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Jueves , 17 Agosto 2017
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Poemas de Álvaro Rivera Larios

La boda

Todos esos cuerpos que van, stuff
que vienen y se agitan
son las primas numerosas
y los numerosos primos
en su escala evanescente.
Y ahí están, salve como era previsible, los dudosos
amigos de las amigas del novio y de la novia
almidonados en la poesía de su mejor atuendo.

El relámpago de una cámara borrosa
los salva del caos al que pronto vuelven.
Son los trajes, vestidos y peinados
de un concierto ligado por el aire;
nada garantiza su permanencia en una página.

Ninguna, ninguno sabe lo que vendrá después:
serán figurantes en la sala de fiesta de los signos
¡Que suene la música¡ ¡Que vivan los novios¡

En el viejo arte de acelerar el instante
los latidos eléctricos relevan al tambor
¡Toda la tribu golpea las paredes del tiempo¡

El maestro de ceremonias de tal fugacidad
es un cantante de Gales.

En esa confusión vital un niño se sumerge.

Es un niño asombrado y aturdido
que sale al encuentro de las imágenes
y se deja abrazar por ellas y ellas lo llevan
a lo alto y a lo bajo y lo mecen con su ritmo.

En medio de tan esplendida confusión,
en la trama calculada de la celebración,
se hace una pausa, se hace un silencio
que solo existe en su cabeza.

Es la luz de su mirada quien elige
y es su memoria la que aísla
los pasos de baile de un muchacho
que se mueve para si mismo
y que al hacerlo
crea otro espacio para siempre.

Al pequeño que lo contempla
con un refresco en la mano,
la envidia mortal lo transfigura.
Querría moverse como él, ser él,
acompasando el movimiento de los brazos
al dibujo milagroso que las piernas desarrollan.

Olvidará la canción, pero la canción
quedará encerrada en la danza silenciosa.

Sumergido en su burbuja inolvidable,
nada sabe el niño acerca de las páginas
que compondrán toda la historia.

En dicho relato, escrito por un ciego,
chocaran más adelante los escudos y las lanzas.

Diga lo que diga la última letra,
al adulto del mañana le bastará con cerrar los ojos
para hacer que el muchacho vuelva y baile otra vez.

La canción
que nos reúne
(a Elena Martínez de Melara)

Solo dispongo de fragmentos
y de puertas lejanas que se abren
y pasos que ya no suenan pero viven
cerca de su presencia, señora de la sonrisa tibia.

No quisiera colgar su retrato en los árboles grises,
no quiero nubes que repitan mi propia sombra,
no quiero música del tamaño de una lágrima,
me niego a mandarle una carta a su dirección imposible.

Debo decir, en todo caso,
que hubo una ciudad por usted habitada
y un mundo del cual nacieron
cuatro tibiezas semejantes
al movimiento de sus manos.

Del rio que asombra salió usted
a colocar sobre la mesa
dos tasas de café y unas piezas de pan dulce.
Entonces la tormenta nos miraba
y todos éramos viajeros
del autobús del precipicio.
Las preguntas con velo negro
no se atrevían a mostrarse.

Los pájaros de los atardeceres remotos acudieron
al bosque de los dos presencias que dialogaban
entre sorbo y sorbo de café, señora de la sonrisa tibia.
Usted, lo digo señalándola, era la madre del milagro.

Así se tienden los días, me dijo,
como si fueran redes a orillas de la playa.
Y yo, a cambio, le hablé del mar
y de una muchacha que tenía sus mismos pómulos.

Ahora me pregunto, doña Elena,
¿A qué libro pertenece
la página pálida de aquel instante?

No quiero quedar a merced del frio
ni de las gotas saladas que cuentan
su propia versión de los relámpagos,
de ahí que retuerza una tela
y pronuncie el nombre de sus dos hijas.

Voy a la sala del silencio a abrir las ventanas
para que venga usted y me cuente
los retazos que faltan de aquel viaje.

Los trenes avanzan por los railes sin remedio
y yo cavo el túnel que conduce
al territorio en que sus huellas levantan otra casa.

Aunque sea inútil, se lo voy a decir:
no sabía lo que abre la herida imprevista.
¡Escuche¡ Todas las palabras no dichas se acumulan
en los golpes que da esta sílaba en la puerta rota.

La llamo como el viajero que regresa
condenado a la hora exacta:
al momento que traspasa el momento.

Voy a caminar hasta la colina sin cobijo,
ahí donde siempre llueve y ya no hay techo.
Abriré los brazos y plantaré mi sombra
para que usted pueda verme desde la otra orilla.
Voy a cruzar el río en la barca de los duelos.
Voy a tocar el timbre otra vez y espero que usted me abra.
Vamos a decir juntos la canción que nos reúne.

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