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martes , 12 diciembre 2017
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Réquiem para un gran maestro del arte Rigoberto “Rigo” Guzmán

Ramón D. Rivas*

Fue maestro, viagra por antonomasia, del arte plástico y de la caricatura. Rigoberto Guzmán, Rigo, nos mostró muchas facetas de su don artístico. En estas se destacaban la puntualidad y la economía de los trazos. Fue un consagrado artista de la plástica pero ¿quién fue Rigoberto Guzmán? Nace el 11 de junio de 1932 en el barrio San Juan en Atiquizaya, departamento de Ahuachapán en El Salvador. Este sábado recién pasado asistí a su vela. El día siguiente, domingo sus restos fueron trasladados a Atiquizaya en donde su sepultado.  Su padre fue don Víctor Calderón y su madre doña Felicita Guzmán. Su abuelo materno, que, según dicen, era de descendencia española, fue quien tuvo dones de artista: dibujaba, pintaba a la acuarela y diseñaba muebles. Rigoberto se consideró como un niño tranquilo. Su madre le inculcó, como a sus hermanos, el ser amable, saludar a las personas mayores y conducirse correctamente en la calle. Desde niño, en Atiquizaya —estaría en cuarto o quinto grado—, hacía paisajes para el “nacimiento” de su casa; y alguna gente que los vio le encargaba  cuadros para adornar las de ellas. Pintaba otros motivos que pudieran adornar el nacimiento: paisajes, flores de pascua… Eran temas de la Natividad. Una vez que conversaba con “Rigo” como me dijo que le nombrara, me contó que los paisajes los vendía en 75 centavos. De alguna manera, en Atiquizaya, la gente se daba cuenta que a ese niño le gustaba el arte plástico. “En las clases, los maestros me pedían hacer mapas, ilustraciones del cuerpo humano…”, dice. Por eso los maestros se daban cuenta de la destreza y facilidad para el dibujo y los colores que tenía el joven estudiante. En esa conversación Rigo me dijo, refiriéndose  a su obra: “Siempre he pintado así; y algunas personas me relacionan más con los tonos azules. El color azul y su gama de dependencias, celestes, son los matices que más me gustan; pero, además, me agrada el contraste que se produce con los tonos que utilizo para representar la luz: amarillos, rosas, naranjas. El contraste que se da es lo que me gusta”. En fin, él manejaba varias técnicas, y, según algunos expertos en el arte, unas con más acierto que otras. Pero comprobado está que dominaba la acuarela, el acrílico, el óleo, la témpera, la tinta china, un poco el grabado, la caligrafía artística, el lápiz y el carboncillo. Estudio en nuestro país en la academia de don Valero Lecha, y luego en Madrid y en Roma. Pero Guzmán, a pesar de dominar el arte de la pintura en muchas de sus dimensiones, en el país se conoció más por el arte de la caricatura. Una vez me dijo, “hago desde siempre caricaturas, y por eso es que la gente me conoce. La caricatura es para mí economía de líneas. Es un arte rebelde; y creo que ha dejado de ser un arte menor y que en muchas ocasiones se convierte en un lenguaje que temen los dictadores. Es un arte al desnudo”. Y me explicó, “hacer caricatura no consiste en hacer un mal dibujo”. Al contrario, hay que tener  una buena base académica. Esto lo demuestran artistas como Francisco de Goya, Miguel Ángel Buonarroti y Leonardo Da Vinci, entre otros. Desde siempre me ha gustado hacer caricatura. Ya en la época escolar, en mi niñez, sufría el castigo de los maestros cuando los caricaturizaba”. Es por el arte de la caricatura que Rigoberto Guzmán obtuvo  reconocimientos a escala nacional e internacional; y lo rememoraba de la siguiente manera: “Los premios llegaron de una manera accidental. En cierta ocasión (entre 1967 y 1968) estaba yo de visita en el Ministerio de Educación cuando el escritorio del oficial mayor de esa dependencia estatal —un buen hombre de apellido Barahona—se le cayeron al suelo unos papeles. Yo los recogí, y observé que el texto estaba en francés; y como en la escuela normal había recibido clases de ese idioma, me di cuenta que se trataba de una convocatoria para un curso de caricaturas.  Entonces le dije al oficial que si me podía quedar con el documento, y él estuvo de acuerdo. Luego mandé mis trabajos al concurso, que era en Canadá. Esa vez no gané, pero el siguiente año obtuve el segundo lugar en el mismo concurso con la caricatura de Ludwig Erhard, el ‘padre de la economía alemana’. Dos años después logré el primer lugar en un concurso en lo que era Yugoslavia”. Su obra es rica en detalles y originalidad, pero el artista se autocriticaba así: “Hay algunas influencias en mi obra: en primer lugar, Goya con su pintura y su capricho, así como también Picasso y Joaquín Sorolla. Aquí, en El Salvador, se vio influenciado por don Valero Lecha y Toño Salazar. Sobre el maestro español decía: “Valero Lecha para mí un gran maestro, un gran orientador”. Y pasó a relatar la siguiente anécdota:

 “Recién venido yo de España (1966) me mandó a llamar para decirme que debido a su mal estado de salud no podría terminar un retrato al óleo de Abraham Lincoln que un banco de la capital le había encargado, en el que debían escribirse en caligrafía a mano alzada las máximas sobre la economía del político norteamericano, y que yo se lo terminara. Entonces pensé: ‘¿Cómo podría tocar yo una obra de él, si yo solo había sido su alumno?’ Pero, ante su insistencia, acepté realizar el trabajo que ya él había comenzado. Cuando la obra quedó terminada, fuimos juntos al banco a entregarla. Después que le pagaron, él quería que yo aceptará la mitad del dinero, a lo cual me negué; y le dije que estaba muy agradecido con él por sus enseñanzas y por su confianza en mí”. Otra anécdota sobre don Valero, Rigoberto la contaba con gracia: “Una vez, todavía siendo alumno de la academia, vendí un paisaje de unas huertas, y el comprador agarró el cuadro y se lo llevó colgando. El maestro Lecha le dijo al comprador. “¡Ha comprado un cuadro no ha comprado una gallina, llévelo con respeto!”.  Rigo recordaba también con mucha admiración a otros artistas plásticos nacionales, entre ellos José Mejía Vides, Raúl Elás Reyes, Carlos Ortíz Villacorta y Noé Canjura. “En todos ellos yo veía virtudes como artistas, pero también como personas. Por ejemplo, Raúl, cuando se le pedía consejos o su opinión siempre fue todo un caballero”. Rigoberto Guzmán dio mucho a este país en diferentes campos en los que ha sabido triunfar. Así, fue maestro normalista, artista plástico y caricaturista, que es una rama especial de este arte, y, a su vez, fue deportista profesional. Y todo ello se lo debe —como él mismo lo recalcó— “a la educación integral que recibí”. Jugó en el equipo de fútbol Juventud Olímpica, en el que empezó como puntero derecho y terminó como zaguero derecho. Durante ocho años fue capitán de ese equipo de la liga mayor nacional. Pero eso no es todo, ya que fue el primer salvadoreño que corrió los tres mil metros con obstáculos en Guatemala y en Venezuela. Fue entrenador del seleccionado nacional de fútbol que participó en las olimpiadas mundiales de México en 1968. En trece ocasiones participo como parte del cuerpo técnico de la selección nacional de fútbol mayor. Eso fue este gran hombre para orgullo nacional. El país tiene una deuda con este artista y con muchos otros que deben ser reivindicados en vida.

*Secretario de Cultura de la Presidencia

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