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martes , 12 diciembre 2017
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El Secreto que bordea la luz

El Secreto que bordea la luz

Salvador Marinero,

Escritor

La oscuridad me ha golpeado la espalda; volteo y me topo con el vacío, con el nido del silencio. Me encuentro donde nada existe aún, ahí donde nacen los miedos, de eso estoy seguro; mi garganta se va cerrando a medida que avanzo, no logro ver nada, por la oscuridad que habito pienso que soy aire pero luego me toco el pecho y sé que sigo teniendo forma humana. Tardé un poco en recordar. Sara me ha puesto a dormir, estoy aquí para encontrarlos; hicimos todo tal y como lo leímos en el diario. Debo avanzar, cuento mis pasos: uno, dos, tres…mientras me oprime la oscuridad escucho un ruido a lo lejos, viene con velocidad de locomotora por mi izquierda, por mi derecha, de frente o por la espalda, es como de mandíbula de bestia que se abre y cierra con fuerza, un quiebre molar que se escucha a ecos desde todas direcciones.

-Una noche antes-

-Lo siento Marcos, sé que es difícil, no hay nada que hacer. Estas cosas son así.

-¡Pero era un trato!

-¡Lo sé! estoy atado de manos, el productor lo ha decidido a última hora. ¡Tú sabes cómo son! Para esto no hay arreglos. Lo quiere a él en la obra, dice que su trayectoria nos garantiza un lleno total en la primeras funciones ¡sabes que lo necesitamos! Déjame hablar con unos amigos, estoy seguro que…

– ¡A la mierda tú y tus amigos!

Salí del teatro a zancadas. Sentía las orejas calientes, los puños hechos llamas y las piernas temblorosas; era mi última oportunidad. Se lo prometí a Sara, si esta obra fracasaba empezaría a buscar trabajo. He fracasado yo. Cómo pude ser tan iluso. No quería volver a casa, sabía que me esperaría ella, con la mirada amorosa y su almidonado tono de voz ofreciéndome tranquilidad; me la imaginaba sentada en la sala sujetándome la mano y diciéndome que todo estaría bien, que nos tenemos el uno al otro, la sola imagen me dio repulsión, quería caminar hasta sangrar los pies, perderme sin rumbo y eso hice.

Las oscuras calles del pueblo fueron mi abrigo por un par de horas. Apagué el celular y entré en un bar, pedí una cerveza. Me fui a la mesa del final y recapitulé mi discusión con el director mientras daba el primer sorbo; resonaban en mi oído aún sus palabras hipócritas, estaba tan molesto pensando en lo ocurrido que no me percaté que en la mesa de enfrente un hombre me examinaba con la mirada, lo supe hasta terminar mi segunda cerveza, desde entonces, me vino la impresión que aquel extraño podía leer mi mente. Decidí moverme, era hora de enfrentar la realidad: Sara, sus reproches y su falso positivismo.

Me levanté y él a la vez, comprobando así mi teoría: puede leer mis pensamientos. Quedando frente a frente sobre el pasillo alumbrado por los neones de una noche de bar, aquel hombre me habló en un idioma que no pude entender, tocó mi hombro pero sus afilados dientes me hicieron dar un par de pasos hacia atrás; rápido traté de incorporarme y buscar la salida con la mirada pero no hizo falta, el extraño hombre ya se había volteado y dándome la espalda se aproximaba hacia afuera, no quise salir justo después de él; no mencioné lo ocurrido pero decidí esperar en la barra pidiendo una cerveza más. Su mano aún pesaba en mi hombro como si siguiera allí.

Tuve suerte al llegar a casa, Sara había dejado una nota diciendo que volvió al hospital por una emergencia, pero que dejaba la cena lista en el microondas. Calenté la comida mientras me lavaba la cara, al quitarme la camiseta frente al espejo del baño pude notar una marca roja en mi hombro derecho, era una especie de garra. Cerré los ojos y pude recordar al extraño hombre del bar: cara blanca, limpia, ojos de asfalto. Lo recordé abriendo la boca y mostrándome sus dientes de tiburón. El sonido del microondas avisándome que la cena estaba lista me trajo de vuelta. Luego de cenar, me fui a la cama.

