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jueves , 14 diciembre 2017
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Sobre la fotografía: Evans y Sontag

Sobre la fotografía: Evans y Sontag

Internet Foto art lara2Álvaro Darío Lara

Escritor/Poeta

Colaborador de Trazos Culturales

A partir de 1839 con la universalización del daguerrotipo, sovaldi sale se inicia un acelerado e indetenible desarrollo de la fotografía.

Despreciada en sus inicios por los artistas plásticos, for sale sobre todo por  los pintores, y aún más, por  los retratistas (quienes se aterrorizaron ante una técnica que ponía en riesgo su profesión), la fotografía se fue abriendo paso de manera incontenible.

Mucha agua ha pasado bajo los puentes, desde las formas más clásicas de este arte (la historia registra grandes discusiones y debates acerca de la naturaleza artística o no de la fotografía, en aquellos primeros tiempos), hasta llegar a las tendencias actuales.

Atrás quedaron los años de los inolvidables rollos fotográficos que revelábamos con tanta ansiedad, en los estudios, que en nuestro caso nacional, siempre nos remetieron a apellidos italianos o alemanes, principalmente. Luego, como en un rito sagrado, las imágenes eran  contempladas y compartidas con propios y extraños, para finalmente, ir derecho al álbum familiar, donde se guardaban  como tesoros, no sin antes consignar en sus respectivos dorsos, el  lugar y la  fecha de la circunstancia o persona a la que nos remitían.

En el seno del hogar paterno, conocí álbumes confeccionados en aquel especialísimo soporte de negro papel, donde las fotografías eran fijadas con esquineras; posteriormente aparecieron los formatos que las protegían con cubiertas plásticas y traslúcidas.

Ahora, en la sofisticada era digital, particularmente, con las notables aplicaciones que poseen los actuales teléfonos móviles, la captación de las imágenes se ha vuelto muy superflua. Se hacen miles de tomas – que por cierto ya no emiten sonido alguno- y que en su mayoría,  están destinadas a satisfacer –únicamente- la emocionalidad desbordante y excesiva del momento, pero que jamás llegarán ni a verdaderos archivos electrónicos, ni mucho menos, a dignas impresiones.

Recientemente, mi amigo,  el excelente fotógrafo artístico Julio César Ávalos, me recordaba en una misiva electrónica, la genialidad del inigualable Walker Evans.

Evans, norteamericano, nació en San Luis Misuri en 1903, y murió en New Haven, Connecticut, en 1975. Su extraordinario oficio de fotógrafo está íntimamente vinculado con una de las épocas más difíciles de la historia estadounidense, la gran depresión de 1929, de la cual dejó un testimonio invaluable, constituyendo así, un conjunto apreciable de obra fotográfica, que ha llegado a convertirse en uno de los capítulos más significativos de la historia del arte visual de todos los tiempos.

La riqueza de su legado, radica en la cotidianidad, en el testimonio humano, estremecedor, sufriente que recogió. Y no solamente en el área estrictamente  antropológica, sino en las ciudades, casas, edificios, almacenes, sitios públicos a los cuales dirigió su lente de artista, evidenciando  los cambios que las sociedades,  aún rurales de inicios del siglo XX,  sufrían ante  la proliferación de  los centros urbanos con su acelerada vida moderna, signada por un agitadísimo comercio.

Sobre Evans, la escritora y crítica Susan Sontag, nos dice en un apartado de su formidable libro “Sobre la fotografía”  (1975): “La cámara de Walker Evans extrajo la misma belleza formal en los exteriores de las residencias victorianas de Boston a principios de los años treinta que en las tiendas de las calles principales de los pueblos de Alabama en 1936. Pero la igualación elevaba en vez de rebajar. Evans quería que sus fotografías fueran «cultas, calificadas, trascendentes». Hoy día, cuando el universo moral de los años treinta ya no es el nuestro, estos adjetivos apenas gozan de credibilidad. Nadie exige que la fotografía sea culta. Nadie imagina cómo podría ser calificada. Nadie comprende cómo cualquier cosa, y menos aún una fotografía, podría ser trascendente”.

¿Qué queda, entonces, consignado en una fotografía? Sueños, amores, ansiedades, fugaz felicidad, momentos irrepetibles que son arrancados –literalmente- de las garras del tiempo que todo lo destruye. Por ello, vale absolutamente la pena, seguir apostando al arte fotográfico, como una botella lanzada al mar de nuestro más profundo rostro, aquél que subyace, gracias a la magistral imagen.

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