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miércoles , 22 noviembre 2017
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Siempre llegamos tarde

Luis Armando González

Quién sabe por qué tara histórica El Salvador siempre llega tarde a lo que otros países ya han llegado (sea esto bueno o malo). En las primeras décadas del siglo XX, treatment cuando buena parte de las naciones latinoamericanas ensayaba su salto hacia la industrialización sustitutiva de importaciones, check en El Salvador (y Centroamérica, con lo que sería después la gran excepción costarricense) nos aferramos a un esquema económico oligárquico y sólo hasta los años 60 quisimos ensayar un proyecto de industrialización sustitutiva de importaciones, que no se consolidó al frustrarse la integración centroamericana, debido a la guerra con Honduras (1969).

Cuando las dictaduras militares, con su doctrina de la seguridad nacional, asolaron el subcontinente (a partir de 1964) nosotros seguíamos sometidos a regímenes militares herederos de formas de dominación fraguadas en 1931. Sólo hasta la segunda mitad de los años setenta, un general en el poder –el general Carlos Humberto Romero— quiso poner en práctica una versión de la doctrina de la seguridad nacional (con su “Ley de defensa y garantía del orden público”), pero ya era tarde para contener a una sociedad que se encaminaba hacia una crisis de enormes proporciones.

La guerra civil salvadoreña –no un mero “conflicto armado”— se inició formalmente en 1981; los principales movimientos guerrilleros latinoamericanos se gestaron en los años 50 y 60. Y, en Centroamérica, la revolución sandinista había triunfado en 1979. Esto hizo que, mientras que nosotros estábamos embarcados en una guerra civil, la mayor parte de países latinoamericanos estaban trabajando en su “transición democrática”.

A resultas de ello, llegamos después de otros a la discusión y a los retos de la democratización. Y en este plano, aunque hemos dado grandes zancadas –poniéndonos a ratos en sintonía con el resto de países de la región latinoamericana en algunos aspectos— no caminamos a la par en todo.

Por ejemplo, no caminamos al mismo ritmo en materia de memoria histórica y ajuste de cuentas con los crímenes de lesa humanidad cometidos antes de la guerra civil y durante la misma. Otros muchos países nos llevan la delantera y quizás en algún momento los alcancemos y nos pongamos a su altura. Hay indicios importantes que nos hacen creer que eso no tardará mucho.

Tampoco hemos caminado al mismo ritmo de otros en materia de persecución de la corrupción en las altas esferas gubernamentales. Pero comenzamos a hacerlo. Había quienes “comían ansias” (y con toda razón) al ver que los más variados abusos de poder –que incluye de manera preferente el enriquecimiento ilícito— se realizaban con la mayor impunidad, sin que se vislumbrara su persecución y castigo.

De hecho, hasta hace muy poco –en vísperas de las elecciones de 2014— el ex presidente Francisco Flores se mofaba de la comisión legislativa que lo interrogaba sobre la desaparición de fondos millonarios donados al país por Taiwán.

Pero ahora, en un acontecimiento inédito, la Fiscalía General de la República ha ordenado la detención de Flores. Por primera vez en su historia, un ex presidente salvadoreño será juzgado por corrupción. Otros países latinoamericanos llegaron antes a estas dinámicas de persecución del delito; nosotros, como en otras tantas situaciones, llegamos tarde… pero llegamos.

Oregon, EEUU, 2 de mayo de 2014

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