Estoy en una habitación de niño. Una hermosa luna llena acaricia con su esplendor las cortinas abiertas, tengo la sensación de haber estado ahí antes; me resultan familiares los muebles, los libros, los posters de los cantantes de moda…escucho pasos desde afuera y la puerta se abre de golpe. Lo veo aparecer, es el hombre del bar, no tengo miedo, solo nauseas, un olor a podredumbre viene con él, sigue hablándome en un idioma diferente, pero esta vez pude entenderle:

-No podrán encontrarte si sigues buscándolos donde bordea la luz, debes entrar en lo más oscuro de su alma si quieres que descansen en paz. Él los atormenta, los hace saltar, los estruja como a pájaros sin alas.

El putrefacto olor se intensifica y la luz de la luna ha dejado de brillar, mientras me señala un diario que esta sobre la mesita de noche de la habitación junto a la foto de un joven de cabello negro y su padre.

-¡Que despiertes te digo! El desayuno está listo.

-Ha sido una pesadilla… no me han echado de la obra ¿verdad?

-¡Pero qué dices Marcos! He tenido una noche difícil en el hospital, tuvimos el quinto en lo que va del mes. Las autoridades han empezado a sospechar, creen que no son suicidios, que alguien los ha hecho parecer ¡cinco son demasiado!

Sara se levanta de la cama, se nota que acaba de llegar, sigue con su ropa de hospital, con su olor a pasillo desinfectado. Rápido me levanto y voy al espejo. La marca sigue allí. No ha sido una pesadilla, sí me han sacado de la obra y todo lo vivido la noche anterior pasó, la garra marcada en mi hombro lo confirma, ahora es de un color cobrizo, ha perdido la intensidad.

-No he entendido lo que has dicho Marcos. ¿Te han echado de la obra?

Mi confundida novia estaba sentada en el comedor de nuestro diminuto apartamento con el periódico en la mano para escarbar entre las noticias. La sensación de vacío que he sentido estos últimos meses había tardado en aparecer pero me saludaba de nuevo. Sara estaba obsesionada con unos casos de suicidio entre los jóvenes del pueblo. Empezó el mes pasado, la encontré sentada en el sofá con la mirada perdida, me asustó un poco verla en ese estado; me senté junto a ella y se echó a llorar, me contó como el cuerpo de una chica se desplomó desde el sexto piso pasando por nuestra ventana. Pasó dos noches sin poder dormir, a menudo decía no entender el por qué, que la chica era tranquila, que a su corta edad no podía tener motivos para saltar del sexto piso y quitarse la vida. Yo tenía para ese entonces problemas que debía atender, no le prestaba mucha atención.

Mientras se lleva un pan tostado con mermelada a la boca, Sara le da vuelta a la página, dejando ver la contraportada del matutino. Es él, no hay duda: el chico de la foto en la mesita de noche de mi pesadilla. Le arrebate de las manos el periódico, ella trató de quejarse pero la mermelada y el pan tostado que bajaban por su garganta no se lo permitieron.

-¿Sara, es este el chico de ayer?

-No. Él es el caso de la semana pasada. Ha sido uno de los más sonados porque el padre está desaparecido. Era hijo único y la madre murió de cáncer hace cinco años. Pobre hombre, nadie sabe nada de él. En el hospital todos pensamos que los suicidios podrían estar relacionados de alguna forma, pero ninguno de los chicos se conocía. Ya con él, sube a siete el número, cinco este mes más las dos chicas del mes pasado. ¡Es una pesadilla Marcos!

Pesadilla…esto no podía estar pasando, yo no conocía a este chico pero soñé con él. ¿Era su habitación el lugar de mi sueño? Recordé las palabras del hombre tiburón: Él los atormenta, los hace saltar, los estruja como a pájaros sin alas, luego la imagen del diario en la mesita de noche.

