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lunes , 11 diciembre 2017
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Roca o flor de hongos

Roca o flor de hongos

Rafael Lara-Martínez 

New Mexico Tech, 

rafael.laramartinez@nmt.edu

Desde Comala siempre…

 

“El arco gótico”, Giovanni Battista Piranesi

Una tarde dorada de noviembre, F. T. regresaba a casa.  Vivía en una hermosa colonia cuyo título oficial había perdido total arraigo en el entorno.  En la fauna y en la flora.  De su nombre sólo quedaba el sonido musical y las estatuas en piedra a la entrada principal.  En esas comarcas, así sucedía con casi todos los apellidos.  El origen lo desvaluaba la acción del presente.  En el lugar de las flores crecían las zarzas.  Lo natural lo identificaba una viñeta de plástico en el producto que distribuían los supermercados.  U otros almacenes de esa ciudad inquieta.

El barrio había conservado su estilo colonial temprano.  Calles adoquinadas y estrechas.  Salvo la avenida capital que la recortaba el paso del sol.  Por esa vía caminaba hasta llegar a una plaza donde una capilla en piedra labrada revelaba su antigüedad.  F. T. no podía apreciar las casas que la bordeaban.  Las defendían altos muros, casi murallas, de cualquier intruso.  Aun de la mirada obtusa del transeúnte.  Nunca había entrado a una de esas residencias.  Sólo las observaba de reojo al abrir y cerrar de un zaguán, a puerta tan amplia que permitía el ingreso de un carruaje.  Le agradaba la calma, caminar lento bajo la arboleda, a la sombra tenue de los abedules.

La impresión que provocaba esa piedra tallada la entendería años después. Los compatriotas que llegaban exiliados golpeaban los muros incrédulos.  De la montaña a la cárcel, jamás habían imaginado casas enteras en piedra.  Muros de severo cascajo.  Calles en laja.  Para ellos la piedra evocaba la ruina.  El esplendor de un pasado que su lucha presente creía restaurar.  Por eso, al insinuarles que mejor se quedaran en vez de regresar al monte guerrero, sin titubeo, uno de ellos le respondió.

—Prefiero que me maten, aunque me torturen.  Pero no me quedaría aquí haciendo un trabajo cualquiera hasta morir y hacerme piedra.  Ya ves que sólo serviré para tapar muros y reparar calles.  Aquí sería un pequeño burgués igual a vos.  No lo tomés a mal.  Te agradecemos el paseo por esta ciudad, nueva para nosotros.  Pero nuestro destino no nos depara la piedra.  Será de abono en la montaña, salvo si triunfamos.  Ahí regresaremos pronto a seguir el combate.  Acordate de nuestro lema, “¡revolución o muerte!”.

Había comprendido que al caminar no se movía en un espacio neutro.  Si él ya se identificaba con la piedra viva, otras personas preferían lo vegetal.  Se imaginaba que, de regreso a su país natal, comería granadillas cuya enredadera crecía sobre el humus de esos paisanos sin recuerdo ni sepultura.  Siempre había huellas.  Rastros estampados de presencias que, ahuyentadas, se escondían entre las grietas más endebles y en el abono de sus raíces.  Lo comprobó al doblar la esquina. Ahí la calle se estrechaba y la vista se hundía en los altos muros laterales que custodiaban las casas.  Todo a la sombra.  Hasta los colores que teñían la doble muralla se oscurecían.  Al ritmo de un verde ceniciento en la hiedra opaca.  No había un solo hueco en el repello recién pintado de ocre.  Hasta el fondo donde cruzaba a la derecha y, de inmediato, a la izquierda.  Al invertir el sentido de las ideas.  Ahí silbaba un vecino desconocido, que vivía en una barriada cercana.

—¿Qué jais, hijo?, le preguntó mientras revoloteaba una navaja en la mano.  Con destreza certera de circo oscilaba entre ambas extremidades.

—Nada, tranquilo, regreso a casa.  Le respondió.

—Afloja, no te hagas el apretado, insistió en un nuevo revuelo de la navaja.

—¿El que?  ¿Qué quieres que te dé?

—La feria, hijo, suelta.  Alzó la voz de manera agresiva.

—Mira, comenzó a convencerlo sonriente.  Yo vivo en esa casita verde a media calle.  ¿La ves?  Por aquí paso a diario.  Así que dime por qué me quieres robar a mí que tengo tan poco, mientras a los que viven en estas residencias, a los millonarios, ni los tocas.  No les pides ni cinco.  No seas tan gacho.  No me bajes.  Róbale a los ricos.

—Bueno, vete, sigue tu camino.  No te voy a quitar nada.  Ya te había visto, pero no sabía quién eras.

—Soy F. T. y ahí vivo con un cuate a quien quizás conoces de seguro.

Al llegar a casa, se encontró con el Chepe, con quien compartía el alquiler de ese sitio al borde de la colonia en piedra.

—Ni me lo vas creer, carnal, lo que me acaba de pasar.  Un chavo de la barriada quiso asaltarme, pero lo convencí y me dejó ir.  De los que viven ahí al lado.

—Sí, te lo creo, hijo, eso soñé hace un par de noches.  Que me asaltaban en la esquina, pero convencía al chavo.  Con una gran carcajada, le decía, “¿te cae, carnal?  A mí que no tengo nada me vas a robar y a los vecinos ricos ni los molestas”.

—Sí, así fue, casi a la letra.  A mí me tocó vivir tu sueño.

—Bien, así pasa a veces.  Ahora, tranquilo.  Ya pasó.  Forjo un toque para calmarte.  Y mira la sorpresa para la noche.  Hoy sí nos excedemos.

Mientras escuchaba el resonar de “when you change with every new day”, veía que de un papel celofán sacaba unos hongos sucios y terrosos que Chepe colocó en un colador en el lavabo de la cocina.

—Hay que lavarlos, aclaró Chepe.

—No sólo eso.  Hay que cocinarlos, le sugirió F. T., mientras observaba cómo los desgajaba.

—No, hijo, éstos me los trajo Sergio, ¿te acuerdas?  Ayer regresó de Oaxaca.  De la sierra.  Y me los regaló para que viajáramos a la María Sabina, aquí mismo en casa.  Son de los buenos.  ¿Te parece hoy en la noche?

—Sí, claro, mañana es sábado.  No hay nada que hacer.

—No los cocinamos.  Sólo les ponemos miel para quitarles lo amargo.  Nos los comemos de postre después de la cena.

La mezcla resultó contundente.  Ahí, en el único sitio de la casa desde el cual se contemplaban las estrellas.  El techo plano y de fácil acceso.  Los astros casi nunca se veían.  Débiles y opacos bajo un manto de nubes y contaminación creciente.  Pero su tintineo concedía un fulgor que pintaba la neblina en dorado.  Habían de alcanzar ese punto áureo interno que, como la nube, los transformaría en piedra o en planta.  La roca sólida y ajena —la flora frágil y solariega—las alucinaban en alternativa única a una re-volución que jamás sería tal.  En el extranjero o en el país, esa vuelta al origen se la señalaba la vía regia de María Sabina.  Entre águila o sol, debían elegir un retorno rocoso u otro florido.  “Del Rock al In Xochitl”, escucharon el revoloteo celeste del anochecer en Luna.  “¡Revolución o muerte!”.  “¡Revolución y muerte!”.  ¡Re-volución en la muerte!.  ¡Muerte como revolución!”.  “¡Revolución sin muerte!”.

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