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lunes , 18 diciembre 2017
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Suicidio místico

Suicidio místico

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

rafael.laramartinez@nmt.edu

Desde Comala siempre…

 

Fuga en réquiem de JL (1983-2017)

 

Hay momentos cuando lo único que vale es rezar.  Repetir de memoria a ritmo pausado de mantra “Padre Nuestro que estás en los Cielos…”.  Sé que pronto me otorgarás tu veredicto final, pues a sorbo lento bebo el vaso de veneno que me concede tu Presencia real.  Acaso en breves instantes culmine el auténtico misticismo, en el encuentro efectivo con el Creador.  Nadie puede evadirlo.  Simplemente todos prolongan el intervalo al volverse adictos a la comida.  Su vida-adicción encubre la nueva droga del crimen culinario.  Matan animales cuyos cadáveres absorben luego en aderezo.  En paradoja, los ingieren por el mismo órgano corporal que les sirve a expresar tu Palabra.  Por esta razón se ignora cuál sea el rastro más estricto.  El de la memoria que se exhibe en indicio del pasado.  El matadero que exigen quienes organizan tales desplantes de huellas históricas.  Persiste el rastro en dúo musical: degolladero de animales y reliquia humana de la memoria.

Siempre he pensado en la discrepancia tremenda entre comer y hablar.  Quizás también el besar.  El maldecir y bendecir se confunden en el mismo contrasentido del espíritu humano.  Por la boca inhala alimentos al sobrevivir en el cuerpo.  Por la misma abertura exhala nombres al perdurar fuera de sí en la palabra.  Es difícil aceptar ese triple réquiem cotidiano que llamamos desayuno, almuerzo y cena.  Al instante cato su sabor amargo en la cicuta que me salvará de este destino depredador.  La que culmina en el éxtasis Divino.  Por eso ciertas culturas prohíben la carne de animales simbólicos, mientras otras les cambien los nombres para ocultar su precedencia cruel.  Salvo en pueblos distantes, ya perdimos la noción de sacrificio, la de matar una bestia —tensa en su sentimiento— desangrarla como vampiros y destazarla, para luego venderla en tajadas suculentas.  Otro trago de veneno agrio me acerca del éxtasis Divino.  “Santificado sea tu nombre”.

 

A esta denuncia del crimen primordial —del sacrificio culinario— se añade la flacidez de mi cuerpo, cada vez más endeble.  Varios achaques graves me afecta el vestido biológico del alma.  Lo ideal sería cambiarlo de igual manera que, por el sudor, a diario mudo de camisa.  Sería un simple trasplante para el avance técnico actual.  Empero, en esta sociedad de consumo, los asuntos de salud los complica la medicina vuelta negocio.  Hemos perdido los derechos humanos elementales.  La vivienda decae entre champas y barriadas que pululan al lado de mansiones pomposas.  La educación apenas progresa, orientada hacia lo utilitario, y la salud pública no provee los medicamentos básicos para el alivio del pueblo.  Tal sería lo justo.  Por derecho de vida, todo ser humano obtendría su dote de casa, instrucción e higiene corporal.  Por mi suicidio, “hágase tu voluntad aquí en la tierra, así como en el cielo”, donde me darás “el pan nuestro de cada día” en el alma.

Mi vida transcurre al aceptar el dolor con amor.  Lo consentí por años.  Quistes que me corroen la columna.  A diario, me quebrantan el porte y encorvan el ánimo.  Pierdo el equilibrio físico y moral.  La decisión mengua y ya no me valgo por mí mismo.  Cojeo entre el pie izquierdo que ya no funciona y la sarna que me excava túneles bajo el espíritu marchito.  Una doble roña me autodestruye pese a las personas que aún me aman.  Pocas ya que casi nadie me entiende.  Mi suicidio puede tildarse de egoísmo, pero los años se suceden y el sufrimiento crece a mayor prontitud que la ilusión de un futuro.  Yo lo considero verdadero amor por mí mismo.  Dejar esta Tierra cuya mayor ofrenda ha sido el tormento.  Al ensimismarme y hundirme la única esperanza es vagar en nube y como la niebla rondar entre la fronda.  Humedecerla cada 3 de mayo.  Temprano, regaré los cogollos antes de florear.   Por eso, malogrado, me marcho precoz como la Estrella Matutina quien prepara el alimento íntimo de esta comarca.  Como la Vespertina que nos conduce hacia lo secreto.  “Y perdona nuestras ofensa, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

No espero piedad alguna si antes no me arrepiento de mis actos.  Toda enmienda personal antecede la clemencia Divina.  Por este lamento, líquido espeso en veneno, rectifico previo al indulto que al instante se avecina.  Los espasmos se aceleran en el estómago, mientras la baba escurre espumante de los labios entreabiertos que se entiesan.  Las manos tiemblan.  El cuerpo se estremece, mientras la sangre hierve hasta quemar la piel tatuada de cometas en ronchas de lava.  Las luces celestes me acercan al Creador y predestinan mi porvenir de celaje.  Ese deambular eterno que de lo sólido me licúa hasta volverme vapor a la deriva.  No habrá alto ni anclaje que me sujete a un sino preciso.  Regido por el giro perenne de los astros y del Tao.

 

Es cierto que mi carne carcomida de ponzoña se deteriora.  Enrojece palpitante al sumergirse en los tóxicos que me acercan al Creador.  Empero, mi navío espiritual seguirá bogando cual nube inmaculada.  Este día de la muerte despejan los Cielos para darle cabida a mi vocación aérea.  Se arraigará en el Empíreo, de igual manera que los huesos —la materia dura de mi cuerpo— persistirá enterrada por siglos en testimonio escrito de mi presencia superficial y mundana.  La única que la historia se vanagloria en recordar.  En este olvido perenne, “líbranos del mal”.  Mantén firme mi vocación de nubarrón lluvioso al ceñir la piedra y la semilla en retoño.  Bajo el atuendo de nube en llanto, abonaré de musgo la roca y la semilla de cieno.

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