Decidí decirle todo a Sara, era demasiada coincidencia y además serviría de distracción para no contarle que me habían echado de la obra. Ella no podía creer mis palabras, tenía la cara de incredulidad que hacia cada vez que le contaba alguno de mis proyectos, pero tenía la prueba infalible: la garra en mi hombro. Se llevó las manos a la boca, noté de repente como sus muecas cambiaban de incredulidad a complicidad y es que ella siempre había disfrutado de lo paranormal, se había criado entre curanderos y madrotas, fue por eso que decidió ser doctora y terminó siendo enfermera por falta de voluntad y recursos. Como extasiada, Sara se levantó de golpe.

-¡Debemos ir a esa casa! yo puedo conseguir la dirección con alguien en el hospital. Si esa presencia te señaló ese libro, debemos conseguirlo.

-Sara, fue sólo una pesadilla, no deberías tomártelo tan a pecho, sé que disfrutas de historias como está pero son estupideces. Soñé con él porque seguramente lo he visto en las noticias y de alguna forma lo he registrado en mi cabeza.

Me resultaba tan absurdo pero ella ya estaba en el teléfono anotando referencias en una de las esquinas del periódico.

-Estoy de día libre por el turno extra de anoche. ¿Tienes que ir al teatro ahora?

Mentí con la cabeza diciendo que no. Obedecí, tomamos un baño y luego, con calma, buscamos la dirección. Cualquier cosa para seguir aplazando contarle la verdad.

En la tarde nos pusimos en marcha. La casa estaba vacía, tocamos por mucho tiempo; Sara suele ser muy obstinada cuando quiere conseguir algo. Notamos que no había nadie, que seguramente, como en las películas de misterio encontraríamos la manera entrar. Para mí fue demasiado, esto sobrepasaba los límites pero ella ya había rodeado la casa y se encontraba forzando una de las puertas del jardín, segundos después estaba adentro, abriéndome la puerta principal y haciéndome una reverencia burlona de bienvenida.

Le dije que subiéramos a la segunda planta, que buscáramos la habitación, tomáramos el diario y saliéramos de esa casa. Corrimos hacia la segunda planta, fue fácil dar con la habitación y en efecto, todo estaba como lo había soñado: los muebles, los letreros, los libros, el olor…ese olor. Sara recorría la habitación con pasos de detective.

-Lo encontraron aquí… se había quitado los dedos de la mano derecha, y con la izquierda se voló los sesos. Escuché al padre contarle a los policías en el hospital que el chico no pudo superar la pérdida de su primer amor. Robó el arma que su padre guardaba en el estudio. Nadie sabe por qué lo de los dedos de la mano derecha. También se quitó los dientes sabes…nadie sabe cómo.

Me ericé, y di un brinco cuando el chico se apreció justo detrás de Sara. A plena luz del día. Serio, ladeó la cabeza, tratando de comprender nuestra presencia. Me lo dijo claro:

-Toma mi diario, está en la mesita, es el que te señaló mi padre ayer.

El chico desapareció dejándome ciego como un rayo de sol. Estaba petrificado, me temblaban las piernas y decidí sentarme en el suelo. Sara había advertido que algo pasaba, se inclinó a mi lado, me besó la frente y justo en ese momento fije mi mirada en un diminuto objeto asomándose desde detrás de una de las patas de la cama, color marfil, todavía ensangrentado, un pequeño diente. Era demasiado. Me levanté. Tomé a Sara del brazo y nos llevamos el diario.

Cansados de tanto correr, nos detuvimos en una banqueta del parque y le conté a Sara lo que vi. Me arrebató el diario de las manos y empezó a hojearlo, yo seguía estupefacto, como en medio de un trance.

-Marcos, escucha esto: “He descubierto a Agnan, dios de los abismos, se alimenta de almas incomprendidas, por lo general jóvenes, los seduce entre sueños y los va debilitando hasta dejarlos indefensos. Con sus finos labios rojos susurra a plena luz del día palabras cobardes que las mentes atormentadas confunden con pensamientos. Le gusta jugar. Pide como ofrenda los dientes de sus víctimas, esta es la etapa final; después de haberles convencido que la vida no tiene ningún sentido, los alienta a saltar de puentes, a tirarse de carros en movimiento, a darse tiros en la boca…”

Cómo me metí en esto. Sara sigue hojeando el diario del chico. Me lee fragmentos.

