidad son hilos de necesidad, que hemos de avivar comenzando por respetarnos a nosotros mismos. De ahí; que tanto la paz, como la convivencia, tengan una base poética. Con razón, la poesía, nos alienta y nos alimenta, nos asombra y nos sorprende, al igual que un melódico pentagrama en el corazón de las gentes. Es cuestión de guardar silencio para sentirnos unidos. Comprometámonos a vivir en la poesía, a enseñar a nuestros hijos el valor del ser humano, como el poema más perfecto, y a entonar el abecedario de la consideración por el prójimo como algo próximo. Sería un buen recomenzar con los deberes.

Cada poema es único, igual que cada ser humano, también es único. En cada poesía late, con mayor o menor intensidad, la búsqueda y el sentimiento. Si la búsqueda nos hace seres pensantes, el sentimiento nos mueve el intelecto. En consecuencia, pienso que el odio, o la misma venganza, únicamente pueden cohabitar por una incomprensión natural de la vida. Precisamos, sin duda, que la formación gobierne nuestros andares.

Nada es más importante que la educación para sentirse adaptado a lo mundial y, de este modo, construir sociedades pacíficas. Precisamente, hace unos días me decía una maestra, que le había preguntado a sus alumnos sobre su objetivo en el nuevo curso. Todos indicaban que aspiraban a las mejores calificaciones. Sin embargo, ningún alumno advertía que quería ser mejor cada día. Todos querían saber más, pero ninguno quería ser mejor compañero. Como me indicaba la educadora, su clave no es tanto enseñar como despertar la ilusión por aprender más allá de unos simples contenidos, y en este sentido, me subrayaba, el desvelo de obtener lo mejor de sus alumnos, haciéndoles personas de bien, o sea de valores, con el deseo de convertirlos en buenos ciudadanos en el futuro.

*Escritor

corcoba@telefonica.net

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