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Martes , 19 Septiembre 2017
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Somos un relato de otro relato

René Martínez Pineda *

Cuando hablamos de la realidad, sin excepción alguna, lo hacemos desde nuestro cuerpo-sentimientos como un algo social reconocido, sin que tomemos en cuenta la exactitud físico-matemática del tiempo-espacio, no importa si estamos haciendo un análisis sociológico de la coyuntura o, como es más usual, un recuento ligero y dinámico de recuerdos y olvidos que le dan coherencia a nuestra biografía. En eso consiste la sociología de la nostalgia del pensamiento crítico, en contar nuestra historia desde el imaginario, para que las historias que la cuentan cambien su forma de vernos, dándonos la identidad y experiencias que hemos escogido como válidas, aunque no lo sean. Eso mismo hacen los medios de comunicación social, contar su historia para cambiar la historia contada, o sea para cambiar la realidad a la imagen y semejanza de la burguesía y en ese truco los medios se descubren a sí mismos tal cual son.

Al final, el reconocimiento o descubrimiento de quiénes somos en realidad más allá de nosotros mismos –eso que la sociología llama identidad sociocultural de las personas- parte del hecho lapidario de sabernos solos en medio de todo el mundo, o de sabernos únicos no obstante ser cortados por la misma tijera (la de la cultura, ese violinista en el tejado que nos persigue por todos lados) o de saber que, en definitiva, somos las palabras de una historia que es contada por la historia oficial que cuenta miles de historias acerca de la sociedad en la que, si tenemos suerte y paciencia, pernoctamos a quemarropa.

Entonces somos la historia personal y subjetiva –una de tantas- de la historia oficial narrando miles de otras historias, sin citas a pie de página, ni referencias bibliográficas doctorales, ni rostros indisolubles que reconocer, ni palabras inertes, porque la vida no sabe de esas cosas o sabe que dichas referencias y dichos rostros y tales palabras pueden ser modificadas por intereses ideológicos o políticos. Máscara y rostro. Rostro y máscara. ¿Cuál fue primero? ¿Cuál es la verdadera esencia de lo que somos o de lo que contamos que somos? Historia y nostalgia. Nostalgia e historia. ¿Cuál es la más cercana a la realidad objetiva? Todo eso nos define y afina como seres esencialmente construidos de palabras en eterna transformación, porque sin quitar ninguna de ellas, o sin agregar ninguna otra, podemos contar nuestra historia de diferentes formas y con distintos desenlaces. Entonces somos energía en tanto somos materia social que, a voluntad, se transforma a sí misma, pero no se destruye.

A pesar de saber todo eso, no deja de producir cierta melancolía rapaz, y cierta incredulidad científica, afirmar que, sin dejar de ser cuerpo-sentimientos (el ser social del que habla el marxismo), somos la historia que es contada por la historia oficial que cuenta historias a conveniencia. Eso ya lo dijimos, pero hay cosas que siempre es bueno repetir. Sin embargo, no hay misterio medieval, ni laberintos mágico-religiosos, ni pócimas mágicas ultra-secretas en esa afirmación de que, en última instancia, tan sólo somos palabras en constante transformación narrativa. Al final, la historia que se inventan los personas sobre sí mismas –la cual es modificada constantemente- es lo que define al ser humano en su talidad y resume la historia de la Humanidad en su casualidad, que es la forma alterna de explicar su desarrollo a partir de las historias frustradas que quedaron en el camino. Entonces, no se niega el carácter científico de la sociología al decir que somos palabras y que, por tanto, no pasamos de ser simples o confusas historias ambulantes, o que somos relatos hechos de relatos, que somos un cuento, y que vamos por el mundo contando la leyenda que somos y las leyendas que memorizamos.

En esa lógica discursiva en la que somos un relato dentro del gran relato que relata, en la que nos creemos el cuento que contamos de nosotros o el cuento que nos cuentan, es evidente que nunca podremos llegar a ser algo más que eso, seres hechos de palabras en constante transformación que pretenden cambiar aquello que no pueden cambiar; herederos sin testamento de palabras cuya autoría está en discusión; beneficiarios designados de palabras y que van dejando -a lo largo del tiempo y de los tiempos; a lo ancho de la geografía de nuestra cotidianidad sin latitudes ni coordenadas decodificadas o específicas- un  testamento de palabras, lo que tienen, lo que no tienen y lo que son más allá de sí mismas. En eso radica la eficacia contundente de los medios de comunicación cuando realizan su labor de manipulación de la historia y de los pueblos, lo cual explica cómo un genocida puede ser enterrado como un ilustre señor; que un ladrón de millones no pierda su título de nobleza; que se privatice lo público sin que el público se sienta agredido en su integridad y dignidad ciudadana; que aceptemos con la cabeza agachada que la impunidad del dinero sea la mejor y única forma de gobernabilidad; que nos creamos el patético y centenario cuento de que la flamante  responsabilidad social de la gran empresa se reduce a generar empleos con sueldos de hambre; o que nos creamos el cuento, que en verdad lo  creamos, de que somos el país más feliz de la región continental, no obstante tener a los tristes más tristes del mundo.

Pero, todos los cuentos son ciertos cuando no buscamos datos para convertirlos en información. Y es que, como firmó y afirmó Óscar Wilde diecisiete segundos antes de su muerte, “para la mayoría de nosotros la verdadera vida es la vida que no llevamos”. Bajo esa perspectiva, para nosotros la verdadera realidad es la realidad que creemos que existe, aunque no exista, porque necesitamos creer que somos felices aunque vivamos en la tristeza, ya que, para nosotros, el peor pecado que podemos cometer es no ser felices. Por eso no sabemos distinguir entre besos y torturas; por eso reímos cuando debemos llorar; por eso el relato de nuestra vida –el que nosotros inventamos- no coincide con el relato que nos relata en un mar de relatos. En esto último radica la particularidad de ser sin serlo –juego de identidad propio de los niños- y de esa forma paradójica la existencia se va convirtiendo, o se va relatando a sí misma, como problema y solución.

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