“…lo he visto, vino a nosotros. Se ha instalado en nuestra casa. Ahora entiendo por qué: Solo podemos verlo quienes no tenemos nada más que perder, los que deseamos la muerte, los que estamos a un hilo de romper el corazón…”

Sabía que podría verlo, es por la sensación que vengo cargando desde hace meses. He venido poco a poco atrayéndolo con mi rastro indefenso. ¿Es amargo el olor de los deprimidos? O es el olor de un fruto dulce que solo sienten los que tienen hambre de muerte. Sara me sigue leyendo:

“…Agnan es un ser atormentado que no tiene el permiso para descansar. Le gusta jugar ¿Quieres que salga a jugar contigo? Como tributo, debes ofrecerle los dedos de la mano derecha y decir su nombre tres veces. Vive del otro lado de la oscuridad, ahí, donde bordea la luz…”

Estaba oscureciendo y yo estaba seguro que esto no podría ser un juego. Decidimos irnos a casa, cada paso que daba sentía que acortaba un lazo invisible entre Agnan y yo. Era solo cuestión de tiempo. No podía dejar de pensar en el chico, en todos los demás, en las muertes de los que no habían sido noticia aquí sino que el cualquier otra parte. Caminamos callados, sin vernos a los ojos. Al llegar a casa Sara se sentó en el sofá y yo me acosté sobre la alfombra de la sala.

-¿Recuerdas cuando nos venimos a vivir solos, Marcos? Dejamos la casa de nuestros padres con mucho miedo pero nos hicimos de este pequeño palacio tú y yo. Discúlpame, por presionarte a renunciar a lo que más te gusta. Me he dado cuenta que soy yo la que poco a poco ha ido matando tus ganas de vivir.

Una lagrima brotó de la mejilla de Sara, no dije nada, en parte era cierto. No soy un hombre de muchas palabras y siempre he pensado que ella se merece algo mejor que un soñador frustrado. Un hambre voraz se apoderó de mi, las ganas de reunirme con la bestia me comía las entrañas. Ansiedad y química, transformación, personalidades ocultas, disfraces estrechos. Todos esos términos empezaron a recorrer mis venas.

-Estoy listo Sara. Vamos a la habitación, ponme a dormir. Veamos lo que estos chicos tienen que decirnos. Sé que nunca he hecho mucho, que he pasado los días inventado la nada, la vida no ha sido lo que esperé, le he dejado al tiempo mi destino.

Me levanté, tomé el cuchillo de cortar de la cocina y a Sara por el brazo, nos dirigimos a la habitación; aparté todo lo que estaba en el tocador de un zarpazo y puse mi mano derecha sobre él. Le di a Sara el cuchillo, respiré hondo.

-Sé que no me dejaras morir Sara. Confío en ti. Hazme un corte limpio, rápido. Saquemos la bestia a jugar.

Sara me miraba aterrorizada, su mentón temblaba, pero podía ver el reflejo de la bestia en su mirada. Su semblante cambió y me enfrentó con una sonrisa macabra.  Respiramos hondo y repetimos juntos:

-Agnan, Agnan, Agnan…

Lo último que escuché fue el filo del cuchillo de cortar y sentí un frio rígido sobre mi brazo derecho.

La oscuridad me ha golpeado la espalda; volteo y me topo con el vacío, con el nido del silencio. Me encuentro donde nada existe aún, ahí donde nacen los miedos, de eso estoy seguro; mi garganta se va cerrando a medida que avanzo, no logro ver nada, por la oscuridad que habito pienso que soy aire pero luego me toco el pecho y sé que sigo teniendo forma humana. Tardé un poco en recordar. Sara me ha puesto a dormir, estoy aquí para encontrarlos; hicimos todo tal y como lo leímos en el diario. Debo avanzar, cuento mis pasos: uno, dos, tres…mientras me oprime la oscuridad escucho un ruido a lo lejos, viene con velocidad de locomotora por mi izquierda, por mi derecha, de frente o por la espalda, es como de mandíbula de bestia que se abre y cierra con fuerza, un quiebre molar que se escucha a ecos desde todas direcciones.

Sé que vienen de todas partes así que decido correr sin rumbo, a lo lejos logro ver una delgada línea blanca en forma vertical, sigo corriendo en esa dirección, a medida que avanzo la línea se hace cada vez más ancha. El ruido ha cesado sólo escucho el eco de mis pasos, me detengo en seco. Recuerdo: No podrán encontrarte si sigues buscándolos donde bordea la luz. En ese momento lo entiendo, todo este tiempo perdido tratando de estar bajo la luz, todo es más fácil bajo ella; al contrario de lo oscuro, lo inhóspito, el miedo que gobierna nuestros más profundos y reales pensamientos.

He caminado ahora en dirección contraria a la luz vertical, dando pasos pequeños, desconfiando de lo oscuro. No puedo creer lo que ocurre, a medida que avanzo, la luz vertical empieza a tomar fuerza detrás de mí. Puedo ver mejor. Escucho nuevamente su respiración, y a lo lejos la veo.  La bestia empieza a acercarse a mí pero ya no voy solo, todos van a mi lado; los chicos caminan conmigo, son muchos, a mi izquierda y a mi derecha. Vamos juntos como un ejército en batalla. La extraña bestia himpla como pantera a la vez que extiende sus enormes alas negras como de ángel caído.

Camina en dos patas. Mi asombro es tal al descubrir que su cuerpo está cubierto de escamas, parece reptil. Sufre, se nota por la forma en que da los pasos al caminar; se acerca a nosotros con pisadas cada vez más hondas y su respiración se intensifica. Al tenerla de frente me besa con su aliento de dragón, me acaricia con sus afilados dedos como madre leyendo por primera vez el rostro de su cría. Escucho ese extraño ruido como de mandíbula queriendo morder y noto que los chicos ya no están conmigo, el miedo se apodera de mí pero decido enfrentarla, la veo a la cara solo para descubrir que tiene mi rostro.

-Se supone que no debo decirte nada Sara, pero ha entrado en crisis; algo pasó en su cabeza anoche. Lo hemos tenido que amarrar. Se ha arrancado los dientes con el filo del marco de la ventana. Sé que se acerca el juicio pero en este estado dudo mucho que puedan procesarlo. Ha perdido la mirada, es como si no tuviera alma.

-¿Qué pudo haber ocurrido, doctor? ¡Tratamos de hacerlo volver con esta técnica! Hemos intentado entrar en su mente, en su juego y aún así sigue confundiéndolo todo. ¿Cree que ya sabe lo que hizo?

-No te sabría decir con exactitud, es como si hubiese descubierto una gran verdad y es probable que se rehúsa a aceptarla. Lo siento mucho, sé que lo quieres pero Marcos ya no existe. Eso que queda de él es el vacío. Te dejaré un momento para que puedas verlo, luego tienes que irte.

Sara agradece con una mirada tranquila al doctor mientras este le devuelve una sonrisa mostrando sus dientes como de tiburón. Se queda ahí, contemplando la miseria de aquel hombre a través del cristal, deseando retroceder el tiempo, buscando entre recuerdos alguna señal que le hiciera entender el por qué de su comportamiento, algún halo de lucidez que lo despertase de su trance para que le contara cómo hizo para matar a tantos. Solo pudo pensar, y no hasta segundos antes de alejarse por el iluminado pasillo, que Marcos, nunca debió haber tomado aquel papel en la obra.

Situaciones de mucho estrés pueden traer a la luz personalidades ocultas, secretos oscuros que forman parte de nuestro ser. Muy pocas veces las victimas pueden descifrar los códigos hasta que estas personalidades siniestras han tomado total control de sus mentes y de sus actos. La vida les muestra la verdad contada a través de sueños, tratando de luchar con la oscuridad y así salvarse. Muchas veces puede ser demasiado tarde. Lo fue, para Marcos y Sara, lo fue.

FIN…

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